octubre 16, 2020 por Sergio León

César Antezana: “La voz que pretendo es la voz del desorden, del acumulo”

César Antezana es parte del colectivo trans/cultural ALMATROSTE (desde el 2004), de la editorial artesanal del mismo nombre (desde el 2007) y del fanzine La zurda siniestra, coorganizadoras de la Feria del libro independiente y autogestionado La Paz.

Ha publicado el libro de narrativa Zzz… y los poemarios El Muestrario de las pequeñas muertes (Ed. Almatroste), Cuerpos imperfectos (en el marco del II concurso de poesía Edmundo Camargo) y Masochistics (premio nacional de poesía Yolanda Bedregal, 2017). Es co-organizadora del Festival Sudaka de poesía marica, ha egresado este año de la Maestría en Literatura de la UMSA de La Paz. Creyente de la praxis anarquista, reivindica el feminismo CUIR en toda su monstruosidad. El poemario Anjani es su nueva obra, editada y disponible a través de la editorial Yerba Mala Cartonera. En esta entrevista, el autor habla sobre el proceso de escritura y construcción de su más reciente obra.

¿Por qué escogiste Anjani como título del poemario? ¿A qué remite esa palabra?

Principalmente un tiempo concreto de mí pasado (el que compartí con mi hermano), que se alumbra a partir de una experiencia concreta y avasalladora: su muerte hace un par de años.

Cuando mi padre lloraba entonces a mi hermano muerto, comentó en la mesa, ya herida de ausencia, que había tenido una noche insoportable en la que no había podido ni dormir ni despertar del todo. Una noche algo afiebrada. En fin, una noche de mierda (aunque mi padre jamás usaba esta palabra). Eso es anjani en aymará, nos dijo. Signo de que algo malo había de pasar.

Ahora que él también está muerto, este libro me parece como mi propio anjani. Y entonces un círculo que parecía cerrarse vuelve a abrirse violentamente. Un muerto habla de la muerte. Esta es mi propia noche de mierda antes de la desgracia.

¿Cómo lograste abordar la escritura del poema, más allá del componente emotivo?

Lo emotivo pudo constituir una suerte de hermenéutica a partir de la cual me fue posible abordar algunos recuerdos desde este presente de pérdida. Estas imágenes me arrastraron a la escritura que fue entonces como un catalizador del dolor, de la estupefacción, del asombro y la orfandad. Con esto tuve el primer borrador. El trabajo de edición fue fundamental después: con Roberto Oropeza empezamos una dinámica de extrañamiento de esa escritura: ya no era yo volcadx sobre sí mismx y el dolor, mi niñez o la ausencia o lo que fuese: todo eso era escritura. Eso fue fundamental.

¿Qué tan cercana es Anjani a una conversación? ¿Lo ves así?

Definitivamente creo que Anjani es eminentemente conversacional. Es una larga y cadenciosa charla con mi hermano muerto, pero también con mi familia, mis otros hermanos, mis hijos. La muerte a veces se parece a un remolino que en su trascurso mezcla todo: voces, imágenes, sensaciones, personas y nos va acomodando en distintos sitios, nos permite habitar muchos espacios a la vez, ver el desastre desde innumerables lugares, a través de muchos ojos.

¿Cómo dialoga Anjani con tus otras obras literarias?

Masochistics y Cuerpos imperfectos comparten con Anjani la enunciación en voz femenina. En ellos trabajo con una corporalidad sin cuerpo binario que me permito habitar a la hora de escribir. Sin embargo, considero que Anjani es relativamente distinto a lo que he escrito antes. Para esta escritura, la muerte siempre ha estado más o menos entendida dentro de un acuerdo muy cordial inserto en un tiempo más o menos gentil de deterioro. Pienso por ejemplo en El muestrario de las pequeñas muertes. Ahora la muerte ha ocurrido. Me ha ocurrido. Esto resulta acaso insoportablemente nuevo para mí. Pero hay además un aditamento: este libro se escribe bajo el paraguas de una serie de intensas lecturas que pude compartir en la maestría de literatura en la UMSA. Todo lo que nos sucede es susceptible de hacerse escritura, ¿cierto?

Hay un eco retumbante de paisaje urbano, sentimientos y situaciones habituales de urbe. ¿Qué recursos literarios te han servido para plasmar estas imágenes?

Mi familia, grosso modo, es de La Paz. Sin embargo, vive hace muchos años en Santa Cruz. Esta anécdota geográfica, este apunte migratorio, me permitió no solo referirme a las temporalidades del recuerdo y de la muerte, sino también a espacios urbanos como estos, tan distintos entre sí. En Anjani estas ciudades se tocan, se rozan, se besan tristemente. Me parece que esto es en parte posible porque ambas parecen convivir de forma simultánea en el cuerpo de mí hermano. Hemos vivido estas ciudades y en ellas nos alcanzó la muerte.

El ruido, lo vertiginoso y abrumador parecen ser otro de los ejes escriturales de Anjani ¿Lo notas así? ¿Cómo logras que todo eso adquiera unidad y coherencia?

La voz que pretendo es la voz del desorden, del acumulo, es cierto. Quise, no sé si con fortuna, asumir cierto barroquismo en mi escritura a la hora de confeccionar un retazo con tantos pedacitos sueltos. Quise anudarlos todos, recuerdos, pesadillas y meterlos dentro de un gran envoltorio imposible: mi niñez, sus cenizas, estas urbes amargas, la música que escuchaba él y sus libros. La unidad me la permitió el acontecimiento: la muerte.

—————————————————————–

Abundan insectos en las plazas como hinchadas de polietileno ellos carcomen la tibieza de los abrazos y se mueven despacio, conforme nuestro tiempo de ángeles y cansancio

De los techos se desperezan largos suspiros como hirientes muestras de la pena de nuestras sombras

Y oímos risas que nos llegan de algún lugar en el que las reminiscencias las protegen del tiempo y de la sequedad quizás ambas son la misma primitiva forma en tu cuerpo, en tu boca desenfrenada, sonriente en tu cuerpo hinchándose

un poco

en mi propio cuerpo

¿Tienes miedo, aún después de la muerte?

hemos devuelto la pieza en que la muerte ha campeado sus escombros y nos abandonamos ahora a extrañas presunciones como las deudas que nos esperan después del velorio y su tizne prodigioso

lo digo yo, que nunca he sentido el agror de las frutas secas yo, que no creo en la buena suerte, porque sé que los abandonos crecen desesperados en la pelambre de los muertos

Arreglo la ropa y le doy la espalda a tu cama negruzca

Reconozco entonces el tono de tu voz leyendo el primer capítulo de aquella insoportable obra kantiana mal escrita y cómo entonces te brillaban los ojos, y cómo sudabas con la estufa eléctrica

yo solo quería irme a la cama y masturbarme antes de dormir para no tener que sentirme como una tonta de nuevo para sobrevivirte un poco

Quisiera poder escucharte una vez más, con la fuerza de tus poros abiertos y tu fe en el porvenir de los monstruos

Lo valioso estaba en la petaca de libros que guardabas debajo de la mesa en la que te embriagaste, tantas veces, supersticioso dispuesto a salir con un arma en la mano derecha y los pelambres de una conexión mal soldada en la otra

Pobre anacoreta tercermundista que planeabas robos espectaculares que tenían como víctimas a los más grandes bancos imaginarios de nuestro vecindario abandonado

Doblo la última camisa y como todo, la arrojo hacia un saquillo de yute sin fondo

Fuente: yerbamalacartonera.blogspot.com/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *