09/19/2007 por Marcelo Paz Soldan

Ensayo

Luis Camnitzer: un palíndromo frente al espejo
Por: Adriano Corrales Arias

Invitado amablemente por el Museo de Diseño y Arte Contemporáneo (MADC) para realizar un análisis sobre la exposición retrospectiva de Luis Camnitzer, inicié por preguntarme acerca del valor de mi limitado intento. El valor real, no conceptual. Pero, debido a mi timidez, es decir, a mi incapacidad de preguntar cuánto me pagarían por ello, he debido quedarme en lo conceptual. Todavía a esta edad me parece corrupto cobrar por el honor de exponer mis consideraciones acerca de la propuesta de un artista de la talla de Camnitzer. ¿Cómo podría dejar pasar esta oportunidad? Y sin embargo, no dejo de cuestionarme: ¿por qué no cobrar? Escuchar, o leer, sin pagar, es robar. No obstante, mantengo mi ambivalencia e ingenuidad, por ello, posiblemente, este “análisis” carezca de validez.
A sabiendas de que “el objeto de arte es un objeto comercial”, decidí asomarme al espejo del “cinismo ético” con la resuelta disposición de recibir alguna paga por la próxima ponencia que me soliciten. (Ya casi expongo una razón de mayor peso para no cobrar en esta ocasión). Porque, vuelvo a interrogarme: ¿si el objeto artístico es una mercancía, el producto del trabajo intelectual también lo sería? El asunto es cómo mantener las ideas puras sin contaminarlas de la vulgaridad que nos propone el mercado. Si la cultura es un proceso colectivo y el trabajo artístico e intelectual apenas incidentes en la biografía del autor, entonces con mucha mayor razón debo exigir un emolumento por mi esfuerzo. Por supuesto, la administración del museo, y ustedes como público, podrían exigirme un rango de “calidad” en esta ponencia. Pero, ¿quién determina la escala de valores de la calidad, el ISO artístico/intelectual?
Cuando ingresé por primera vez a observar la exposición, luego de mirar detenidamente y de tomar algunas notas, decidí abrirme a la siguiente sala del museo. La impresión del cambio fue brusca, por no decir violenta. Al encontrarme en medio de una tienda con la coquetería y el desparpajo de los mercados de artesanía, cafetería – aunque sin café – incluida, se multiplicó el complicado dilema del centro y la periferia. Pasar de Camnitzer a la tienda no es fácil, mejor dicho, lo sería si existiese una buena transición, especialmente luego de mirar la cuadratura del círculo. Pero, bien mirado, de algún modo, y según su propuesta, también es algo “natural”. La cuadratura del círculo. Del arte global al arte local. Autoservicio. “La adquisición es cultura”. Miro-admiro-mío.
Controlado el asombro me dirigí a la funcionaria responsable que cómodamente leía un libro en un escritorio y le balbuceé mis opiniones. Ella me respondió: “bueno, es que todos los museos del mundo poseen una tienda y, además, con la situación económica del museo…”. Esa fue la razón de peso que me inhibió para reclamar un pago por mis servicios intelectuales.
Lo que nos plantea de entrada Camnitzer es un diálogo, un debate, una polémica con nosotros mismos. La ambivalencia entre mercado y revolución, estética y ética, individuo y colectividad, realidad y apariencia, obsolescencia de la palabra y ambigüedad de la imagen, pasado y presente, simulacro e historia, centro y periferia, hegemonía y marginalidad, son las claves de su compleja propuesta que parte de la concatenación de elementos, de la yuxtaposición de significados. Todo ello siempre dispuesto en las coordenadas, o rejillas, del poder.
Así, lo que nos entrega Camnitzer es un isomorfismo, o una mezcla de lenguajes verbales e icónicos, donde el intercambio de mensajes entre esos sistemas, y la transformación de los mismos en el proceso de traslado, nos ofrecen un sistema dialógico, es decir, un diálogo permanente entre los significados de sistemas que aparentemente eran contrarios o contradictorios. Y ya lo sabemos: la comunicación dialógica es la base de la formación de sentido.
Esa dialogía es también una dialéctica que se desconstruye y se eslabona intercambiando significados: lo antiético es lo estético, lo vendible es lo validado como artístico, lo políticamente incorrecto es lo correcto, la víctima puede ser el victimario. Hay una cooptación y un traslape de contenidos y significados que interroga a la realidad mientras el mismo autor se interroga sobre la validez de los objetos producidos, que a su vez nos interrogan como posibles interlocutores de las ideas propuestas: “Desgraciadamente lo único que te queda es la ética”. “Vos explicás y yo no entiendo tu dogma”. “Desgraciadamente yo tengo las balas, aunque no debiera”. “Vos tenés las balas y yo muero”.
Vista así, la realidad es una difracción, un reflejo imperfecto de algo que no sabemos si es real. Nos asomamos al espejo pero en el fondo quien se mira es otro. La opacidad del azogue nos confunde y nos convierte casi en un holograma, en la vaguedad de una frase. No sabemos si somos reales o si somos un simulacro de lo real. Tal vez solamente el argumento de un libreto que alguien ha dispuesto en el entramado de una realidad absolutamente ajena porque no la controlamos. Somos como un libro que nadie escribió. “Las memorias del agua”, “El libro del tiempo”.
El elemento central de la propuesta de Camnitzer (para tratar de ubicarlo en su cronotopo, porque es un centro descentrado) es la argumentación entre centro y periferia, pero siempre en la dinámica del intercambio de significados. Así, la oposición entre centro-periferia también es la oposición entre el ayer y el hoy, “el pasado de las ideas y las ideas del pasado”, donde el centro (el núcleo) se convierte en periferia y viceversa. El artista se propone destruir esa dualidad, o la reconstrucción del todo semiótico por una parte de él, a partir de la creación de un nuevo lenguaje o, mejor dicho, lenguajes. La destrucción de esa totalidad semiótica provoca un proceso acelerado de “recordación” que se sustenta con la firma, por ejemplo.
En el centro están los sistemas semióticos dominantes: autodescripción, metalenguajes, gramáticas. Pero esto cambia cuando la descripción la hace un sujeto externo, o desde la periferia, como el mismo Camnitzer. Porque todo depende del observador. “De la oposición de un observador depende por dónde pasa la frontera de una cultura dada” nos dice Iori Lotman, en quien me apoyo teóricamente para continuar el análisis. (Lotman, Iori M. La semiosfera. I. Semiótica de la cultura y del texto. Ediciones Cátedra, Madrid, 1996).
La interconexión de los elementos del espacio semiótico no es una metáfora sino una realidad. La metáfora consiste en que todo es real y lo real existe porque se metaforiza, se convierte en un simulacro, en un espectáculo. Dicho de otra manera, lo real se deshistoriza y la historia se metaforiza. Así, el dinero es la gran metáfora de la posmodernidad: no existe (lo que hay son rectangulitos de plástico codificados, o cifras cibernéticas), pero, como Dios, está presente en todo lugar, porque todo se vende y se compra a través de esa compleja metáfora del capital. De tal manera que el diálogo deja de ser comunicación y se convierte en transacción. La asimetría coopta al diálogo y lo convierte en un monólogo de la hegemonía: “la estética vende, la ética derrocha”.
He allí la semiosis de la globalización neoliberal: lo que nos es intercambiable como transacción, como intercambio de mercancías, no existe, incluida la institución arte: “el espíritu del arte habita en la firma”. Y quien no consume tampoco existe. Por eso el arte no está concebido para exhibirse públicamente, sino para archivarse en colecciones privadas con el objetivo de que adquiera plusvalía. Y las colecciones están en el centro, o tienden hacia el centro. En otras palabras, la periferia solamente existe para el centro si ésta consume o produce mercancías para consumir, preferiblemente a bajo costo. La periferia es deshechable si no ingresa a las rígidas leyes del mercado.
En la ética del mercado todo se vale. El fin justifica los medios. Hablamos de las ganancias. La economía no importa, pero sí las finanzas. Todo se pone patas arriba, y arriba siempre voy yo. Lo contrario significa lo mismo y lo mismo siempre soy yo. Ética del individualismo feroz. Individualismo de la ética privada o anónima. La comunidad es una masa, el tercer mundo un agujero. Y lo que usted diga puede ser usado en su contra.
Porque la realidad se escribe de una forma pero se lee de otra manera, mejor dicho, de múltiples maneras. Como el palíndromo, que no es que carece de sentido, sino que posee muchos sentidos: en la lectura “normal” el texto es identificado con la esfera “abierta” de la cultura, y en la inversa como la esotérica. Lo esotérico es lo mágico, lo que se nos escapa, lo que no vemos. Es decir, el truco del jugador, del fabulador, del artista. Por eso el artista está en la frontera, entre cielo y tierra, entre la realidad y la irrealidad. Y juega con ella. Y con ella usufructúa.
Como el palíndromo pero en el espejo: es el reflejo de la lectura en dirección opuesta, lo que activa el mecanismo del otro hemisferio cerebral: el reflejo contrario, el texto en la imagen y la imagen en el texto. Una asimetría funcional que “funciona”. Lo correcto deviene en incorrecto y viceversa. Pero el truco está concebido dentro del gran juego conocido como arte, que es una de las salas del Gran Casino de la Cultura. Allí la apuesta ya no es por la recompensa solamente, sino, además, por el reconocimiento. Porque para ingresar al Gran Casino se precisa de la invitación de su Gerencia. Y solamente se invita a los elegidos. Entonces el artista invitado es el gran prestidigitador que a partir de sus cartas, las parejas simétricas y asimétricas, nos invoca y convoca, nos deslumbra y nos provoca, nos interroga y nos golpea, nos juzga y nos babosea. Aunque deba comisionar su trabajo a otros asalariados.
El Gran Casino se mueve por los principios de economía de la semiosis y de semiosis de la economía: un principio invariante de los procesos comunicativos: simetría-asimetría es un mecanismo especular que forma las parejas simétrico-asimétricas y que, al parecer, y según Lotman, está ampliamente difundido en los mecanismos generales de sentido que podríamos decir, es universal. Es lo que el teórico estonio denomina la “Ley de simetría especular”: “Los objetos que se reflejan tienen en su estructura interna planos de simetría y asimetría… los planos de simetría se neutralizan y no se manifiestan en nada, y los de asimetría devienen el rasgo distintivo estructural fundamental”. Esa es la base estructural de la relación, o la comunicación, dialógica.
Lo que no se intercambia no existe. Y si la ética del capital es cínica lo cínico puede ser ético. Es la ética del cinismo o el cinismo de la ética. La pregunta es: ¿Cómo puede producirse arte sin corromperse? O, ¿cómo puedo usar la corrupción sin corromperme? La curvatura del círculo. Preguntas sin respuestas, respuestas sin preguntas. Estamos en la frontera. Lección de óptica. Las barajas son nombres, los nombres fosas comunes. Escuchar sin pagar es robar. La estética vende… ¿Cómo interpretar a Camnitzer sin traicionarlo ni traicionarme? ¿Cómo hacerlo sin contaminarme? ¿Y quién reconoce el esfuerzo? ¿Quién cubre los gastos? Definitivamente este texto no existe. Nadie lo remunera.
[Tomado de http://www.revista.agulha.nom.br/ag59camnitzer.htm. Revista de cultura # 59. Fortaleza, San Pablo. Septiembre / Octubre de 2007]