07/16/2008 por Marcelo Paz Soldan
Fernando Pessoa: Un degenerado superior

Fernando Pessoa: Un degenerado superior

fernando-pessoa.jpg

Un degenerado superior
Por: Ramón Rocha Monroy

“Animal, mamífero, placentario, megalómano, con rasgos dipsómanos, poeta, con vocación de escritor satírico, ciudadano universal, filósofo idealista. Soy un degenerado superior”. Así se definía el poeta portugués Fernando Pessoa cuando estaba muy borracho, recuerda el escritor español Manuel Vincent. También decía: “Soy un carácter femenino con una inteligencia masculina”.
Dicen que escribía en servilletas y retazos de papel, donde le pillara la inspiración, y luego los guardaba y probablemente a veces los perdía. Vincent tiene una expresión gráfica para referirse a los mejores días de Pessoa: “En la época en que tuvo un alcohol más sosegado”, porque luego se destruyó del todo. En sus días apacibles ganaba sus pesos como traductor de correspondencia comercial en inglés en las oficinas de Lavado y de Mayer, ubicadas en la Baixa de Lisboa. Tecleaba una vieja máquina de escribir, usando papeles carbónicos para las copias y dicen que cumplía su trabajo en silencio. Cuentan también que a veces interrumpía su labor rutinaria para anotar a lápiz un verso, una imagen o un fragmento de poema.
Su figura era inequívoca: usaba traje, sombrero y corbata michi; cultivaba un bigote espeso y no aflojaba los lentes. La Rua da Prata fue testigo de su paso hacia el Café A Brasileira, a cualquier hora del día o de la noche, solo con sus pensamientos o en compañía de escritores y periodistas con quienes, más que café, bebía cazalla, un vigoroso aguardiente. Así se suicidó sin apuro, desde los 25 años de edad, recordando con nostalgia su niñez feliz y su presente solitario.
Era lisboeta nacido en el n.º 4 del Largo de San Carlos, hoy Directorio, el 13 de junio de 1888. Guardaba un dulce recuerdo de sus enfermedades infantiles debido a la dulzura de los cuidados maternos. Aquel territorio circunscrito a su dormitorio era enteramente suyo y podía llenarlo con personajes imaginarios a quienes hablaba mientras oía los gritos de su abuela loca. Lástima que, cumpliendo los cinco años muriera su padre y apareciera un extraño en esa vida apacible para casarse por poder con su madre. Era el comandante João Miguel Rosa, cónsul de Portugal en Durban, Natal, que llevó a su nueva familia a Sudáfrica, donde Pessoa estudió en la Universidad del Cabo de Buena Esperanza y fue cultor distinguido del inglés.
Hombre de soledades, hablaba solo desde niño y de ese modo fue natural que escribiera con nombres supuestos, sus heterónimos: Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis…
Cuentan que se enamoró y decidió casarse con una muchacha nacida en Coimbra que atendía en A Brasileira; y agregan que ella murió el día de la boda y que el dueño del Café colgó un cartel que decía: “Cerrado por tristeza”. Otros hablan de una mecanógrafa llamada Ofelia a quien llevaba a pasear a orillas del Tajo; pero los amores de Pessoa eran amores blancos y algunos de sus biógrafos hablan de su “difusa homosexualidad”. Como todo solitario, en sus últimos días se tornó difuso y escaso al punto que nadie podría certificar quién murió, si Pessoa, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos o Ricardo Reis.
Fuente: Los Tiempos