04/03/2009 por Marcelo Paz Soldan
Bicentenario de Larra

Bicentenario de Larra

mariano-jose-de-larra.JPG

Bicentenario de Larra
Por: Pedro Shimose

Escritor romántico, poeta, dramaturgo, novelista, crítico literario, traductor y adaptador de comedias francesas, políglota y político fracasado, Mariano José de Larra (Madrid, 24/03/1809 – ídem, 13/02/1837), también conocido por su seudónimo ‘Fígaro’, es un clásico de la literatura española, maestro del articulismo periodístico. Precursor del escritor ‘engagé’ (comprometido, moralista, crítico), fundó el moderno periodismo de opinión en lengua castellana. Fue el periodista mejor pagado de su tiempo y a sus 24 años –menudo, bajito, barbado y de tez broncínea– paseó su elegancia y pulcritud por la villa y corte de Madrid. También su soledad.
Su prosa renovadora sentó la base del ensayismo nacido en forma de artículos periodísticos como sucede en los casos de Unamuno, Azorín, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Clarín, Julián Marías, José Luis L. Aranguren y muchos más, en España. En Bolivia podemos citar los casos de Franz Tamayo, Gustavo Adolfo Otero, Alfredo Alexander, Sergio Almaraz, Mariano Baptista Gumucio, Jorge Siles Salinas, Felipe Mansilla, Aquiles Gómez Coca, Alberto Seleme Antelo, Herman Fernández, Alcides Parejas Moreno, Ruber Carvalho Urey, Hernando García Vespa, Hans Dellien y otros cuyos ensayos nacieron en las columnas de los periódicos, según el modelo implantado por Larra.
Defensor apasionado de la libertad de prensa y del periodismo independiente, sobrevivió a la censura con humor y dolor de corazón. Hay que leer sus artículos El hombre pone (sic) y Dios dispone, o lo que ha de ser el periodista (1834) y Lo que no se puede decir, no se debe decir (1835) para darnos cuenta del clima opresivo y castrador de la España regida por Fernando VII.
Si Larra viviera y visitara Bolivia, comprobaría que los defectos de la España decimonónica se repiten hoy con insistencia en nuestro pobre país; comprobaría, por ejemplo, que siguen reinando la corrupción, la mentira, la mediocridad, la intolerancia, el dogmatismo, la envidia, el desprecio a la inteligencia, la pelea sin cuartel entre facciones y, sobre todo, el abuso de poder. Larra definió a su país como “el país de los oficinistas” (de las pegas burocráticas, diríamos) y criticó los caminos en mal estado, la mendicidad en las ciudades y la basura en las calles. A pesar de los años transcurridos nos siguen maravillando sus artículos Los calaveras, En este país, Vuelva usted mañana, Dios nos asista, Horas de invierno (en él acuñó la frase “escribir en Madrid es llorar”), Día de difuntos de 1836, La Nochebuena de 1836 y El mundo todo es máscaras. Todo el año es Carnaval. En éste, se leen frases contra la hipocresía y la simulación: “Ya lo ves; en todas partes hay máscaras todo el año…”.
Abandonado por Dolores Armijo, su amante, se descerrajó un tiro en la sien una noche de Carnaval como lo hiciera, en la ficción, el joven Werther, “son semblable, son frère”. Mariano José de Larra heredó de Juan de Mena, Quevedo, Cadalso y Jovellanos, ese espíritu crítico, inconforme, renovador, reformista, que se proyecta en las generaciones literarias del 98, del 36 y del 50, cuyos escritores expresaron –cada uno a su manera– su “dolor de España”. Azorín, además, le dedicó el libro Lecturas españolas (1912). Larra murió a los 28 años, pero sigue vivo en cada uno de nosotros, periodistas hispanoamericanos. Cernuda le dedicó un poema impresionante: Larra, con unas violetas; Buero Vallejo, un drama: La detonación y Francisco Umbral, un libro: Larra, anatomía de un dandy. Yo le dedico, modestamente, este artículo. // Madrid, 03/04/2009.
Fuente: El Deber