01/23/2008 por Marcelo Paz Soldan
La saga del esclavo en la biblioteca de ecdotica

La saga del esclavo en la biblioteca de ecdotica

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Las tematizaciones de la novela histórica: La saga del esclavo de Adolfo Cáceres
Por: Renato Prada Oropeza

(Tenemos el placer de informarles que ecdotica-6413e4.ingress-bonde.easywp.com tiene disponible en su biblioteca la novela La saga del esclavo de Adolfo Cáceres Romero. Líneas abajo encontrará el ensayo de Renato Prada Oropeza sobre la misma)
1. Introducción
El discurso literario puede tematizar, es decir, tomar como sustancia del contenido toda una época histórica, de mayor amplitud que un evento dentro de la misma; por ejemplo la época del llamado Siglo de las Luces, como lo hace magistralmente Alejo Carpentier en la novela homónima, o un acontecimiento dentro de una época, por ejemplo, dentro de la insurgencia altoperuana en contra del dominio del imperio español, la novela de Nataliel Aguirre, Juan de la Rosa, que relata el evento de la resistencia de la ciudad de Cochabamba al ejército imperial español, comandada por el general Goyeneche. Ahora bien, dentro del primer caso todavía podemos establecer dos subclases: la que se aboca a ofrecer (mediante el empleo de los mecanismos y técnicas propias del discurso novelesco) el marco socio-histórico de la época, sin “enfocar” o novelizar dentro de éste ningún personaje histórico, al menos de particular relieve –es el caso de la novela de Carpentier–; mientras que el otro tipo de novela puede tomar, como sustancia de su contenido, algunos eventos y personajes históricos, y, mediante los artificios narrativos, combinarlos con personajes y eventos que pertenecen a la ficcionalización, transformarlos en la forma de su contenido: en las significaciones, los sentidos y los valores que se presentan en su discurso como sus características propias. Éste es el caso de la novela del boliviano Adolfo Cáceres Romero, La saga del esclavo, a la cual queremos dedicar este ensayo.
Precisemos: dentro de la novela histórica de época, entonces, tenemos unas que limitan su tarea a la configuración (político-social e ideológica) de un período histórico determinado mediante la creación de una diégesis (“historia” o narración) que tiene como sus sujetos importantes y centrales a personajes ficticios; otras, tejen su diégesis con personajes efectivamente históricos, los cuales, por tanto, ya pertenecen a la historia “oficial”, o a la memoria colectiva de un pueblo: estos personajes, al ingresar al relato ficticio, obviamente, tienen relación con situaciones, eventos y personajes que no corresponden a la historia reproducida por el discurso historiográfico, sino que son “creados”, instaurados, por el discurso novelesco de manera ficticia. En estos casos se puede establecer una sola diégesis, una sola “historia narrada”, con los dos “ingredientes” antes mencionados; o, por el contrario, el relato puede instaurar dos diégesis, paralelas en cierto modo: una que desarrolla ficticiamente los eventos históricos y configura a sus personajes históricos pegándose, de una manera más o menos estricta, a ellos o apartándose, de una manera libre, sostenida por la ficción, de los materiales que le ofrece la historiografía o la memoria colectiva; y, otra, que establece algunos paralelismos entre los eventos y sus sujetos “históricos” y los eventos y sujetos ficticios que en algunos momentos de la intriga se entrecruzan. Este último es el caso de la novela que abordamos. De este modo, tendríamos como elementos que componen el marco histórico a una diégesis compleja, constituida por la ficcionalización de los eventos históricos, por una parte, y, por otra, la narración de la intriga de los acontecimientos, y sus sujetos correspondientes, que pertenecen enteramente a la ficción; y que entre ambos se presentan entrelazamientos ya sea a la manera de enclaves que se incrustan en uno de los ejes, el fáctico o el ficticio, o que se desarrollan por separado mientras uno de ellos queda en suspenso. Al menos esa es la impresión que nos causa La saga del esclavo.
2. Los dos ejes diegéticos de la Saga…
La novela establece los dos ejes de su diégesis desde el incipit de la narración: “Cuando el doctor Castelli ingresó por las estrechas, sinuosas y polvorientas calles de la Villa Imperial de Potosí, triunfante a la cabeza de sus tropas, el zambo Francisco supo que su amo aún agonizaba; que ni los golpes ni la cuchillada habían conseguido acabar con su vida” (2006 : 13).
El primer eje, que llamaremos “factual” para distinguirle del ficticio, se halla constituido por los personajes propiamente históricos, el central de los cuales es el doctor Castelli, miembro de la expedición militar libertaria al Alto Perú: las Fuerzas Auxiliares de las Provincias Unidas, encomendadas por la revolución triunfante de mayo en el Río de la Plata, presidida precisamente por un potosino: Cornelio Saavedra. Este eje diegético tiene una particularidad a la que nos referiremos más adelante.
El segundo eje es el enteramente ficticio; aunque, en algunos momentos de su desarrollo, se entrecruza pertinentemente con el primero. Éste se halla constituido a su vez por dos fábulas importantes: la que ofrece el relato del zambo Francisco Cegadez, por una parte, y por otra, la de Isabel, hija del amo del zambo, asesinado por éste, el Maestre don Benito Cienfuentes, un prominente hombre de negocios de la Villa Imperial de Potosí, español de origen.
Este segundo eje diegético, que es el más desarrollado en la novela, tanto en la configuración de los personajes como en la trama de los eventos, tiene correspondencia además con otros pequeños relatos pertenecientes a personajes de alguna manera relacionados ya sea con la subdiégesis del zambo, como la de Isabel, lo que concede a la novela una complejidad bastante ceñida.
Al emerger la segunda subdiégesis, la de Isabel, en la página 66, el lector ve que su función es de suma importancia para establecer la oposición ideológica, configurativa del lado de los personajes no identificados con la causa libertaria que encabeza Castelli. De este modo, se justifica plenamente su inserción en la novela histórica de Cáceres, cuya intención narrativa se va precisando en el desarrollo del discurso como desmitificadora tanto de los héroes de la Independencia hispanoamericana, consagrados por la historia oficial como hombres de una trayectoria prístina, como de ciertos acontecimientos político-sociales ocurridos en épocas del inicio de la idea libertaria, caracterizada no siempre por la claridad y solvencia moral de sus actores. Ésta es una muestra de lo que afirmamos en otro ensayo al precisar la función de la novela histórica, frente a la historiografía: aclarar, mediante conjeturas verosímiles –fundadas y motivadas de manera ficticia dentro del discurso narrativo– la dimensión ética, política de los personajes y sus eventos.
3. La puntualización “histórica” de la intriga
El discurso de la novela de Cáceres se divide en capítulos, de mayor o menor brevedad, encabezados por subtítulos propios del género narrativo histórico, o, quizás sería mejor decir, de la crónica; en el sentido de que una crónica puntualiza los acontecimientos no sólo en relación a fechas precisas: días, meses, sino también partes incluso de un día: media tarde, al anochecer, etc. Este código, el subtítulo, que denota una fecha o un dato cronológico (parte del día o de la noche), cumple con la función de establecer una relación de los “hechos”, cuyo desarrollo está siendo relatado de una manera precisa, cosa que el lector debe tomar en cuenta, aunque no le sería posible verificar los datos ofrecidos, pues no son registrados por ningún discurso factual (historiográfico) perteneciente a las fechas mencionadas. Y tampoco sería pertinente ya que se trata de un artificio literario para instaurar su diégesis “como si se tratara de un crónica puntual-factual”, aunque estamos ante un crónica ficticia.
El discurso relata los eventos de su diégesis en un orden cronológico que va desde lo que nos anuncia el primer capítulo: “Potosí, domingo 25 de noviembre de 1810, al medio día”, hasta el final: “Viernes 13 de septiembre [de 1811]”, es decir una duración cronológica de 10 meses.
Ahora bien, dentro del la diégesis factual, el último capítulo, irónicamente empieza como el primero: “Cuando el general Goyeneche ingresó por las estrechas, sinuosas y polvorientas calles de la Villa Imperial, triunfante a la cabeza de sus tropas, el pueblo se había volcado a lo largo de su trayecto, recibiéndole con inusitadas muestras de júbilo […]” (: 344. Las cursivas marcan la diferencia cualitativa entre las dos entradas triunfales. V. el siguiente apartado.).
3.1. El valor desmitificador de la diégesis factual
Una simple comparación de la constitución discursiva y sus valores semánticos de los dos capítulos arriba mencionados nos devela la intencionalidad de la obra de Cáceres que, como ya dijimos, es desmitificar el discurso historiográfico oficial, al menos el difundido en las instituciones escolares (en las clases o cátedras dedicadas a transmitir los eventos históricos de nuestra emergencia como países independientes del imperio español), o reproducido por la memoria colectiva.
El primer capítulo no fija su atención enteramente en Castelli y su actuación tanto en su entrada triunfal a la Villa Imperial como en el acontecimiento político de su arenga al pueblo, sino que va entrelazado, muchas veces dentro de un mismo párrafo con la historia reciente del zambo Francisco. Incluso la presentación de Castelli ofrece ya algunas características propias a una configuración no muy favorable:
El doctor […] en ese momento se consideraba el vencedor de Suipacha, no obstante haber estado esperando el resultado de ese combate en la región de Yavi, lejos del campo de batalla” […] “Castelli recibía complacido todas esas atenciones [brindadas más bien por un gentío huraño], en desmedro del general Balcarce y de su jefe de Estado Mayor, brigadier Eustaquio Díaz Vélez, quienes […] habían logrado esa victoria […] (: 13-14. Las cursivas son nuestras y ponen de relieve las cargas semánticas de una persona más bien oportunista y sin muchos escrúpulos.)
El gentío, por no decir pueblo, conglomerado para brindar la recepción y escuchar la proclama del doctor Castelli, decíamos que se muestra más bien huraño, no eufórico. Incluso, al percatarse de la constitución de la tropa, es vencido por la reticencia:
El vecindario potosino miraba con desconfianza a los negros y mulatos que parecían ser desaforados y estar sin sujeción alguna a sus superiores, quienes no hacían nada por controlarlos, dado que eran tanto o más insubordinados que los mulatos y campestres que, a lo largo de su trayecto, habían cometido una serie de robos, atracos y estupros en muchos pacíficos villorrios, sin que sus pobladores supieran a quien o dónde quejarse, tampoco se sabía si eran sólo agregados o se daban tal nombre, siendo verdaderos delincuentes, puesto que andaban a las avemarías asaltando y robando […] (: 14. Las cursivas son nuestras y nos ofrecen la configuración semántica negativa de una tropa que no puede merecer la confianza de un pueblo y menos dar la esperanza de una liberación real.)
La discurso mismo no es lo que pudiéramos llamar brillante ni alentador, pues el doctor Castelli, da muestras de un cierto desconcierto y su mente se halla más bien dispersa evocando su pasado espléndido durante la revolución de mayo. Y si bien el narrador nos presenta a un público titubeante entre la franca y eufórica recepción al ejército libertario y su miedo, y este sentimiento parece dominar más en el gentío, sobre todo ante la brutalidad ostentosa de la tropa que se hace más evidente:
[…] “¡Hijos de puta, viva el doctor Castelli!”, atronó súbitamente la voz de un mulato que lucía los galones de sargento. La multitud enmudeció y sólo se dejó escuchar la risotada de los soldados. El doctor, cortado en ese frenesí de gloria que lo conmovía, volvió a desplegar nerviosamente el rollo de papel; después de todo, ésa era la única manera que tenían esos soldados –como muchos otros de inigualable bravura– para exteriorizar sus sentimientos. “Ilustres…” empezó a decir, pero los ilustres vecinos de la villa del cerro más rico del mundo, ofendidos y temerosos de nuevos y peores agravios, comenzaron a retirarse […] (: 20. Las cursivas son nuestra y refuerzan la configuración antes señalada)
Además, en un excelente uso del discurso indirecto libre, el párrafo anterior reconfirma la carencia de una autocrítica de los jefes militares o de sus estadistas, como es el caso del doctor Castelli, con respecto al valor ético de su ejército y el impacto que éste tiene entre la gente común, el pueblo. Esta falta de un criterio ético sólido se manifiesta en diferentes oportunidades en el transcurso del relato. Vuelve a mostrarse, de manera muy evidente, cuando los tres asesinos del Maestre son reclutados como miembros de la armada libertadora; en la actitud de Castelli, frente al reclamo de Isabel al justificar sus actos de pillaje como justicieros de la revolución independentista; además, cuando un grupo desaforado de malhechores asalta la hacienda de Pedro Vicente Cañete, les despoja de sus caballos, vacas, viola y mata a una muchacha; y luego, comandados por Juan de Altamirano, son recibidos por el ejército libertador con muestras de gran simpatía.
Frente a este relato nada alentador para la causa libertaria, se presenta la entrada de Goyeneche a la Villa Imperial con una configuración distinta, aunque el narrador no descuida matizar el alborozo del pueblo potosino ante la entrada de los monárquicos, con la duda y el temor a las represalias:
Para unos, él era un restaurador de la legalidad y del orden monárquico; para otros, un guerrero feroz y sanguinario que probablemente –como lo había hecho en La Paz y Cochabamba– iba a aplicar mano dura contra ese pueblo, en represalia por haberse sublevado, apoyando a los insurgente del Río de la Plata; pero a pesar de lo que pudiera suceder, todos empezaron a adornar la ciudad, pintando sus casas […] Varios de los colaboradores de Castelli habían sido apresados y esperaban que Goyeneche les dictara sentencia. Las nuevas autoridades se habían esmerado en hacer de esa recepción un digno e inolvidable homenaje al vencedor de los independentistas. (: 345. Las palabras en cursiva nos corresponden.)
Y el acto se realiza con toda la solemnidad esperada en la cual no se presenta ningún incidente que lo desluzca, como es el caso de Castelli. Aunque también devela el narrador implícito la actitud de una expectativa ambivalente: temor y confianza, no exento de un cierto oportunismo, que se hace más evidente tres días después con el arribo del alto clero: “[…] Llegó a Potosí el arzobispo de Charcas, Fray Benito de Moxó y Fráncoli, acompañado de varios canónigos del coro metropolitano, a fin de ponerse al servicio de ese jefe realista en la celebración de los actos de desagravio a las autoridades fusiladas por Castelli” (: 346). Indudablemente para el año de 1810 todavía no había cuajado la idea libertaria frente al dominio del imperio español en la manera que lo hace dos lustros después, no sólo por el fuerte y despótico dominio militar, sino porque en las mismas ciudades la clase del poder económico e ideológico se hallaba integrada en su mayoría por españoles provenientes de la península Ibérica, y sus descendientes directos que no sentían sus intereses todavía afectados, pues, como es el caso de Isabel y su esposo, dependían de los intereses de familia.
Sin embargo, este capítulo final es también muy significativo porque relata un acto de justicia, paradójicamente realizado por las huestes del sanguinario Goyeneche: uno de los temibles delincuentes, el más brutal y facineroso de los que toman parte tanto en la diégesis del zambo, como en la del ejército de Castelli, Juan de Altamirano, “venía más atrás, con las manos amarradas, casi rastras, prisionero de esas victoriosas tropas realistas”. Aunque, a decir verdad, el discurso no aclara si es llevado por delincuente o por haberse enrolado a las tropas del condescendiente Castelli. Pero, como dijimos, el narrador implícito no se descuida tampoco de anotar la voracidad económica del general español, pues abandona la Villa Imperial, “llevándose junto a las siete mulas recuperadas, toda la plata labrada que se hallaba en la Catedral, como también lo haría después en Chuquisaca, quedándose solamente los blandones con los canónigos. Tanto el Arzobispo como el cuerpo eclesiástico consintieron ese despojo” (: 348)Dentro de la configuración del movimiento libertario o, mejor, de la actuación de la expedición armada en el Alto Perú, si bien domina una caracterización más bien negativa, hay un momento, en el recuerdo de Castelli, que es particularmente significativo pues adquiere el valor de una epifanía capital:
[…] cosa curiosa, no se le había borrado de la mente la diminuta figura de una anciana que, en la posta de Manogasta, en Santiago del Estero, el pasado 8 de octubre le obsequiara una flor, con una singular muestra de solidaridad y civismo, al responderle cuando le preguntó por su edad: “Señor, no soy tan vieja como parezco –le dijo ella–; pues no cuento de edad sino cuatro meses; nací el 25 de mayo de 1810, y hasta entonces no creo haber vivido un solo día”; así era el pueblo, su pueblo; así, la convicción con la que recibía ese movimiento revolucionario […] (: 19. Las cursivas nos corresponden.)
Y esto nos da pie para reflexionar sobre el valor de la desmitificación (una de la funciones que puede cumplir la novela histórica): revelar la complejidad de un acontecimiento al mostrarnos, mediante el recurso de la ficción, aspectos que el discurso historiográfico no puede hacerlo muchas veces, ceñido como está a afirmar o negar sólo lo que es amparado por el documento. El fragmento que citamos nos enseña la cara positiva de la revolución libertadora al señalar el profundo impacto en las capas sociales más humildes, al menos de las ciudades.
3.2. La redención humana del dolor y el pecado: la diégesis ficticia
Ya dijimos que esta diégesis paralela a la que noveliza los hechos históricos puede ser dividida en dos. La que relata la “saga” del esclavo, el zambo Federico y la que nos narra la historia de Isabel, para nombrarla con sus señas completas: María Isabel Cienfuentes y Orgaz, la desventurada hija del Maestre don Benito Cienfuegos.
Si bien la novela empieza con un admirable despliegue discursivo en el cual se entrecruzan las dos diégesis principales de la novela –muchas veces el entrecruzamiento se da en un mismo párrafo, aunque la maestría del manejo de los dos planos es tal que no da pie a ninguna confusión. A esta complejidad se añade el empleo de una técnica impecable en los planos temporales de la historia del zambo: empieza por relatar su asistencia al acontecimiento histórico-político de la proclama de Castelli, después de haber participado en el brutal acto de agresión a su amo con otros dos cómplices: Mariano Ventura y Juan de Altamirano, con el fin de robar la tienda del Maestre. El zambo se halla en un estado de tensión nerviosa extrema, pues tiene la certeza de que el Maestre sufre una dolorosa agonía. Llevado por la piedad y el amor que siente todavía hacia su amo moribundo, “en medio de ese estrépito de miedo y alborozo –miedo de los vecinos [habitantes de la ciudad] y alborozo de los soldados–, el zambo Francisco decidió volver a la casa de su amo, el Maestre, para ultimarlo si aún seguía con vida” (: 21). Es aprehendido por las todavía autoridades monárquicas, junto a sus dos cómplices, y en el interrogatorio irrumpe en un arranque de arrepentimiento, y declara que sólo lo mató para terminar con sus sufrimientos por las terribles heridas que le inflingieron sus cómplices. Los tres son condenados; pero en el siguiente capítulo, que corresponde a 15 días después, nos sorprendemos al seguir el relato de los afanes del padre Aldana que los que serán ejecutados son tres personalidades sobresalientes del antiguo régimen, pues se produjo el relevo de las autoridades judiciales, y los tres malhechores se hallan ahora integrando el cuerpo del ejército libertador.
La “saga” del zambo, quien irónicamente había sido declarado liberto por su amo, al cual debía además el saber leer y el haber gustado de las manifestaciones poéticas más exquisitas del Siglo de Oro español, como son los poemas de Fray Luis de León, tiene como un hipertexto (el texto que tematiza anteriormente en la literatura Occidental ofreciendo algunos códigos característicos a los cuales de una u otra manera se remonta el lector competente) a Crimen y castigo, pues el zambo se halla realmente arrepentido de su acción violenta contra la vida de su amo, y toma como su tarea redimirse realmente –además de haber sido absuelto por el padre Aldana–, razón por la cual se enrola al ejército, donde sigue las enseñanzas del piadoso y ejemplar cura. Luego de la muerte del padre Aldana, intenta ingresar en la orden de los franciscanos, y aunque no lo hace por decisión propia, vive una vida religiosa intensa y, finalmente reencuentra al gran amor de toda su vida, la mulata Eudolinda.
Sin embargo, desde el punto de vista de la configuración de los personajes y espacios, así como la intensidad del relato, la diégesis de Isabel es mucho más rica y dramática. Pues desde su inicio, en la página 66, domina en el contrapunteo con respecto a la diégesis factual. La configuración de Isabel como una mujer, si bien dotada de una fuerte voluntad de resistencia y lucha, como un personaje complejo, es ejemplar y resalta sobre todos los otros personajes de la novela. El relato que empieza con el enfrentamiento ante Castelli y su tensa y desesperada odisea que le lleva, acompañada de tres jóvenes y fieles servidores (dos muchachos y la mulata Eudolinda, la mujer amada por el zambo Francisco), se convierte en una larga y desesperada travesía en medio de un paraje desértico, frío, desolado y adverso. Sin duda, los capítulos breves y cortados, intercalados con la diégesis factual, constituyen los momentos más eficaces en el dominio del lenguaje narrativo, sobre toda la espantosa noche en que son amenazados por dos feroces canes, Gory y Castalia, convertidos en verdaderos depredadores, es realmente magistral. La tensión dramática se mantiene hasta la página 184, cuando la pobre mujer, cuyos bienes fueron incautados por el ejército porteño, es acogida en la casa de su cuñado Juvenal, por la servidumbre de éste. Luego llega su esposo de su viaje a Buenos Aires, nace su primogénito y, finalmente, con el triunfo de las tropas de Goyeneche y la restauración del poder del imperio español, logra, paradójicamente, que se le haga justicia.
3.4. Entre Suipacha y Guaqui, radiografía de una derrota: la diégesis factual
Como ya vimos en 3.1. la historia real integra, bajo las modificaciones impuestas por la ficcionalización, el enfrentamiento de la causa libertaria, encarnada por las tropas auxiliares del Río de la Plata, cuyo personaje central hasta muy avanzada la historia –prácticamente hasta la eminente derrota que sufrirá frente a las tropas realistas encabezadas por el sanguinario Goyeneche– es el doctor Castelli, integra decimos la contraposición de dos programas narrativos. Al primer programa narrativo de liberación se le opone el antiprograma de las fuerzas monárquicas. Aunque, y aquí radica uno de los méritos de la novela, las cosas no se presentan de manera tan simple, tan maniquea: como aliados del antiprograma se presentan los factores de desorden, caos y la indisciplina de las tropas auxiliares, por una parte, y por otra, la calidad de muchos de sus milicianos, algunos de los cuales fueron mercenarios: hombres sin escrúpulos, ladrones, violadores y asesinos. Los personajes más notorios entre estos últimos son los dos facinerosos Juan de Altamirano y Mariano Ventura, dos hombres típicamente protervos, desde el inicio al final de la novela, sin ninguna remisión.
La narración nos conduce desde el triunfo de Suipacha, por el ejército porteño auxiliar a su derrota en Guaqui, terminando con la disolución militar y moral de los hombres que podían jugar, al menos, un papel más digno en nuestra larga alborada independentista. Si bien, de la batalla triunfal sólo sabemos por la connotación que implica su entrada en la Villa Imperial, su avance hacia La Paz, donde son recibidos con grandes honores ofrecidos por el primo del general Goyeneche que se apresta a dar el zarpazo mortal a los hombres de Castelli, mientras éste, con la frivolidad y la vanagloria que le caracterizan, cae en los enredos del Gobernador de La Paz destinados a distraer su atención que debería centrarse sobre todo en la continuación de la campaña militar y no en el jolgorio y la buena vida. La batalla de Guaqui es relatada con un contrapunto excelente entre el frío y acertado cálculo de Goyeneche y la falta de una estrategia definida y contundente de los patriotas del Río de la Plata. La disolución militar y, sobre todo moral, ocupa al narrador de una manera más amplia y, podríamos decir, programática: emergen los generales y comandantes militares tales como Francisco de Rivero y el general Balcarce; pero sobre todo la reacción del pueblo potosino que se rebela contra los crímenes y atropellos de la banda de Juan de Altamirano y Mariano Ventura, quienes al pretender violar a la mulata Eudolinda, encienden la chispa de la insurrección, la cual termina en una masacre al pueblo y un repliegue a sus cuarteles de lo que pudiéramos llamar los residuos del ejército auxiliar.
Los límites de este ensayo, señalados en la introducción, no nos permiten entrar en toda la riqueza de esta excelente novela histórica, pues es tan compleja como amplia, sin embargo, no queremos dejar de señalar uno de sus aciertos narrativos –del cual, lamentablemente, el narrador implícito no saca mayor provecho: la emergencia de un factor metadiscursivo cuando el discurso narra el atropello brutal al pueblo potosino hecho por la banda de Juan de Altamirano, que es secundado por la tropa libertaria, y que desencadena en una masacre y en una revuelta popular es relatada por un cronista, el cual emerge en el discurso como actor, reflexiona sobre su escritura y actúa sobre ella. Este momento es realmente de una maestría narrativa innegable y nos lleva a cerrar este breve análisis hermenéutico manifestando algo que desde Nietzsche sabemos que son nuestros discursos: interpretaciones de una interpretación, apenas eso. Nada más que eso.