enero 26, 2017 por Marcelo Paz Soldan
El profesor del caos

El profesor del caos


El profesor del caos
Por: Saúl Montaño

La novela El profesor de literatura (Caballo de Troya, 2014, aunque un año antes había sido publicada como Click por la editorial boliviana El Cuervo), de Christian Vera, transcurre en apenas una hora y fracción. Cuenta la historia de un anónimo profesor de secundaria poseído por una furia abúlica, consecuencia de su vida como docente en un medio al que detesta y considera podrido e infectado desde los cimientos. Además de la enseñanza, se dedica a escribir absurdas historias de suspenso y terror, a consumir cultura en todas sus expresiones, a rumiar sobre su lugar en el mundo; también consume y venden drogas a sus alumnos. El desenlace se anuncia desde una de las primeras líneas: “Todo se mueve en cámara lenta, se oyen gritos, todavía cae el polvo…El paisaje es casi lunar…Ingrávido.” Se trata, entonces, de un personaje que, como los viejos anarquistas rusos, impone el caos en el sistema educativo de un lugar que bien puede ser La Paz como cualquier otro lugar del mundo. Sin embargo, cabe una duda. Nunca se llega a establecer si el personaje realmente es un agente del caos o si este es una más de las ficciones que continuamente fabula. Esta línea inserta la semilla de la duda: “Su hábitat es el delirio ambiguo de la ficción. Allí es donde transita”.
Pulverizar el orden es el sueño del personaje. Erradicar la enfermedad que se apropió del sistema educativo con una explosión. “Una demolición para instaurar un renacimiento”, apunta el narrador que relata la vida de este protagonista. Narrada con un lenguaje preciso, El profesor de literatura rebosa de imágenes poderosas. Una de mis favoritas es la que contiene parte de la esencia pasmosa del profesor al borde de una crisis: “Y es por ello que mira y vuelve a mirar las películas de Hitchcock. Cree que en esa ficción se hallan cifradas las claves para arribar al TODO. Víctima de esa idea ingenua atraviesa su vida tal como un mapache cruza una peligrosa carretera”.
Como mencioné al principio, la novela se centra en un fragmento de la vida de este personaje, y es contada desde un estado febril, narra los instantes previos a la catástrofe como si narrara la vida de una persona en los instantes previos a un accidente en el que se produce un estallido químico. Esto produce una alteración en las percepciones sensoriales. Estira el tiempo, lo deforma, lo apreciamos a través de la lucidez del narrador. La novela, además de la acción donde se relatan los hechos, está llena de reflexiones donde se analizan creencias, se cuestiona al yo propio y al yo de los otros. Es así que se hace un repaso de la historia de este profesor desquiciado y su desenlace bien puede entenderse como el revanchismo, como el afán de venganza de un marginal con ínfulas de genio fracasado seducido por una descarga de violencia injustificada; no obstante las cosas no presentan solo una cara.
El profesor es calificado por el narrador con innumerables adjetivos: contradictorio, pusilánime, aleatorio, leve, cuántico, ingenuo, voluble, abúlico, inmaduro, frágil. Sin embargo, a pesar de todos estos rasgos, hay una cualidad que lo distingue: su determinación de arrasar con todo. Esto lo diferencia de aquellos personajes en los que la pasividad y alienación son taras que los vuelven vegetales. El profesor fantasea con instaurar un nuevo orden, pero ¿se puede creer en el narrador, cómplice de su protagonista, cuando queda expuesta la incierta realidad del personaje que habita en la ficción? Cito: “quiere encontrar a través de la ficción y del discurso de la ciencia la llave que le permita abrir la caja donde se deposita el TODO”. Más adelante: “su hábitat es el delirio ambiguo de la ficción. Allí es donde habita”. De esta manera, se plantea la ambigüedad. Nunca se sabe con certeza si la ejecución de su plan sedicioso es una realidad o una fantasía. Y esa ambigüedad, el no saber a ciencia cierta si lo que ocurre tiene lugar en el mundo o en la cabeza del personaje, es un acierto.
Vera –quien es también profesor de escuela y quien en 2009 ganó el premio Yolanda Bedregal, el más importante galardón que se otorga en Bolivia a la poesía, por el libro Ciudad– trabaja con atino esa duplicidad y caricaturiza a un personaje pusilánime al borde de la locura, sobrepasado por las inmundicias del ambiente anquilosado y corrompido de la enseñanza. Dentro de esta órbita, si El profesor de literatura es el delirio de este fracasado instructor, la novela puede ser entendida como una lastimera, pesimista e hilarante fabulación que testimonia la impotencia de un intelectual por cambiar el orden establecido.
Fuente: thestudio.uiowa.edu/

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