febrero 21, 2020 por Marcelo Paz Soldan
En un mar negro

En un mar negro


En un mar negro
Por: Cecilia Romero M.

Vivir o deambular, para ser más precisos, en un mundo de “normales” es de los periplos más intensos que toca enfrentar a aquellos que transcurren al margen. Ya lo decía Foucault, los que están en la acera de una normalidad que se imagina lejana de la locura y que además tienen poder –palabra esa que tantos debates, luchas y deseos genera– son los destinados a establecer qué es normal y qué tiene el signo de lo insano y, por tanto, peligroso. Cualquier sociedad puede definir la locura como esa orilla donde se hace difuso lo que es justo y lo que es verdad.
Dicen que preferimos tener a los locos encerrados, precisamos ese control del cuerpo para asegurarnos el equilibrio social. Por tanto, bajo el análisis de Foucault, este ejercicio de control y vigilancia posibilita la constitución de saberes sobre aquellos que se vigilan. En este contexto una se pregunta ¿Qué cosas saben los “locos” que ignoramos los cuerdos? ¿Qué nos atemoriza tanto de aquel que la sociedad denomina como loco? ¿Será acaso su acceso a un universo de sensibilidades que nos son ajenas o que sospechamos peligrosas?
El encuentro con el documental Mar Negro, del cineasta Omar Alarcón, galardonado como el mejor del Festival de Cine “Diablo de Oro” de Oruro de este año, es el choque electrizante y definitivo con el poeta Hugo Montero, paciente eterno del Instituto Nacional de Psiquiatría Gregorio Pacheco, de Sucre.
Escritor de intensidad turbulenta que abrió las inmensas puertas de un mundo tan vasto como el mar para que Alarcón registrara una historia que deja en la memoria el decurso lírico de un observador que es observado con amor. Sí, amor es la palabra precisa, no podría haber una mejor forma para calificar el camino que director y poeta recorren. En el Pacheco, el viento sopla intenso, los pacientes caminan solitarios bajo el peso de quien sabe qué recuerdos. Así, el paisaje se despliega con una belleza serena casi como la del camposanto y ahí es donde el yermo se hace más tangible, el abandono se hace carne.
Esta es una narración de un definitivo amor por las historias, por la voz de Montero que tiene y, está por demás decirlo, la claridad del genio. Amor por seguir al poeta en todo ese largo caminar que tiene la locura. Amor por la poesía y la disección constante que hace del mundo. Amor por el principio básico de contarlo todo y abandonarnos a la soledad en la que deambulamos, la soledad de los cuerdos.
Es inmediato, sabemos perfectamente cuándo estamos frente a una obra inolvidable. Este documental es la avispa que incordia nuestros olvidos, nuestros descuidos, nuestros no-saber-desobedecer a las instituciones que están pobladas de mares negros contenidos en muros y rutinas para enfermos. Y con Montero, en el epílogo, recuerdo al poeta Jorge Zabala, ambos conectados por palabras y largos silencios, inmensos en bondad y conocimiento, tan olas ellos, donde nunca dejará de rugir el amor intenso por el mundo, ese que Alarcón retrata en el documental Mar Negro.
Fuente: Los Tiempos

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