02/24/2025 por Sergio León

Tres truenos: El dolor de lo que no se habla

 

Por Karen Veizaga Abularach

Entre mis primeras lecturas del 2025, rescaté un libro que había comprado hace un tiempo, pero que no había tenido oportunidad de leer: Tres Truenos, de la argentina Marina Closs (Dum Dum, 2022). El volumen está compuesto por tres historias contadas en primera persona que nos invitan a conocer la vida de tres mujeres, diferentes en su procedencia, su cultura, su lenguaje, pero, a la vez, muy parecidas.

La primera protagonista es Vera Pepa, una mujer guaraní que nos muestra las costumbres de su pueblo, los haceres de hombres y mujeres. La segunda es Demut, una migrante adolescente de procedencia alemana que se traslada a América del Sur y se instala a vivir en una Argentina rural. La tercera es Adriana, una mujer joven, trabajadora, citadina que vive sola y es aficionada a la escritura.

A partir de las narraciones de estas tres mujeres, el lector hace de interlocutor, de un confidente en quien descargan sus recuerdos, emociones, anhelos y dolores. Es un testigo de sus más profundos secretos. Estas confesiones se desarrollan con el lenguaje propio de cada una de ellas, con sus modismos, sus expresiones, constituyéndose, también, en testimonio articulado de la identidad de cada personaje. De esta manera, Vera Pepa, Demut y Adriana van desarrollando una profundidad, una historia que es tan suya, pero que podemos creer que es la de otras tantas mujeres. Quizás, a través de ellas, de escuchar sus experiencias, hacemos eco de cosas que también hemos vivido nosotras. Otras Adrianas, Veras, Demuts y me atrevo a decir, quizás varones, aunque tal vez, desde otras perspectivas.

Recuerdo que cuando tenía 6 o 7 años, cuando mi mamá me bañaba solía decirme que no debía dejar que nadie me toque ahí, señalando mis partes privadas. En aquel entonces, esa recomendación se me hacía similar a cuando me decía que deje de frotarme los ojos porque se me iban a infectar o que deje de hacer gestos porque me iba a dar el aire y mi rostro iba a quedarse así. La experiencia me mostraba que mis ojos no necesariamente se infectaban al frotarlos y que mi cara, por más gestos que hiciese, seguía moviéndose con normalidad.

En mi temprana niñez, esa recomendación no cobró mucho significado, sin embargo, se guardó en lo profundo de mi mente “por si acaso”, como otras tantas cosas vistas u oídas en la tele o en mi diario vivir.

Cuando crecí un poco, si bien el contacto de personas adultas que hacían cosas desagradables no fue tan directo, ocurrían sucesos que me hacían sentir extraña y que, al crecer aprendí a leer. Como cuando mi mamá me llevaba a la iglesia los domingos y yo, ser incapaz de prestar atención a un mismo estímulo por mucho tiempo, empezaba a darme la vuelta y a ver a todas partes buscando como distraer mi mente y aguantar los sesenta minutos que tenía por delante. Había un señor que acudía habitualmente a la iglesia, quien me miraba fijamente y se pasaba la lengua por los labios. Eso me generaba una sensación de turbación y vergüenza. Lo único que atinaba a hacer era mirar hacia otra parte. Sin embargo, sabía que él continuaba observándome y cada que me atrevía a comprobarlo, esa mirada rara seguía ahí.

Tres Truenos también nos lleva a ese lugar donde, además de situaciones explícitas de violencia, sobre todo de tipo sexual, se ejerce una violencia simbólica a través de diferentes actitudes y situaciones que nos dejan una sensación de extrañeza, que se muestran muy sutiles pero que nos hacen sentir vergüenza y/o culpa.

Hace poco salió en redes sociales una denuncia hacia un conocido músico de nuestro medio, ligada a lo que en nuestra ley se conoce como estupro. El individuo adulto en cuestión mantuvo una relación de aproximadamente 5 meses con una adolescente de 15 años a quien daba clases en el Conservatorio Nacional de Música. Al día siguiente de que dicho testimonio fue compartido en redes sociales, el hombre en cuestión respondió a lo expresado por la víctima, argumentando que él no sabía la edad de la adolescente y que, además, al menos otros cuatro colegas, profesores de la misma institución, habían establecido relaciones de pareja con ella.

¿Cómo no sentir vergüenza o culpa cuando, aún hoy existen personas que piensan que el delito de estupro no se constituye realmente en un delito porque fue la adolescente la que accedió a esa relación de pareja y que, además, ya había accedido a otras?

Hasta agosto de 2024, según la Fiscalía General de Estado Boliviano se registraron más de 1.600 casos de violación contra niña, niño o adolescente, más de 1.000 casos de estupro, más de 1.800 violaciones y más de 2.000 casos de abuso sexual, solo por dar algunas cifras. Así también en el Estudio sobre la violencia contra niñas, niños, adolescentes y mujeres, y la respuesta del sistema de justicia “En mis zapatos”, elaborado por Misión Internacional de Justicia y el Instituto de Investigaciones de Ciencias del Comportamiento de la Universidad Católica Boliviana en el año 2023, se estableció que, en el último año, el 10.07% de las mujeres adultas encuestadas había experimentad violencia física o sexual, y a lo largo de su vida, el 53% la había sufrido. De 740 mujeres que sufrieron violencia a lo largo de su vida, solo el 16.89% la denunció.

¿Por qué no hablan? ¿Por qué no dejan al tipo? Muchas veces les escucho a amigos y a amigas preguntar. La respuesta a esa pregunta es tan compleja y pasa por factores tan diversos como la dependencia emocional y financiera, los estereotipos aprendidos, la vergüenza, el temor y la culpa. A veces hablar desata mayor dolor, más aún cuando la re victimización existe hasta en las instancias que se supone, fueron creadas para apoyar y, de algún modo, resolver estos procesos.

Puede que Tres Truenos se considere un hermoso libro que rescata el lenguaje como un protagonista más de las historias y nos enamore la destreza de la narración en primera persona. Pero puede que nos deje algo más. La semilla para hablar de aquello que tenemos miedo y que vive con nosotros, dentro de nosotros como sociedad.

Fuente: La Ramona