09/10/2008 por Marcelo Paz Soldan
La sonrisa cortada, lo nuevo de Talarico

La sonrisa cortada, lo nuevo de Talarico

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La sonrisa cortada, de Gigia Talarico
Por: Sergio Olguín (*)

A la hora de escribir una novela todo escritor asume diversos desafíos. En el caso de La sonrisa cortada, Gigia Talarico parece disfrutar enfrentándose a todos los desafíos posibles y ocurre algo que puede despertar la envidia de los demás escritores: sale airosa de todos ellos. Vayamos, entonces, a recorrer algunos de los problemas en los que se metió la escritora.
El desafío del lector adulto
La sonrisa cortada se plantea como una nouvelle dirigida al público adolescente. La literatura juvenil parece pensada para los jóvenes, algo que puede resultar absurdo. Es como creer que la literatura policial solo la pueden disfrutar los agentes del orden y los criminales, o si la ciencia ficción sólo fuera escrita para goce de alienígenas. La buena literatura juvenil desborda su público natural para volverse atractiva a aquellos que superan la edad del pavo. Y eso es lo que ocurre con La sonrisa cortada. Uno, ya grande y peinando canas, se apasiona con la historia de Elena y Pablo, de estos adolescentes que se enfrentan a un mundo difícil. Imposible no emocionarse ante el descubrimiento de Elena y Arturo. Los protagonistas de esta historia son adolescentes, pero la sociedad que los rodea, les pone límites o les miente, es la nuestra, la de adultos como nosotros que entienden mucho menos de la realidad de lo que llegan a comprender estos chicos sensibles.
El desafío de la voz
No me gustan los imitadores de voces. No disfruto con alguien que canta como Frank Sinatra cuando puedo escuchar a Sinatra. Esto, trasladado a la literatura, se convierte en un rechazo a los autores y libros que intentan imitar determinado idiolecto: el de los marginales o el de los ricos, el de los viejos o el de los niños.
La sonrisa cortada tiene dos narradores adolescentes, incluso la voz “que se escucha” de Pablo es la de un niño. Pero Gigia Talarico no imita voces: les cede la posibilidad de ser ellos mismos que sean los que cuentan su historia. Esto implica un trabajo formal absolutamente complejo para un escritor. Se los digo yo que alguna vez intenté narrar desde una mujer y mis lectores no paraban de reírse. Y eso que lo que yo contaba no era una comedia.
A eso, a lo que hizo Gigia con sus narradores, yo lo llamo “generar una voz”. Y hay una distancia enorme con “copiar” o “imitar”. Es la misma distancia que hay entre la voz gay que aparece en El beso de la mujer araña de Manuel Puig y lo que hace cualquier cómico cuando intenta imitar los modismos de un homosexual. Es la distancia que hay entre ser joven y haber pasado por el cirujano plástico. Gigia Talarico crea la ilusión de que sus narradores son esos jóvenes que nos cuentan su historia. Y lo hace de tal manera que nos olvidamos de la autora. Gigia consigue superar el mayor desafío para todo autor de ficción: que el lector se olvide que está leyendo una historia inventada. Que viva cada episodio como un testigo privilegiado. Y eso se lo debemos a la dulce Elena y al cálido Pablo. Es decir, a Gigia Talarico.
El desafío del lector adolescente
Antes les hablaba de las dificultades para llegar desde la novela juvenil al público adulto. Ahora me voy a referir a todo lo contrario.
Se supone que la literatura juvenil debe ser un género amable, con conflictos sencillos e historias llenas de peripecias. Se supone que eso es lo que un adolescente puede llegar a soportar a la hora de leer.
La sonrisa cortada rompe con todos estos lugares comunes. Sin duda, uno de los grandes hallazgos de Gigia Talarico es haber escrito una novela política. Porque aquello que desencadena el conflicto es la parte más oscura de la historia sudamericana: la de los desaparecidos de la última dictadura, la de los cómplices de la represión, la de los exiliados, la de los que perdieron sus hijos en manos de los represores. Y finalmente: la de los hijos que perdieron su identidad para reencontrarla en algún momento de sus vidas de una manera brutal.
De todo esto habla La sonrisa cortada. En una sociedad como la argentina, o la boliviana, o la chilena, unidas en su facilidad para ocultar sus pasados, una novela como La sonrisa cortada hace que el adolescente que la lee se enfrente (como Elena, como Arturo) a un realidad que desconocía, que nadie puso en conflicto pero que estaba ahí, latente, denunciando una injusticia y un dolor que supera las generaciones.
Para terminar, voy a contarles algo de mi vida. Como muchos de mi generación, que pasó la infancia durante la dictadura y que vivió su adolescencia en los primeros años de democracia, mis lecturas pasaron de aquellas aventuras de Verne y Salgari al descubrimiento de la narrativa adulta contemporánea. En paralelo, por medio de revistas como Humor Registrados, nos enterábamos de una realidad atroz.
Hubiera estado bueno encontrarme con una novela como la de Gigia en esos años de formación. Me gustaría tener quince años y descubrir en alguna librería de la calle Corrientes, en esa adolescencia sedienta de experiencias y lecturas nuevas, un libro como La sonrisa cortada. Sé que la habría disfrutado y me habría hecho soñar con esos personajes inolvidables que pueblan sus páginas.
Ya se sabe que lo que uno no hace en su vida, intenta (no siempre de manera feliz) que hagan sus hijos. Yo no veo la hora de que mis hijos, uno de diez y otra de ocho, lleguen a encontrar en mi biblioteca el libro de Gigia. Tal vez para que lo lean lo pondré en el estante de libros terminantemente prohibidos de leer junto a los de Soriano o a los de Boris Vian. Los pongo en el estante de los “prohibidos” porque sé que son los libros que van a intentar leer primero. Porque sé que ellos, que lo leerán tal vez a escondidas y con ese placer que significa descubrir el mundo, van a disfrutar cada capítulo, cada línea, cada palabra de La sonrisa cortada. En unos años les cuento.

(*) Sergi Olguín, Escritor y periodista argentino. Nació en Buenos Aires en 1967 y estudió Letras en la universidad de esa ciudad. Trabaja como periodista desde 1984. En 1990 fundó la revista de cultura V de Vian, que dirigió hasta 1999. Fue cofundador y el primer director de la revista de cine El Amante. Sus artículos han aparecido en los diarios Página/12, La Nación y El País de Montevideo y es jefe de redacción de la revista Lamujerdemivida. Exitoso escritor, tiene Varios libros juveniles publicados.

Fuente: Ecdotica