julio 27, 2021 por Sergio León

Gabriel Mamani, el rehén de la cumbia

Por Santiago Espinoza

A Gabriel Mamani Magne (La Paz, 1987) no lo secuestraron de niño. Lo aclaró el propio escritor en la presentación (virtual, por si hiciera falta decirlo) de su más reciente novela, El rehén, publicada por Dum Dum editora. La aclaración no fue gratuita ni la primera de su tipo. Vino a colación cuando contaba que más de un conocido le había confesado su sorpresa al enterarse de que lo habían secuestrado, como, en efecto, le ocurre narrador y protagonista de su libro, Cristian. Pero, Gabriel no es Cristian, por más que compartan algunas cosas: viven en La Paz, aman los libros, escuchan cumbia, juegan fútbol y se hacen escritores en la adultez.

Cristian es la voz que Gabriel se inventó para contar la historia de El rehén: el falso secuestro de él y de su hermano Tavo que planea su padre, el Chuño Yupanqui, para sacarle dinero a la madre, la Tunta, quien los ha abandonado para emanciparse. La mujer se ha comprado su propio autobús, así que ya no tiene que vocear en el del Chuño, caído en desgracia por haberle pegado a un colega y resentido por el desamor de la Tunta, quien, “para colmo”, se ha vuelto a casar. La idea de fingir el secuestro sobreviene a una de las frecuentes borracheras del padre, una de esas en las que lo acompañan en su dolor las huaris, Los Bybys y otros choferes. Decide llevarse a sus dos hijos a una casa en las afueras de La Paz mientras pide el rescate. Los chicos, cómplices en silencio del crimen de mentiras, hacen amistad con sus vecinos y se desentienden de las torpezas de los adultos a su alrededor, pero ceden pronto a otras tentaciones tanto o más perversas que el falso secuestro.

Misterio resuelto: a Gabriel Mamani no lo secuestraron. Y aun así, puede que sí haya sido y siga siendo un rehén. Un rehén de la mentira, un “arte” que comenzó a cultivar desde niño y que ha vuelto su oficio en forma de ficciones literarias. Un rehén de las oraciones que guarda por mucho tiempo hasta que llegue el momento de usarlas “sí o sí”. Un rehén del Derecho y la Sociología, carreras que estudió, pero que, lejos de ejercer, le enseñaron “la monstruosidad de este país” y “a no ser un imbécil” a la hora de enfrentarse a los problemas sociales. Un rehén de los goles, de algunos que hizo en Bolivia y Brasil, y de los que mete su equipo hasta hacerle olvidar “de lo chicos que son tus jugadores, tu país, tú mismo”. Un rehén de la niñez, esa “avenida de descubrimientos” que se recorre con fascinación y dolor. Un rehén del coronavirus, que lo metió por unos días en una sala de terapia intensiva, durante los cuales “lo único que le pedía a la vida era más vida para escribir un libro más”. Un rehén de los libros, propios y no, que “sirven para muchas cosas”. Y un rehén de la cumbia, la música de su infancia que fue “la primera literatura a la que he estado expuesto”.

De esas y otras formas de “secuestro”, más o menos felices, habla Mamani en esta entrevista concedida bajo la excusa de la presentación de El rehén, del martes último, la novela breve que ha sucedido a Seúl, São Paulo (editorial 3600, 2019), con la que ganó el XX Premio Nacional de Novela. De esos “secuestros”, pero también de los que vendrán, más o menos inventados, cuenta el también autor de libros infantiles, crónicas y guiones cinematográficos.

Escribes al inicio de El rehén: “Todo empieza en un bar, como la mayoría de las historias”. ¿Dónde empiezan las restantes historias que no nacen en un bar?

Tenía esa oración muy guardada desde hace bastante tiempo. Quería usarla, sí o sí, en un relato. Lo intenté con un cuento que murió sin pasar de la cuarta página. Creo que alcohol, el estado etílico, una vulgar borrachera, son detonantes de muchas historias, que a su vez desembocan en muchos problemas, como la violencia. Las demás historias, las que tienen un génesis sin drogas, un génesis “sobrio”, están en todas partes. A mis estudiantes de la universidad siempre les digo que hay una historia hasta en el camino de la casa a la tienda de la esquina.

¿Las historias de tus novelas y cuentos han empezado también en bares o su punto de origen es más diverso?

Que yo recuerde, el gatillo de mis narraciones es de lo más diverso. El inicio de Seúl está en un monolito asentado en una sala. En un cuento al que le tengo mucho cariño –“La noche llegaba más tarde”– los primeros párrafos hablan de una mujer venezolana (que está inspirada en una de mis mejores amigas). El guion de cómic en el que estoy trabajando empieza con la foto de una niña. No encuentro vasos comunicantes entre esos inicios; tal vez, la verdadera conexión está en que he sentido, casi de forma carnal, como en alguna entrevista dijo Giovanna Rivero, cada una de esas escenas. He pensado demasiado en esas primeras frases de cuentos o novelas antes de ponerlas en el papel.

¿Dónde (en qué bar) y cómo nació la historia que cuenta esta novela breve?

En realidad, la historia de El rehén empieza cuando comienzo a mentir, es decir, cuando era niño. Me interesa mucho el tema de la mentira, de la falsedad. Y un falso secuestro se configura como una mentira de proporciones demenciales. La patada que llevó la pelota de la imaginación hacia ese arco llamado ficción tuvo lugar en una tienda de dividís, cuando leí la sinopsis de la película El secuestro de Michelle Houllebecq. Entonces me acordé de otra película, una que había visto en Río de Janeiro –no recuerdo el nombre, pues era pésima–, en la que secuestran a un posadolescente y cuando el raptor habla con su madre para pedirle dinero, esta le dice que era muy mala idea tener a su hijo como rehén, pues el muchacho era “un inútil”. Me gustó ese tono tragicómico con el que se contaba un secuestro, un tono muy alejado de las películas gringas en las que un tipo con máscara rapta a una persona indefensa.

En la presentación del libro, el escritor Sebastián Antezana dijo que resulta natural conectar El rehén con Seúl, São Paulo, por los nudos temáticos que comparten, pero también por el espacio narrativo y la idiosincrasia de los personajes. A estos apuntes habría que añadir que entre uno y otro libro hay solo dos años o menos de distancia. ¿Cómo fue el proceso de escritura de tu última novela? ¿Crees que en él haya permeado el espíritu de la anterior?

Escribí El rehén en dos años. En teoría. Digo en teoría, pues su escritura fue entrecortada. La idea nació en 2017, el primer capítulo fue escrito en 2018 y solo retomé el texto dos años después. Ese es un mecanismo muy diferente al que suelo ejecutar para escribir mis textos; por lo general soy más constante y disciplinado. En algún momento concebí a El rehén como cuento, pues sus páginas no alcanzaban para ser considerado una novela. Sin embargo, la extensión era demasiado larga como para entender al libro como un cuento. Me quedo con lo que una vez dijo Alejandro Zambra: que una novela es una novela por el tiempo que has tardado en escribirla (un tiempo largo). El espíritu de mi anterior novela –en la que puse mucho, tanto en lo emocional como en lo técnico– se mantenía a flote al escribir El rehén debido a que mis textos siempre tienen ese aliento adolescente o infantil. De cualquier forma, pienso que ambos libros deambulan por búsquedas diferentes entre sí.

En la misma presentación también aludieron al alcohol como una fuerza motora de la narración. Muy ligado al alcohol está la música y, más cabalmente, la cumbia, la que se escucha en un boliche o en los minibuses. Así como el alcohol (la “cerveza sabia”) detona historias, ¿crees que la cumbia configura los estados de ánimo para enfrentarlas y narrarlas? 

Sí, Sebastián Antezana habló mucho del alcohol, al igual que otro crítico; es interesante porque es un elemento al que no había puesto mucha atención. La cumbia, por su parte, sí es un componente voluntario en la novela. Y la música en sí es un elemento vital en casi todo lo que escribo. En gran parte de lo que he publicado hago referencias a grupos musicales o canciones. La cumbia, en mi libro, está muy presente sobre todo en la primera parte. En algún párrafo menciono que ese ritmo musical es “el buen dolor”. La cumbia tiene letras tristes que, de forma contradictoria, nos alegran la vida. Creo que esa es una característica muy andina. Tenemos un fetiche con el dolor, un lado masoquista que nos hace disfrutar las letras amargas.

¿Qué lugar tienen, en tu educación sentimental y en tu trabajo creativo, la cumbia (un género hasta hace no mucho vilipendiado y hoy muy reivindicado) y la música en general?

Crecí en una avenida apodada “Periférica” (su nombre real es avenida Juan José Torres). Se trata de un barrio marginal de La Paz, desde el que se tiene una vista privilegiada de la ciudad. No sé si el barrio mantenga las características de antes, pero en mi infancia miraba con mucha atención esas casas con terraza, a las que el sol llegaba de frente. Eran casas felices, en las que la cumbia sonaba a todo volumen. A mi madre le gustaba grupos como Los Brothers y América Pop, y mi educación sentimental empieza por ahí: en esas letras y en esos ritmos, pasos, sensaciones. La música de mi infancia es la primera literatura a la que he estado expuesto.

Dices con frecuencia que, aunque estudiaste Derecho, nunca has ejercido la abogacía. Entiendo que también estudiaste Sociología por unos años. Más allá de que no ejerzas profesionalmente ninguna, ¿crees que tu paso por ambas carreras haya incidido en tu forma de comprender y narrar el país, al menos el país que conoces?

Estudiar Derecho me ha ayudado a entender la monstruosidad de este país. Profesores mediocres, dirigentes corruptos, acoso sexual, extorsiones, etc. Agradezco haber estado frente a esa realidad: sin embarrarte de la vida real no puedes escribir literatura. Les tengo mucho cariño a mis libros de Derecho Constitucional y Filosofía del Derecho; pero una cosa son los libros y otra la práctica de la abogacía… Estudiar Sociología, a su vez, me ayudó mucho a comprender mejor este país, a problematizarlo. Leí mucha teoría. Conocí a Zabaleta Mercado, Frantz Fanon, Silvia Rivera, Charles Arnade, Judith Butler, etc. También fui interpelado por mis compañeros de clase, gente muy lúcida y curiosa. No sé si eso mejoró o perjudicó mi prosa, pero a nivel humano me ayudó a comprender y a analizar ciertos problemas sociales y, en especial, a no ser un imbécil que dice “nadie menos” o “no soy racista, solo estaba bromeando”.

Al presentar El rehén dijiste que te interesa jugar con el morbo del lector, tentar su curiosidad de saber hasta dónde aquello que narras es verídico o inventado. Hablaste de libros de no ficción como El adversario de Carrère y El impostor de Cercas, en torno a personas reales consagradas al “arte” del engaño. Además de ser un profesional de la mentira, ¿qué otras cualidades crees que debería reunir un escritor de ficciones?

Creo que las grandes cualidades que un escritor debe reunir son la curiosidad, las ganas de experimentar de todo y la disciplina. Sin esto último hasta las mentes más brillantes caen en el pozo de la mediocridad. Claro que no hay receta para ser un creador de historias. Hay tantos estilos como escritores, dice un viejo y trillado refrán.

Tu trabajo empezó a hacerse conocido gracias a tus incursiones en la literatura infantil y juvenil. Puede que sea solo una impresión arbitraria, pero ¿podría pensarse que en Seúl, São Paulo y, sobre todo, en El rehén hay resabios de tu oficio como escritor de ficciones para niños y jóvenes, como la edad de tus personajes?

Escribí literatura infantil y juvenil por necesidad. Me daba plata y visibilidad. Gané algunos premios en esas categorías: le pegué al gordo. Sin embargo, además del dinero y la pantalla, lo que gané de escribir para niños es haber aprendido a ser conciso. Por otro lado, la adolescencia y la infancia son etapas que amo contar. Al mismo tiempo, me gustan las Bildungsroman, las novelas de iniciación. Una de las últimas que leí y amé es Canadá, de Richard Ford.

Al estar narrada por un adolescente, la trama de El rehén se desplaza del falso secuestro urdido por el padre a la convivencia de sus dos hijos con otros chicos en un lugar alejado de La Paz. Puede ser otra impresión arbitraria, pero en la descripción del mundo infantil-adolescente podrían hallarse ecos de relatos del estilo de El señor de las moscas, en los que los niños fundan una sociedad propia, ajena a las leyes adultas, pero no por eso ajena a los vicios perversos que corrompen las relaciones humanas. ¿Qué lugar le otorgas en tu literatura a las experiencias que atraviesan a las personas mientras son y dejan de ser niños?

El camino de la infancia a la adolescencia es fascinante y doloroso. Es una avenida de descubrimientos. Creo que ese es un tema que está muy presente en lo que escribo, y seguirá así por mucho tiempo. Has dado en el clavo al mencionar El señor de las moscas, que es un libro que me gusta. Quise quitarle protagonismo al padre para que los niños –los hijos y los amigos de estos– pudieran desarrollarse mejor en el libro. Hay dos novelas de la misma naturaleza que me inspiraron mucho: Arrancad las semillas, fusilad a los niños, de Kenzaburo Oé, y Nada, de Jane Teller.

Tanto en Seúl, São Paulo como en El rehén se habla de libros, de los que venden en las afueras de la universidad para pagarse los vicios, de los que lee un adolescente “secuestrado” lejos de su casa. ¿Sirven los libros para ganarse la vida y sentirse menos solo? 

Los libros sirven para muchas cosas: educar, maleducar, entretenerse, hacer llorar, sentir mejor, etc. La literatura, sin embargo, tiene una función difícil de definir. En todo caso, lo que podría afirmar es que, si la literatura tiene una función, todavía no la he descubierto del todo. Como dijo Leonard Cohen: “si supiera de dónde vienen las canciones, iría allí más a menudo”.

Esta es una pregunta típica de futbolista frustrado, como el personaje del Chuño en El rehén. ¿Vos también recuerdas hasta hoy algún gol que hiciste cuando más joven y te hizo sentir más grande que todo a tu alrededor? ¿Puede funcionar el fútbol como una unidad de medida de nuestro patetismo y de nuestros fracasos?

Hay un par que rememoro con mucho cariño. Tenía nueve años y jugaba un partido del campeonato del colegio. Ese día metí tres goles, pero solo recuerdo el último. El mejor jugador del equipo hizo malabares para engañar a los defensores y me dejó con la pelota y el arco vacío. Solo empujé el balón. Era un gol normal, nada del otro mundo, pero cuando miré a la gradería encontré a mi tío; nunca me había visto jugar y, luego del partido, me llamó “goleador” por muchos días. Otro gol que recuerdo mucho es uno que metí en un partido en Petrópolis, una ciudad brasileña de la que es oriundo mi amigo Rómulo. La cancha era de pasto y jugamos descalzos, algo insólito para mí. Metí un gol de lo más mediocre, pero era un gol en Brasil, contra rivales brasileños, rivales que tenían en el corazón cinco copas del mundo. Respecto a lo segundo, el fútbol sí funciona como una medida de la mediocridad boliviana, así como pasa en cualquier otra área, incluida la literatura. Pero dentro de esa mediocridad hay una serotonina que nos hace gritar un gol del empate tan fuerte como gritaría un belga que acaba de ver un gol de Lukaku. Felicidad, se llama. Cuando tu equipo mete un gol, te olvidas de lo chicos que son tus jugadores, tu país, tú mismo.

No puedo dejar de preguntarte sobre tu experiencia con la enfermedad, con el coronavirus, que llegó a internarte en un hospital paceño. Sé que puede ser pronto para pensarlo, pero ¿crees que -apelando al lugar común- la enfermedad cambió en alguna manera tu forma de enfrentar las cosas, entre ellas la literatura?

Estuve en modo zen por unos días. Pero a la una semana de salir del hospital volví a ser el viejo yo. En lo que sí cambió radicalmente mi vida es en el compromiso con mi trabajo, que es la escritura y la docencia. Ahora escribo con más disciplina, sin procrastinar tanto, porque si algo he aprendido en la UTI (Unidad de Terapia Intensiva) es que no existe el mañana. Cuando creí que me iba de este mundo, lo único que le pedía a la vida era más vida para escribir un libro más. De igual forma, salir de ahí me hizo valorar más a mi familia y a mis amigos (entre ellos gente del medio literario), ya que sin ellos era muy probable que nada hubiera terminado como terminó.

¿Podrías contarnos del proyecto de no ficción sobre la crisis postelectoral de 2019 y del guion para una película en que vienes trabajando actualmente?

Una socióloga y yo estamos preparando un libro de crónicas sobre lo que sucedió en 2019. La idea es salir de ese lugar común llamado La Paz, sede del poder y contar cómo se vivió la crisis política en otras ciudades del país, oír otras voces, poner el ojo en lugares donde el periodismo tradicional quizás no ha puesto. Es un proyecto que va lento pero que ha sido demasiado bien pensado, de modo que creo que el resultado será interesante. En cuanto al guion, el impulso viene de otro guion (un cortometraje) que escribí y que ya está filmado. La idea de mi película ronda la relación madre e hijo: un día, una mujer de sesenta años descubre que su hijo, hasta el momento un ingeniero modelo, no era lo que creía que era. Todo empieza con el relato de una expareja del hijo que le cuenta a la madre cómo “el niño de sus ojos” la maltrataba.

Fuente: La Ramona