11/05/2014 por Marcelo Paz Soldan
“Soy sensual por excelencia”: Seis preguntas a propósito de Sandiablo

“Soy sensual por excelencia”: Seis preguntas a propósito de Sandiablo

Manfredo

“Soy sensual por excelencia”
Seis preguntas a propósito de Sandiablo. Entrevista a Manfredo Kempff Suárez.
Por: Rodrigo Urquiola Flores

Sandiablo (Alfaguara, 2000; La Hoguera, 2011) es la tercera novela en la ya vasta trayectoria dentro de la escritura de Manfredo Kempff. Y, dada la amplia aceptación del público lector, es también un hito dentro de nuestras letras contemporáneas. Dejando de lado Margarita Hesse (Alfaguara, 1997), la segunda novela del autor, podríamos decir que está mucho más hermanada con Luna de locos (Alfaguara, 1994; La Hoguera, 2011) donde el retrato de Santa Cruz de la Sierra nos lleva a imágenes de la génesis de esa transición tan latinoamericana que sucede cuando un pueblo grande va convirtiéndose en ciudad. ¿Qué lugar ocupa esta novela a catorce años de su aparición y ya en su cuarta edición dentro de su trabajo narrativo?
Sandiablo ha sido una novela poco afortunada en cuanto a lectores nacionales, esto porque la primera edición que salió en Bolivia fue recién la de La Hoguera en el año 2011. Originalmente la publicó Alfaguara en Buenos Aires en el 2000; luego se editó en Río de Janeiro por Objetiva-Alfaguara en el 2008, con motivo presentarla en la Bienal de San Pablo de ese mismo año, y después en Edizioni Idea, Roma, el año siguiente. Siendo Sandiablo la saga de Luna de locos, que sí fue muy conocida en el país, la novela sólo se pudo leer en la edición argentina hasta hace muy poco tiempo. Personalmente, para mí, ocupa un lugar muy importante entre mis narraciones. Es un libro muy querido por la fuerza de sus personajes y por la presencia de espíritus atormentados.
Un retrato no es un espejo. Un espejo no es un retrato. La imagen que reflejaría cualquier espejo no es, no puede ser, aquello que pretende reflejar. Y, sin embargo, a veces, sin ser una reproducción fiel, la literatura, bajo los órdenes y límites que se impone a sí misma, atestigua la historia de una nación. Existen dos puntos cardinales importantes dentro de la narrativa cruceña: en principio La Virgen de las Siete Calles (El Ateneo, 1941; La Hoguera, 2012) de Alfredo Flores y después Jonás y la ballena rosada (Premio Casa de las Américas, 1987, La Hoguera, 2009) de Wolfango Montes. En medio de ambas, y a pesar de haber sido publicadas después de 1987, sitúo Luna de locos y Sandiablo. ¿Qué significa para usted la ciudad de Santa Cruz contemporánea y moderna como posibilidad narrativa y existencial?
La Virgen de las Siete Calles es una de las novelas emblemáticas de Santa Cruz. El pueblo de antaño está magistralmente descrito por don Alfredo Flores, y quienes ya tenemos muchos años encima lo recordamos casi como él lo muestra literariamente. Jonás y la ballena rosada, de Wolfango Montes, es otra gran novela cruceña, sin la menor duda. Relata episodios de la ciudad actual, con sexo, tensión y violencia, como la Santa Cruz que vivimos hoy. En el momento presente, con temas de narcotráfico, inseguridad, penurias económicas por un lado y derroche de dinero por otro, migraciones que oscilan entre adaptarse a las costumbres cruceñas o imponer las propias, las perspectivas literarias son de enorme riqueza porque prácticamente basta con recoger los argumentos de la calle, de la vida cotidiana, sin rebanarse los sesos inventando.
La exhuberancia de la naturaleza. El instinto humano que no difiere bastante del animal. El deseo sexual desorbitado. El alcohol. El delirio. La locura. La patria. La guerra del Chaco y la parodia del nacionalismo. Un dios y un diablo peleando dentro de un mismo cuerpo. La religión y los misterios que la envuelven. Luciano Salvatierra, el auténtico sandiablo. ¿Qué es Luciano Salvatierra en el universo narrativo de Manfredo Kempff y, por extensión, qué lugar ocupa en una narrativa boliviana cuya tradición –por lo menos una tradición abiertamente reconocida por la Academia– ha estado bastante alejada del calor del trópico?
Luciano Salvatierra es el prototipo del cruceño de hace medio siglo. Es el camba perfecto de entonces, nos guste o no. Y el ambiente es el de Macondo de Cien años de soledad o de Piura de La casa verde. El bochorno, la fatiga, el deseo de una mujer, están ahí, a lo que se agrega un desquiciamiento mental producto del alcohol y de los malos sueños. En medio del infierno de un borracho como Luciano aparece el diablo, un diablo intruso y vengativo que la mayoría de los hombres tenemos dentro.
El Orejón, su nombre no importa, es un perdedor. Ha nacido en un lugar equivocado en una época equivocada. Quizás en un planeta equivocado. Es el hazmerreír. Su aspecto grotesco lo aleja de las mujeres. Lo único bueno que posee –lo único bueno para esa sociedad cruel– es la amistad que lo une con Luciano Salvatierra. Sin embargo, en su constitución como personaje tragicómico, tiene algo kafkiano, algo de ciudad se adivina en su insistencia en la derrota, en su persistencia de trabajar como oficinista sin ambiciones, en su amor por la Mondragón, la hembra de todos. La miseria parece hacerlo feliz. ¿Cómo ve usted, desde el punto de vista del creador literario, el crecimiento económico y demográfico de su ciudad natal?
El crecimiento de Santa Cruz es impresionante y así lo reconocen todos. Sin embargo – los cruceños lo sabemos– se está produciendo un crecimiento anárquico, sin orden. Los migrantes serán bienvenidos siempre que vengan a trabajar y no a delinquir o que sean trasplantados temporalmente para hacer política, para emitir su voto, sirviendo al partido de gobierno. El crecimiento demográfico no se produce sumando personas, sino acompañado de trabajo y de servicios básicos. De otra manera la ciudad se vuelve caótica y acaba, como ya se vislumbra, en un territorio de nadie, indiferente e impersonal, sin Dios ni ley.
La figura de la mujer es muy importante dentro del espectro de la tradición narrativa latinoamericana. No es solamente ese ser hermoso y trágico y misterioso y hacendoso, no es sólo eso. Es algo más que el sinónimo del hogar o el amor o el odio. Varias mujeres, importantes personajes, pueblan las páginas de Sandiablo. Juana, la esposa de Luciano Salvatierra. La opa Luciana. La joven Anita. Doña Zoraida y su obsesión con sus muertos. Las mujeres Mondragón. ¿Qué significa la existencia (y persistencia) de la mujer en el campo de la narrativa de Manfredo Kempff?
La mujer es la criatura más hermosa de la creación y es protagonista principal en casi todas mis novelas. La literatura mundial en mayor o menor medida así lo señala. Desde Helena de Troya, la mujer inspira a los escritores. Sin la mujer nada es feliz ni placentero; simplemente no hay vida. Por lo tanto la mujer en la narrativa universal tiene un lugar de privilegio. No se concibe una trama sin ella, simplemente nada. En mis escritos la mujer es amada locamente pero es, además, heroína ante un machismo apabullante. En Sandiablo son muchas las mujeres que juegan papeles importantes y todas, con su propia personalidad, provocan interés.
Ahora hablemos de la persona detrás del escritor. Usted ha sido ministro de Estado, periodista y diplomático. Ha tenido el privilegio de ver nuestro país desde otra perspectiva, una perspectiva lejana para el ciudadano –y también para el escritor– común. Las novelas, si bien son obras de ficción o, mejor dicho, precisamente porque son obras de ficción, son, en gran medida, hijas del pensamiento no sólo del autor sino también de lo que rodea al autor. Así, podríamos decir que libros como Luna de locos y Sandiablo son obras de ficción profundamente arraigadas en lo cruceño. ¿Qué piensa usted, sin alejarnos demasiado del terreno mental donde sucede la ficción, del país en el que ahora vivimos? ¿Qué es Bolivia para Manfredo Kempff y qué es Bolivia dentro de su escritura?
Bolivia es una nación diversa, sus regiones, ciudades, gentes, son distintas. Es por eso que existe una literatura del occidente, con sus propias peculiaridades, su carácter adusto, su paisaje frío, y otra del oriente, esta menos utilitaria, menos politizada por tanto, y más destinada al goce del lector que al sufrimiento. La novela en occidente tiene mucho de compromiso político; la del oriente, sin ser superficial, es más festiva, más sensual. El desnudo en los personajes es en la literatura oriental tan natural como los actos amorosos, narrados más descarnadamente. En mi caso, que he pasado más de la mitad de mi vida en La Paz, Bolivia está presente en ambos escenarios, el colla y el camba. Margarita Hesse, Hombres de papel, Confesiones Inconclusas, son novelas ambientadas en La Paz, por ejemplo. Pero no por eso menos sensuales que las ubicadas en la atmósfera cruceña o en el oriente boliviano, porque sucede que ese ya es un asunto mío: soy sensual por excelencia. No concibo la vida sin las mujeres porque se acabarían la alegría y las ganas de vivir.
Fuente: Ecdótica