octubre 7, 2021 por Sergio León

Jesús Urzagasti, entre sueños y palabras

Por María José Daona

Jesús Urzagasti fue un escritor prolífico que trabajó arduamente con el lenguaje. Esto se refleja en siete novelas, cinco poemarios y una diversidad de textos dispersos o de difícil clasificación genérica. Mestizo y “fronterizo”. Le atraían la matemática y los trabajos manuales; la música clásica y el folclore tarijeño. Guitarra negra de Alfredo Zitarrosa, el dúo Pasacanal de Fortunato Gallardo y Alberto Choque, pero también Vivaldi y Schubert.

Le gustaba el cine, admiraba a Andrzej Wajda. Fue periodista, ajedrecista, carpintero y caminante. Leyó a los bolivianos: Oscar Cerruto, Jaime Saenz, Alcides Arguedas, Roberto Echazú, Gabriel René Moreno y Nataniel Aguirre. Y también a Horacio Quiroga, Juan Rulfo y César Vallejo. Para él, Octavio Paz a pesar de ser un lujo en nuestra literatura, era “parcial”: “una gran inteligencia solar, sólo solar (y el mundo no es únicamente solar)”. Aunque se reconoce lector de Paz y Neruda sostiene que, en momentos de crisis, el que lo saca de apuros es otro: ni Rulfo, ni Paz, ni Neruda: “El que me ayuda es Vallejo”. Prefiere a Horacio Quiroga, antes que a Borges. Este último también es parcial: nunca bailó una rumba, no conoce a la mujer y, sobre todo “no es ningún paradigma humano”.

Urzagasti cuidó su “patria silenciosa”. Prescindió de escuelas literarias. Sostiene que su escritura le servía para iluminarse a sí mismo, para orientarlo y enseñarle a mirar. Le tocó y eligió la palabra a la que consagró “sueños y oscuridades” y asumió hablar en “una lengua de la que no conozco ni una sola de las palabras, una lengua en que me hablan las cosas mudas y en la cual deberé tal vez un día, desde el fondo de mi tumba, justificarme ante un juez desconocido”.

Los significados e imágenes de la escritura urzagastiana no están dados desde el comienzo de su obra, sino que se construyen de manera progresiva. Convertido en caminante, emprende un viaje escriturario que se resignifica constantemente. Los cambios en la relación entre el que observa y lo observado denotan las diferentes posiciones del autor frente a la compleja realidad.

Su producción novelística se puede leer como un único libro escrito en diferentes partes. En Un verano con Marina Sangabriel dice el protagonista que todos sus desplazamientos constituyen “varios viajes para componer uno solo, algo así como escribir un libro en varios volúmenes y con títulos diferentes”. A partir de esta lógica Tirinea (1969), es el comienzo de un largo trayecto que concluye en El último domingo de un caminante (2003).

Reconozco tres etapas en esta travesía: la primera incluye Tirinea y En el país del silencio, donde un caminante desterrado sucumbe a la escisión de las voces narradoras como resultado de un “estar fuera de lugar”; esas voces se ubican en un punto intersticial: entre el campo que pervive en el recuerdo y la ciudad del presente, sumidas en el terror y en el silencio impuesto.

En el segundo momento (conformado por De la ventana al parque, Los tejedores de la noche y Un verano con Marina Sangabriel) se construye la figura de un caminante subterráneo que emprende un viaje a las profundidades del suelo boliviano y desde allí desenmascara la realidad de la superficie. Quien camina descubre que su país se define por la compartimentación y la incomunicación.

El último domingo de un caminante representa la vuelta al origen en la voz de un narrador externo que cuenta la travesía de un geólogo paceño llamado Martín Gareca. El vínculo entre el espacio y los sujetos se modifica en las diferentes etapas y da cuenta de la relación del autor con la literatura. Los espacios dispersos del primer tramo comienzan a poblarse de seres que entran y salen de los libros. Configuran un mundo donde es posible la comunicación con el prójimo.

De esta manera, rearma el universo deshecho de las primeras novelas. Esto se concreta en la experiencia de un sujeto urbano que redescubre el Gran Chaco como espacio cultural y social invisibilizado por la mirada centrista y hegemónica. En este último tramo el viaje se presenta como búsqueda de libertad, ya que descubrir otros mundos permite deconstruir los estereotipos impuestos por la cultura dominante.

Un hazmerreir en aprietos no forma parte de este único libro. Un personaje de ficción, sin nombre, se despoja de su autor para recorrer libremente el país. A partir de la estrategia pirandelliana del personaje dentro del personaje que busca a su autor, el hazmerreír nos guía por los senderos de la larga tradición literaria latinoamericana.

Este texto es muy diferente a todos los anteriores; para Juan Pablo Piñeiro las novelas previas están enhebradas por un tejido circular y forman un mandala perfecto en cuyo centro se localiza el país construido por el autor. Un hazmerreír en aprietos es, según Piñeiro, “la obra que transmuta este recorrido transformándose en una fuga”. Cuenta Sulma Montero que fue, para Urzagasti, su novela universal.

He dedicado muchos años al estudio de la escritura del chaqueño. Ésta me abrió las puertas a todo un sistema literario, y también a las tensiones lingüísticas, étnicas, políticas, históricas y sociales de Bolivia. Sus novelas son una invitación a un diálogo comunitario, de mundos posibles y caminos transitables.

 El 27 de abril de 2013 murió, en la ciudad de La Paz, Jesús Urzagasti. A principios de ese mes comenzaba mi investigación que tuvo como primer anhelo conocerlo. La imposibilidad se transformó en el deseo de recuperar lo que llama Obra acabada. Es decir, la vida que a cada paso reclama “el cese del fuego, la tregua de la desaparición, el silencio resplandeciente entre tanta oscuridad”.

La publicación de las siete novelas de nuestro autor por la editorial 3600 es una nueva posibilidad de iluminar las palabras y los sueños de un autor para descubrir la hondura de su lenguaje y, con él, las realidades profundas del ancho país de la nostalgia.

Fuente: Letra Siete