noviembre 16, 2020 por Sergio León

Abandonarse a la muerte, destruir sus espacios

Por Francisco Cardemil

Decir la muerte, jugar la muerte, fingirla, mentirla, no creerla. La muerte se convierte en un motivo de aristas múltiples, un hecho que no puede concebirse una vez ocurrido y que es capaz de conquistarlo todo más allá del cuerpo deshabitado. Se trastocan las voces y el territorio. Antes de la muerte, sólo existe el miedo. En Anjani (Yerba Mala Cartonera, 2020), cuarto libro de poemas de lx poeta bolivianx César Antezana, la muerte funciona como un medio para adentrarse en la idea del abandono, pero no uno sencillo, reducido simplemente al encontrarse solx, sino un abandono que se posiciona como una sombra que adquiere fuerza y presencia mientras se avanza en el conjunto: “lo digo yo, que nunca he sentido el agror de las frutas secas / yo, que no creo en la buena suerte, porque sé que los abandonos / crecen desesperados en la pelambre de los muertos”.

Esta relación entre muerte y abandono cobra una singular perspectiva sobre la fragilidad de saberse desvalidx, de no pertenecer a las normas de la conquista ni del privilegio, ya sea de clase o de identidad. Lx poeta decide construirse en una hablante femenina, evidenciando y marcando las diferencias que la unen con aquello conquistado y suprimido: no duda en ponerse en un mismo plano y aferrarse a su cercanía con los pueblos andinos. Así, se forman un territorio y un lenguaje común por medio del abandono cultural y material de estos pueblos para resistirse a las figuras de la conquista:

Arrastramos la ceniza de las huellas de los conquistadores

y jugamos a escondernos en los meandros de la puna,

a confundirlos con un canto que nunca hayan escuchado antes

y que sin embargo reconozcan con terror (…)

nos abandonamos al silencio de las catedrales que ofician la

llegada de diez siglos de carrera hacia ninguna parte

Hacia nosotras.

Pero dentro de este territorio común, existen jerarquías. En la caracterización del hermano muerto se vislumbra verticalidad. La hablante se ve inferior a él, pero se refiere a su afición intelectual con desencanto, como si él hubiera pecado de la mayor de las ingenuidades con sus ambiciones: “Las ciudades del altiplano nos habitaron con sus entrañas / de piel gastada hacia adentro y nos desviaron de las razonables / promesas de tus libros / inútilmente les creímos cuando despedazaron los horizontes y / reanudaron las grandes batallas en capítulos televisados”. Profundizando en el problema de la intelectualidad, la hablante, que alguna vez se sintió “tonta” frente a su hermano, se dedica a construir un espacio de disenso. La intelectualidad –que no logró nada– se mira a través de un diálogo, ofreciendo la noción de que, todo aquello que fue utilizado para el dominio (violencia, arte, filosofía), puede aborrecerse.

La construcción de este espacio es uno de los puntos más concretos en el texto. Para mostrar la sensualidad del disenso, se utiliza un dormitorio sobrecargado, una habitación que se revisita y que va contraponiéndose a aficiones y tradiciones burguesas, tan disímiles a la realidad material inmediata. Territorio, cuerpo y espacios domésticos: todos son vehículos posibles para expresar la fragilidad que deviene de la muerte y el abandono. Y esta fragilidad no es única. Aquí es donde la hablante une condiciones materiales e identitarias que se escapan a las normas del conquistador, colindan los monstruos pobres, indios y disidentes para expresarse dentro del proceso de duelo y aceptación del deceso. Lo que en un principio resiste la figura del hermano, debe aceptarse para avanzar: “¿hasta cuándo jugarás a escabullirte del ruido ambulatorio que / provocan los instrumentos de los indios?”.

La unidad en la muerte se encuentra en su disenso. Ya sea bajo la noción de un género fluido entre hablante y hermano, en su “fe por el porvenir de los monstruos”, o en su ingenuidad intelectual y su enfrentamiento a lo indio: se destruye un espacio funerario heredado para construir uno propio. De pronto, se deja de dudar de la realidad, atrás queda ese “ahora que dicen que estás muerto”, y ese miedo que abre el primer poema: “Vengo de las habitaciones en que alguna vez tuve miedo”. La muerte no es sólo el abandono, sino también un hecho al que oponer resistencia (sobre todo política):

Ahora creo en los muertos y en sus extrañas formas de conducir

los destinos de la nación de los pájaros

en los horarios de los registros civiles

y las oficinas ministeriales que concurrimos

cabizbajos, almidonados e inútiles

El anjani, ese mal augurio, el mal agüero que lx autorx toma del aymará, marca el punto de ignición en el libro. La partida de una dislocación, del miedo, que luego permite desenmarañar los abandonos de la muerte.

Fuente: La Ramona

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