02/24/2017 por Marcelo Paz Soldan
Dando la vuelta al conejo

Dando la vuelta al conejo


Dando la vuelta al conejo
Por: Sara Mesa

Desde que la ya ineludible lista de 2010 de la revista Granta -en la que se recogía a los 22 mejores narradores jóvenes en español- pusiera en circulación al boliviano Rodrigo Hasbún por España, se han publicado aquí, con considerable respaldo crítico, dos libros suyos de cuentos –Los días más felices, en Duomo, y Nueve, en Demipage- y esta novela corta que hoy nos ocupa, Los afectos, que corrobora que Hasbún es, ante todo, un excelente cultivador de la brevedad, esto es, de la síntesis, la elipsis y el poder de lo subterráneo. Que Los afectos se base en hechos históricos refuerza, más si cabe, esta afirmación, pues lo que hace el autor es subvertir los imperativos del género histórico y adaptarlos a sus propios presupuestos literarios: no solo la sobriedad y la concisión -en las que intuyo que influye su labor como guionista-, sino también su interés por el mundo familiar, lo íntimo y recogido, lo que suele quedar fuera de la Historia y, al mismo tiempo, sobrepasa la Historia.
Los afectos está protagonizada por una peculiar familia de alemanes, los Ertl, que emigraron a Bolivia al acabar la Segunda Guerra Mundial. El padre, Hans Ertl, fue camarógrafo de la controvertida Leni Riefenstahl -y conocido él mismo como “el fotógrafo de Hitler”-, además de un explorador un tanto megalómano que emprendió una ambiciosa expedición por la Amazonia a la búsqueda de Paitití, la ciudad perdida de los incas. Por su parte, la hija mayor, Monika Ertl, que terminó militando en las filas del Ejército de Liberación Nacional, ha quedado recogida en la Historia como “la mujer que vengó al Che Guevara”, pues fue ella quien ejecutó a sangre fría al coronel Roberto Quintanilla, por entonces cónsul boliviano en Hamburgo, al que se atribuye la responsabilidad del ultraje final a Guevara: la amputación de sus manos. Pero además de ellos dos, tienen su papel en esta historia otras dos hijas y una esposa, algunos amantes y algunos maridos, guerrilleros y expedicionarios, empresarios e ideólogos. Sorprende lo que es capaz de meter Hasbún en tan solo 140 páginas.
La historia de los Ertl, novelesca y potente como pocas, en manos de un escritor más estándar habría dado lugar a una novela muchísimo más larga, más detallada, más morbosa y vehemente -sorprende aquí, para bien, el tono desapasionado, calmado, casi frío, como contado a media voz-, pero también infinitamente más mediocre: sería ese tipo de libro cuyo interés radica en la historia misma, sin importar demasiado su plasmación literaria. En el caso de Hasbún, el planteamiento es justamente el contrario: prescinde de lo más llamativo, lo más conocido también -hay documentales y artículos sobre la figura de Monika Ertl y su padre, así como abundante material disponible fácilmente en la red-, para poner el foco en la compleja y no menos interesante relación familiar, esa tela de araña asfixiante, por momentos claustrofóbica, que se tiende entre el padre ausente e impositivo, la hija aventurera, las hermanas relegadas fuera de cámara, la madre abandonada y melancólica, en definitiva, esos afectos -o falta de ellos, o deseo de ellos, o ansiedad de ellos- a los que hace referencia el título.
Hubiese sido mucho más fácil para el autor hincar el colmillo a esta historia y, vampíricamente, sacar su sangre para engordar así el libro; la opción contraria, la de la contención y el desplazamiento narrativo hacia lo oculto de la historia, supone sin duda un riesgo que Hasbún ha asumido y que también ha superado con creces. Excelentemente escrita en capítulos cortos, con cambios de narradores y tonos, e importantes saltos temporales, la novela es un ejercicio ajustadísimo de montaje, demuestra sensibilidad e inteligencia, y además, un necesario respeto hacia el lector, al eliminar la grasa de la obviedad y la redundancia. Aunque estilísticamente muy diferente a la excelente Prohibido entrar sin pantalones de Juan Bonilla, comparte con esta novela el desafío literario que supone tomar de la Historia a personajes reales y convertirlos en entes de ficción, sin simplificarlos ni manipularlos, sino más bien al revés, dotándolos de una vida distinta y de una luz distinta: la de la literatura. Al final, el lector siente que está asistiendo al envés de la Historia, como dando la vuelta al conejo para hacerlo, paradójicamente, mucho más universal, como universales son, en este libro, los afectos, las locuras, las frustraciones familiares, los fanatismos y las venganzas.

Fuente: www.criticoestado.es/