octubre 12, 2021 por Sergio León

El papel de Narciso Lima-Achá en la obra de Jaime Saenz (apuntes a calzón quitado)

Por Diego Andrés Loayza Minaya

“¡Oh, hombre! ¡Atento!

¿Qué dice la profunda medianoche?

Yo dormía —,

De un profundo sueño me desperté: —

El mundo es profundo,

Y más profundo de lo que el día pensó.”

De Así habló Zaratustra, en Mahler 3ª sinfonía, 4º movimiento.

1. Toda publicación es, de una manera u otra, una confesión. Con o sin intervención de consciencia o voluntad (de hecho, las más obscenas, jocosas e impúdicas confidencias de autor se vislumbran en retratos de terceros, objetivos, históricos, ideal típicos e “irrebatibles” como el mal habido Cholo Portales, que desnuda mejor los complejos y atrofias mentales de Finot que las taras del propio cholo que pretende demoler para la posteridad).

2. “Los papeles de Narciso Lima-Achá”. Una novela compuesta en dos partes, ambas apócrifas, ambas sentenciadas a la hoguera, al más allá-del-olvido. Novela prohibida por donde se la vea, papeles embrujados por donde se les entre, escritos malditos por donde se los lea.

3. La honestidad despiadada y auto-aniquiladora como virtud estética (no moral, resalto, para el caso que nos ocupa), como auténtica e inalienable plus-valía poética (pienso en Guimarães, Nabokov, Burroughs, Thompson). ¿Pisar-se el arriesgado territorio de lo inconfesable y salir bien parado? Faena complicada, hasta para los más osados exploradores del misterio existencial.

4. El sacramento de la confesión en tanto experiencia artística (de transformación creadora) va mucho más allá de la economía de la culpa judeocristiana (de hecho, la desprecia, escupe sobre la misma y zapatea sobre la misma con socarrona efervescencia), más allá del trámite de escarmiento ante la sociedad y del famoso rigor del “hecho social” (desde esta altura contemplado como un penoso circo de sonámbulos).

5. La confesión que aquí vale, vale como un sacarse-la-persona, una alquimia celebrada en soledad, para consagrar el vacío de (no) ser-uno-mismo. Sacarse la máscara para ver y hacer ver, pero ¿qué ver? ¿El abismo sin fondo en el altiplano orureño?

6. Un paisaje sin paisaje. Un abismo sin fondo detrás de un abismo sin fondo, una máscara detrás de una máscara. ¿Puede haber algo más espantoso y fascinante que una (otra) persona detrás de tu persona?

7. Las confesiones. Papeles visionarios y adelantados a su época, de anquilosada guerra fría. Papeles proyectados para aterrizar en la problemática existencial del pleno siglo XXI. La era de la pluralidad sexual, la filosofía de género, la mundialización del erotismo, la aventura hedonista liberada y, como contrapartida dentro de una correlación cancerosa, la era del resurgimiento de un fantasma innombrable para muchas generaciones: el absolutismo macho-religioso-nacionalista-militar, la extrema derecha, en fin, los nazis (sí que cuesta nombrarlos).

8. Es una novela nazi, dirán algunos, ¿nazi pero gay? Se preguntarán otros. Es una novela no solo gay, sino pro-LGTBI y pro-derechos a la diversidad sexual, argumentarán ellos. ¿LGBTI pero nacional-socialista? Responderán aquellos. Es una novela pornográfica. Es una novela altamente patriótica y filosófica. Es una historia desgarradora de amor homosexual. Es una historia de poliamor libre y espiritual. Es una oda al Führer. Es chacota sin ton ni son. Se dirán muchas cosas sobre la esencia de estos papeles y se callarán más todavía (por pudor, decencia, resquemor, qué sé yo). Lo cierto es que el texto está blindado como un acorazado guderiano contra toda simplificación, todo estereotipo, toda fórmula aglutinante de significado a la que nos ha acostumbrado esta época de memes, tweets y noticias a pedido del cliente. Nos enfrentamos a un concepto que incomoda tanto que pronto vendrá a ser considerado como políticamente incorrecto: complejidad. Porque de eso se trata: un laberinto de memorias y experiencias, un devenir contradictorio, trágico y épico, libre y anclado (a su época, a su lugar, a sus amores y a sus desamores), una trama que despliega ante nuestros ojos un océano poético donde es hilado con filigrana el retrato de un individuo en su tiempo (que no es sino todos los tiempos), literalmente a calzón quitado.

9. Estos papeles no tienen nada de propagandista o panfletario. Eso es un hecho (reconfortante para algunos y, asumo, odioso para los otros).

10. El nacionalismo alemán. Narciso Lima-Achá está enamorado del nacionalismo alemán en su faceta embrionaria, ese movimiento heredero del romanticismo y de su rescate idealizado (por no decir ilusorio, artificial, hiperbólico) de los valores pre-modernos como el honor, la tierra, la sangre, la guerra, etc. El autor de estos escritos demuestra, sobre todo, un rechazo soberano a los ideales de hombre (me excuso por la falta de inclusión, pero no deja de ser un hecho –por demás penoso como podemos comprobar a estas alturas– que la ilustración moderna fue forjada así nomás, en masculino) propuestos por las ideologías en boga: el hombre-mercancía del capitalismo anglosajón y el hombre-máquina del comunismo soviético. El desprecio por lo irracional –como el esoterismo, las pasiones y lo contradictorio del ser– que profesan esas ideologías herederas de un complejo racionalista cartesiano (cogito y res extensa), es aborrecido por el espíritu romántico de Lima-Achá y por gran parte de la Alemania vanguardista de fines del siglo XIX y principios del XX.

11. El nacionalismo (cuando deja de ser revolucionario). El propio héroe del relato da cuenta de cómo el nacional-socialismo (en tanto que movimiento popular) en cuanto pierde el élan revolucionario, la impronta vanguardista y emancipadora, se transforma, en un abrir y cerrar de ojos, en una máquina militarizante aniquiladora de toda libertad, complicidad y creatividad. Una máquina reproductora de soldados fanatizados y, por sobre todo (cogito incluido), obedientes.

12. La homosexualidad. Como todo lo importante en la obra Sáenz, la homosexualidad es tratada como un suceso iniciático, cifrado, esotérico (lo que rompe con la defensa del carácter innato de tal o cual orientación sexual, favoreciendo la idea de procesos de estructuración simbólica intersubjetivos propios de la naturaleza social). En el caso que nos ocupa, se trata de un evento fáustico y fuente de abismales cuestionamientos (abismales como las aguas del océano, un fenómeno tan vertiginoso aunque bien diferente a la inconmensurable grieta en el altiplano de Curahuara de Carangas): ¿el deseo del hombre por el hombre es resultado de una proyección fantasmática de identificación con la mujer? ¿Es la añoranza por una Mujer más allá de toda realidad?, ¿una pesquisa en pos de personificar el femenino absoluto que se encuentra en todo y en todos? ¿O se trata, más bien, de la negación de lo femenino, la abolición de toda femineidad? ¿un culto al falo y a su portador donde la mujer, y todo lo que a ella se asocia, se encuentran en una escala inferior dentro de la jerarquía ontológica y, por ende, estética y erótica? Lejos de ser un panfleto o un manifiesto pro-LGBTI, el relato ahonda en los complejos meandros de la experiencia homosexual: desde los pormenores más técnicos y, por así decirlo, logísticos (“lo único de malo es eso: la mierda”), hasta los prejuicios y códigos existentes dentro del submundo gay hacia los mismos homosexuales (o hacia alguna de sus diferentes categorías, estadios o manifestaciones).

13. Los peligros y las delicias de una erotización desenfrenada en la vida juvenil (muy propia de los estados civilizatorios que se permiten, como un lujo excedentario, la construcción del cuerpo en tanto que objeto de placer o máquina productora de goce por sobre el cuerpo–objeto de trabajo o máquina de productora de bienes) y la memoria de ese regodeo desde la vejez, la soledad, la enfermedad, en fin, la decrepitud. ¿Eso es? ¿De eso se trata? Quizás. Como el Caravaggio en su trayecto de Roma a Nápoles, el héroe de este viaje pinta una juventud llena de exuberancias y deleites sensuales hasta terminar en el retrato salvaje y sombrío de un guerrero viejo, derrotado y con la cabeza separada del cuerpo; todo en medio de una tiniebla sobrecogedora.

14. El fanatismo. Una de las cuestiones aquí es el fanatismo y la premisa es aterradora: para el fanático, su cosmovisión y acción no son fruto de una demencia colectiva, insensata y febril, sino que obedecen a lo que para él es natural, lo que simplemente es y debe ser, ni más ni menos. En ese caso, Dios no quiera, todos somos fanáticos de algo, algo que nos parece tan natural que se nos hace imposible e insensato poner en tela de juicio. ¿Qué será, en nuestro caso, jóvenes y no tan jóvenes del siglo XXI, esa absoluta naturalidad que aceptamos con fanatismo? ¿El confort? ¿El individuo? ¿El capital?

15. Limachi es el anti-Felipe Delgado; sus papeles, el antídoto contra Felipe Delgado y el fanatismo que éste suscita.

16. ¿Podría concebirse un relato menos nacional(ista) en nuestra Bolivia que una historia homoerótica en altamar? Muchos quisieran pensar que no, empero…

17. El libro mete el dedo en la llaga sobre un tema discordante solo en apariencia: la atracción del hombre por el hombre, la glorificación del eros masculino y su relación con el nazismo o toda forma semejante de culto disciplinario-militarista-homofóbico. No son dos aspectos separados u opuestos sino íntimamente ligados dentro de una dialéctica perversamente soslayada por la maquinaria represora. De otra manera ¿cómo se explica la interpretación del trágico destino de Ernst Röhm, mentor de las FFAA bolivianas, brazo ultraderecho de Hitler y alto mando de las S.A. que, según los rumores de la “Nueva Alemania”, no eran otra cosa que un “hervidero de mujeres con verga, para vergüenza de la nación”?

18. ¿Y el “aspecto nazi” de los papeles, no vendría a ilustrar a ese típico padre  vetado por irresponsable y sociópata (que obliga a cambiar de tema cuando es apenas mencionado en reuniones familiares por algún desubicado o travieso) de la gran gesta ideológica conocida como Nacionalismo Revolucionario que tantos decenios enorgulleció a la intelligentsia (de derechas e izquierdas, arribas y abajos) de un país en el corazón de Sudamérica?

19. La irreverencia o el humor (los humores) que incomoda(n). El olor del Führer (en mi experiencia de lector, pasaje solo comparable en morbosidad chocarrera a las fantasías erótico-tanatológicas del personaje James Ballard con alguno de sus progenitores en “Crash” del novelista James Ballard). Siempre había imaginado el olor del Führer como una combinación nefasta de fibra planchada y almidonada, flatulencia medicamentosa (¿cocainomatosa?), tufo espeso a baba reseca, sudor gallináceo y nervioso de hombre caucásico disimulado con colonias anisadas y pomadas Bayer.

20. Jaime Sáenz (el otro, el mito). Como intuyendo en él un futuro de leyenda literaria, de figura de culto, Limachi despliega entre sus personajes a un tal Jaime Sáenz (quien, todo indica, resulta ser el insolente que termina siendo responsable de sacar del clóset los susodichos papeles de inconfesable contenido y concebidos antes para la pira que para el lector). Por más honesto y desapegado hacia las cosas del “mundo”, el poeta sabe que está igual de condenado que cualquier hijo de vecino a devenir persona, a soportar una máscara (por más fina y transparente que sea la capa que la separa de su calavera verdadera). Con la osadía de un guerrero infatigable, el propio autor de los Papeles es el primero y más certero en arrojar una piedra a la efigie del más célebre y maldito de los poetas malditos de la nación, transformando a éste en algo aun más verdadero y temible: tan solo un personaje más –eso nomás– en una mascarada, una puesta en escena, una obra tan trágica y heroica como hilarante y absurda que llamamos (o, más bien, solíamos llamar) Patria.

21. ¿Un gesto crístico? David porta la cabeza de Goliat, cual jactancioso premio, para que sea vilipendiada, escupida, apedreada por la multitud triunfante. Al plasmar su rostro en la cabeza del gigante vencido, Michelangelo Merisi parece entregarse a la muchedumbre, como diciendo: “Aquí estoy, no me escondo a la hora del escarnio ante la historia”. Asimismo, al terminar de leer “Los papeles de Narciso Lima-Achá”, sentí un autor que se inmolaba ante las masas fanatizadas (ebrias de estereotipos y etiquetas prêt-à-porter), proclamando agonizante, con el último aliento, a la hora de escarmentar: “Si así les place, apedréenme, vilipéndienme con todos los apelativos e injurias que les suscitan estos escritos. Lo sé, tanto las multitudes retrógradas y chapadas a la antigua a este lado, como las de la izquierda más progre e inclusiva al otro, tienen su roca para lapidarme, su etiqueta para condenarme, que así lo hagan si gustan, pero  que nadie, por ninguna razón y bajo ningún motivo, ose poner en tela de juicio mi integridad,  verdadera y transparente como todos pueden atestiguar, en tanto que demiurgo de universos, en tanto que Poeta (que no es sino la integridad de quien se da modos para celebrar el clamor del mundo con amor inaudito, desde la muerte y hasta la muerte)”.

Fuente: La Ramona