octubre 15, 2020 por Sergio León

Aluvión de fuego, retrato de una época

Por Rodrigo Pacheco Campos

Aluvión de fuego es, quizá, la radiografía más exacta de la realidad política, económica y social de Bolivia en las primeras décadas del siglo XX. Los componentes en los que Óscar Cerruto (La Paz, 1912-1981) centra las principales descripciones, tribulaciones y reflexiones a lo largo de la obra literaria encierran dentro de su mundo de ficción lo sustancial de las relaciones políticas de la sociedad boliviana.

La encarnación de las ideas reaccionarias y revolucionarias de la época, en los personajes principales de la obra —Mauricio, el Coto, Rudecindo y Clara Eugenia— representa un momento crítico y un punto de inflexión en la historia de Bolivia: La inestabilidad que conduce al colapso de la clase que dominó política y, sobre todo, económicamente al país y la emergencia de nuevos actores políticos y sociales que pretenden ser los dirigentes de un nuevo modelo de Estado.

Aluvión de fuego es considerada una novela del Chaco, a pesar de que dentro de ella solo se hable de la contienda bélica en una ocasión, y no mediante la voz del personaje principal, sino de uno secundario, Sergio Benavente. El Chaco, sin embargo, en la novela, es de significativa importancia por ser el territorio donde confluyen las principales problemáticas de la sociedad que, además, se convierten en aprehensibles para estar en su conjunto, por primera vez.

La guerra, de igual manera, provoca fugaces procesos de agnición en los que los personajes se despojan de su particularismo y su desprecio al otro. Por ejemplo, ello ocurre cuando personas con diferente pertenencia de clase, distintas vestimentas y fisonomías, esperan con igual semblante alguna carta o dato de algún ser querido destinado al árido territorio del Chaco. “Juntas acudían la señorona y la chola, la campesina de pie desnudo y la birlocha de la clase media. Todas niveladas, apretujándose, ansiosas, acuciadas por la misma inquietud; olvidadas de sus rencores y sus diferencias, por primera vez y por un instante confundidas en sus sentimientos y en su protesta. Igual pregunta en sus labios”.

¿Se podrá, quizá, de alguna manera graficar la importancia del Chaco a través de la célebre frase de Heinrich von Treitschke: “Un conjunto de hombres se convierte en un verdadero pueblo solamente en la guerra”?

Cerruto presenta en su novela un conjunto de reflexiones convergentes con las ideas del conocido sociólogo boliviano René Zavaleta; para ambos la Guerra del Chaco es el fenómeno a partir del cual las clases nacionales comienzan a adquirir conciencia y a rebelarse. Zavaleta aclara, sin embargo, que el Chaco no puede ser entendido virando los lentes del análisis solo hacia el conflicto bélico mismo, sino a los hechos que lo produjeron y a la significación de los efectos que éste produjo en la sociedad. Es decir, la importancia de la Guerra del Chaco no radica en sí misma, sino en lo que logra desencadenar —por ejemplo, la materialización del fracaso de la retórica liberal—.

Si bien Cerruto, por medio de la voz del único personaje que combatió en el Chaco, presenta su visión acerca del absurdo de la guerra, la entiende también como el despertar de una conciencia totalizadora de la nación, como la gestación de un nuevo saber de sentido común. Cerruto señala: “—Allí está el Chaco— pensó el Coto, donde se abaten para nacer de nuevo, nuestros hermanos. Creyó ver rayos de luz en el corazón de la tormenta. Arriba, el sol flameaba ya como una bandera”.

La influencia del marxismo en el joven Cerruto es evidente, el autor comienza a escribir la novela a sus 20 años, después de haber participado en un periódico de izquierda cuyo nombre era Bandera Roja. Durante las primeras décadas del siglo XX las corrientes de izquierda se disputaban, no sin tensiones, la transmisión de su concepción del mundo a la sociedad con corrientes ideológicas tales como la del nacionalismo revolucionario.

Ahora bien, una vez señaladas las precedentes anotaciones, es fundamental esbozar la situación del personaje principal de la novela. Mauricio Santa Cruz es introducido al lector en la primera parte del libro como un adolescente taciturno, un lector abúlico —de clase media alta— con ideas circunscritas a su condición de clase que, sin embargo, tiene un aura de profundidad que la lectura y algunas vivencias le confirieron.

Mauricio, en el transcurso de la novela, experimenta una profunda transformación como resultado del contacto que tiene con los dos principales problemas estructurales de la formación social boliviana de la época, a saber, 1) el latifundio y la tragedia colectiva indígena-campesina y 2) la situación de la minería comandada por la oligarquía del momento. El acrecentamiento de la conciencia del personaje se produce, entonces, debido al contacto y la comprensión del ideario y de las condiciones materiales de existencia de las clases subalternas, dentro de las cuales se encuentra como de especial importancia, en la novela, el proletariado minero.

Mauricio Santa Cruz, representando un primer momento de su transformación, rompe el inquebrantable muro de su pasividad y, con motivos fuertemente matizados por el discurso “patriótico” de la clase dominante, decide enlistarse para ir a la guerra. Sin embargo, tal como sucede en la novela con los personajes que gozaban de privilegios sociales, Mauricio no es destinado al Chaco, sino al cruel altiplano a combatir las sublevaciones de indios que eran obligados a ir a la guerra y se resistían a ello. El indecible desprecio con el que es tratado el indígena y la inenarrable violencia que sufre son transversales en la novela, cuestión que produce en Mauricio el germen de un nuevo brío.

El personaje enfrenta, entonces, escenarios condicionados por factores internos y externos que lo conducen a refugiarse en las minas. En la novela los espacios son fundamentales, cada uno de ellos tiene profunda significación; el Chaco, el altiplano y las minas son los inamovibles testigos de las grietas sociales de Bolivia.

Sin embargo, Mauricio no puede escapar fácilmente de los límites impuestos por los modelos mentales que le fueron inculcados por un tipo de formación alienante. Existen aún en él resquicios por los cuales el legado de esa formación se hace presente e intenta imponerse al nuevo hombre en gestación. Un claro ejemplo de ello es la dificultad con la que Mauricio no logra diferenciar la borrosa línea entre la concepción de la injusticia como algo moral, cuasi religioso, y la de la comprensión de la injusticia como un entramado de relaciones económicas y sociales sobre las que se cimenta todo un sistema estructuralmente desigual.

Las disonancias y contradicciones que producen las tensiones entre los dos modos de vida, fundamentalmente opuestos, que Mauricio experimentó le son evidentes al personaje: “Si yo fuera obrero tal vez vería más claro; solo lamento no poder arrancarme del todo este sello de lo que soy. Y, en seguida, sin transición”. Reflejada ahí se encuentra la influencia del materialismo histórico de Marx; quien en el breve y muy conocido prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política señala: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino por el contrario, el ser social es el que determina la conciencia”. Como simbolismo del proceso de transformación de su estructura mental, Mauricio, al llegar a las minas no cambia solo de modo de vida, sino incluso de nombre. Laurencio Peña. El personaje, llevando hacia sí la etiqueta de “hombre nuevo”, escribe una carta a su antigua novia. En el fondo, quizá, una carta a su pasado, al adolescente desidioso refugiado en los muros de su pasividad.

La carta representa, con la claridad y elegancia que le son particulares a Cerruto, el núcleo del nuevo pensamiento de Mauricio-Laurencio:

“Nació, impetuosa, una nueva forma con verdadera vida. ¿Me entiendes, Clara Eugenia? Con verdadera vida, es decir con los ojos abiertos a la luz de eso que los filósofos llamaron obscuramente la verdad, y que no es sino realidad palpable, pulpa con sangre de humanidad; con el oído atento a las pulsaciones de los hechos y de los hombres, más de los hechos que de los hombres; con la boca llena de palabras calientes de protesta y de justicia.

Como comprenderás, pues, ese hombre que ahora soy yo, no es lo que los fariseos denominan un hombre normal. No camina por el sendero tranquilo elegido por los mansos de espíritu. Está fuera de las Escrituras. Está fuera de la ley. Es lo que las gentes de orden llaman un revolucionario”.

Finalizará por ello la transformación ideológica del personaje, amparado en dichas ideas, en el momento en el que se confina en las minas y se vuelve un individuo más dentro de la clase proletaria. El “héroe individual” se mimetiza dentro de la colectividad que, por su posición en la estructura social y en el proceso de producción, tiene un amplio horizonte de visibilidad y de comprensión social.

Fuente: Tendencias

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