01/20/2014 por Marcelo Paz Soldan
Crítica de libros: Los días más felices

Crítica de libros: Los días más felices

Hasbún

Crítica de libros: Los días más felices
Por: Fernando Molina

Rodrigo Hasbún posee una gracia para contar (o cuenta con una gracia) que no tiene parangón en la literatura boliviana. Los días más felices, publicado hace un par de años por el prestigioso sello español Nefelibata, es el último resultado de esta destreza.
Claro que “gracia” no resulta fácil de definir. Es lo mismo que decir que alguien es “guapo”: uno está seguro de lo que dice, pero no puede justificarse por completo. Digamos que Hasbún escoge astutamente lo que debe narrar en una prosa precisa, calmada, cadenciosa; pero sobre todo que sabe qué callar, qué dar por sobrentendido, cuándo detener la narración para sugerir por medio de lo que no se revela, de lo que se deja afuera. Sus historias, entonces, están llenas de decidores silencios, de expresivas indeterminaciones.
La supresión es también el medio que el autor usa para asegurar la presentación persuasiva y verosímil de su material, allí donde los pormenores hubieran echado a perder el efecto que buscaba. Incluso la usa para aspirar (de una forma un tanto provinciana) a la universalidad: aunque varias de sus historias transcurren en Bolivia, este nombre nunca aparece; se habla del “país”, el “monte”, “aquí”, por oposición a un también nebuloso lugar o lugares extranjeros.
Hasbún tiene un extraordinario cuidado al escribir. Prefiere poner puntos suspensivos antes que lanzarse a una descripción de la que no saldría bien librado (ni él ni su cuento), borrar antes que cometer una ligereza. Toda su obra es de una contención y una delicadeza (incluso cuando las palabras que sí suelta son procaces o brutales) que se oponen diametralmente a la idiosincrática elocuencia latinoamericana, a la consabida apuesta regional por sumar las palabras para incrementar el arte. La suya es una tarea, por así decirlo, de adelgazamiento de nuestra tradición, en la cual lo preceden varios autores contemporáneos, como el chileno Alejandro Zambra, una de las referencias favorables que, como es de uso, aparecen en la solapa de su libro.
El propósito es poético, poetizar la narración, pero sin recurrir a la retórica (aunque la falta de retórica sea por supuesto también una retórica), como si el paradigma fuera el haiku o, mejor aún, el bonsái (que la Academia define como “planta ornamental sometida a una técnica de cultivo que impide su crecimiento mediante corte de raíces y poda de ramas”.) A propósito, Bonsái es el título de una novela de Zambra.
La forma en que se lleva a cabo esta búsqueda define, a mi juicio, los dos lados de “Los días más felices”. El lado brillante, las mejores narraciones (casi todas las de la primera y segunda secciones, sobre todo “Familia”, “Larga distancia” y la muy bien lograda serie de recuerdos colegiales, en la que actúan un grupo de nítidos personajes). No hay falla aquí; el autor va hacia donde quiere, pese a su juventud, con una seguridad impresionante; y un crítico boliviano puede decirse a sí mismo: “Por fin, por fin…”.
También está el otro lado, sin embargo: La tercera sección del libro está compuesta con textos que extreman la poetización a un punto casi experimental, que nos recuerdan los ejercicios de los talleres de escritura, y entonces el crítico lee suspendiendo el aliento, como quien suspende su opinión, un poco contrariado, aunque deseando no decepcionarse.
Quizá para el lector sea más sencillo: En un tono menor, Los días más felices es un bello libro.
Fuente: Nueva Crónica Nº 136