11/19/2019 por Marcelo Paz Soldan
Rodrigo Urquiola, escritor paceño, cuenta de su arresto

Rodrigo Urquiola, escritor paceño, cuenta de su arresto


Soy escritor, grité
Por: Rodrigo Urquiola

Hoy, a eso de las 16:30 me arrestaron.
Caminaba con mis amigos escritores Daniel Averanga Montiel, Gabriel Mamani Magne y Rodrigo Villegas por El Prado de la ciudad de La Paz. Momentos antes hubo un enfrentamiento entre la Policía y los manifestantes. Debíamos dejar unos documentos en el Ministerio de Planificación. Yo llevaba una wiphala, eso fue lo que llamó la atención de los efectivos. Un policía señaló en dirección nuestra: ¡A esos revísenles las mochilas!, gritó. Vino corriendo otro policía. Nos pidió las mochilas. En la mía había guardado el palo que Daniel usaba para defenderse de las tensiones en el barrio alteño en el que vive. Yo mismo tengo también un palo para cuidar mi casa y mi barrio en estos días de terror.
Ese policía me llevó a una camioneta que estaba estacionada en la Camacho y Ayacucho. No escuchaba razones, yo intentaba explicarle que no era un violento ni buscaba destrozar nada. Le dije que era un escritor. Pero para él, para todos los policías yo no era más que un Tres Dieciséis. En el lenguaje policial se refieren así a la mayoría de los vándalos, a los comunes.
Ya en la camioneta publiqué en Facebook sobre el injusto arresto. Pronto llegó la avalancha de mensajes y llamadas. El policía me preguntó que quién era. Le dije que era un escritor, que no tenía intención de causar destrozos ni agredir a nadie. Algo habrás hecho, por eso te han traído aquí, me decía él. Yo seguía respondiendo llamadas y él me fotografió. ¿Por qué me fotografía usted?, le pregunté. No, yo estoy sacando fotos de la calle, me contestó. Y se distanció.
Poco después, llegaron más policías a la camioneta. Todos ellos tenían los rostros cansados, preocupados, transpirados, todos con un bolo de coca: se nota que han sido días bastante arduos para ellos. El automóvil se movió y fuimos hacia las dependencias de Tránsito de la avenida Mariscal Santa Cruz. Allí, me cambiaron de camioneta. Me puse la mochila, me hicieron cruzar las manos sobre la nuca y salté. Fueron acumulando gente en el vehículo, otros Tres Dieciséis, como yo, y un Tres Diez. El Tres Diez tenía dinamita en su mochila. Sobre él, ante todo, estaban los ojos atentos de los policías. Y la expresión del Tres Diez era de bronca, de rabia contenida.
Nos hicieron agachar las cabezas y los policías nos reprendían. Nos decían Ahora sí, a ver, griten Guerra Civil, Ustedes no tienen ni puta idea de lo que significa una guerra civil. O Ahora sí, a ver digan pacos de mierda. Y también decían ¿Qué están haciendo aquí? ¿Por qué están destrozando la ciudad? Y nos preguntaron de dónde veníamos. Muchos eran personas del campo, uno había llegado desde Alto Beni. ¿Y por qué no pueden elegir otro líder del campo también?, decían, ¿acaso no puede haber otro presidente? ¿Por qué sólo a ese?
Nos condujeron a inmediaciones de la FELCC, por la avenida Sucre. Bajamos de la camioneta y los vecinos nos insultaban. Maleantes, nos decían. Todos llevábamos mochilas. Volvieron a revisarlas. Pusieron al que llevaba la dinamita encabezando la fila. Dos tenían mucho dinero, uno Bs 7.000 y el otro Bs 30.000. Así, marchamos hacia la FELCC próxima. Allí, los medios de comunicación estaban apostados. Yo iba de la mano con otros arrestados, pero levanté la mirada hacia las cámaras, no tengo nada que ocultar. Nos hicieron echar en el suelo. Soy escritor, grité. Me sacaron de la fila y volvieron a revisar mi mochila: sólo tenía libros, Tu rostro mañana, de Javier Marías, Los infinitos, de John Banville y mi última novela publicada, Reconstrucción, que mostraba cuando pedían pruebas de que era quien decía ser. También les mostré mi carnet de artista, que sí, sirvió. Me revisaron el celular. Me preguntaron por los grupos de WhatsApp que tengo con mis amigos, que quiénes eran ellos. Y también vieron mi Facebook, cómo las personas se manifestaban a mi favor. Entonces, me llevaron ante una de las mayores autoridades del lugar. Él volvió a revisar mi mochila. Me preguntó que por qué estaba llevando la wiphala. ¿Es un delito llevar la wiphala?, le dije. Él no me contestó. Ya, dijo después, te vas a ir, pero no quiero que estés hablando mierdas. No pienso mentir, le dije, no soy de ningún partido político, yo también quiero que esta mierda acabe. Salí a la calle y me fui.
Esto es lo que he visto: sí, hay muchas personas que están marchando por convicción, porque creen que se ha cometido una injusticia. Pero hay muchas otras personas que están recibiendo dinero y materiales para hacer destrozos. Y hay una gran organización que está desinformando a todos y creando, aparte de odios, confusión.
La wiphala, nuestra wiphala, ¿qué estamos haciendo de ella? Antes era un símbolo de liberación, incluso de paz, y, ahora, se está convirtiendo en un instrumento del miedo. Todos los negocios de la ciudad, minibuses e incluso los más sencillos vendedores callejeros han empezado a llevar una. La mayoría lo hace por miedo, y también hay que decirlo, otros por convicción. ¿De verdad queremos que la wiphala infunda miedo? Queremos que se la respete, sí, y no quien teme necesariamente respeta.
Algunos están agarrándose a lo que me pasó hoy para “denunciar” el supuesto “Golpe de Estado” que en realidad no fue tal. Por favor, por respeto hacia mí, hacia mi criterio formado, no lo hagan.
Mis amigos de toda la vida, mis amigos de barrio, repiten también: La policía, a los jailones (gente acomodada), no los reprimía como a nosotros en su protesta, pero, con nosotros los humildes, ellos se exceden. Creo que es hora de que reconozcamos que a los jailones o demás ciudadanos que reclamaron por el Fraude Electoral no les encontraron dinamita ni causaron destrozos en las ciudades ni aterrorizaron los barrios. Aceptémoslo, no se puede tratar igual a alguien que porta dinamita que a alguien que “bloquea con pititas”. Sí, todos tenemos el derecho a manifestarnos y las personas honestas que marchan con sus wiphalas en el centro sin querer hacerle daño a nadie deben hacerlo. Pero la Policía tiene un trabajo más que complicado: ¿Cómo distinguir al honesto del malo?
Sí, hoy, los policías me han tratado como si fuera un violento, me han dado palmadas y empujones, pero intento comprender la terrible tarea que deben cumplir y les agradezco que estén trabajando por nuestra seguridad. ¿Quién de nosotros se animaría a pelear contra estas personas que quieren destruir nuestra tranquilidad con dinamita y otras mañas? Han encontrado a un militante argentino de las FARC en Yapacaní, ¿eso no les dice algo? Muchos están insultando a los policías injustamente.
Pienso que Bolivia se ha convertido en un gran escenario teatral. Todo parece obedecer el guión que un dramaturgo monstruoso ha escrito. Parece ser que nada de lo que sucede acontece por casualidad. Tampoco las opiniones extranjeras sobre nuestra realidad lo son. Estamos ocupados hablando de que fue Golpe o no, distrayéndonos en pretender explicar nuestro gran circo, cuando en realidad deberíamos estar preocupándonos por algo más terrible que podría ocurrirnos. En los rostros de los policías vi miedo, profunda preocupación, cansancio, ojos rojos. Tenemos que entender que ellos no son el enemigo, el enemigo es algo (no sé qué nombre ponerle a todos esos nombres detrás de la ambición) que quiere recuperar el poder a toda costa por alguna razón que quizás está en nuestras narices pero que no podemos/queremos ver.
Muchas gracias queridos amigos todos por la preocupación y por movilizarse para ayudarme. Disculpen si no pude responder. A momentos no podía sacar el celular y a momentos no podía con la avalancha de mensajes. De verdad me conmueve todo su cariño.
Cuando toda esta pesadilla termine y volvamos a la normalidad, tenemos que ir por unas cervezas. Nos las merecemos.
Fuente: Ecdótica