05/16/2008 por Marcelo Paz Soldan
Una nota exclusiva de ecdotica sobre Presidencia sitiada de Carlos Mesa

Una nota exclusiva de ecdotica sobre Presidencia sitiada de Carlos Mesa

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“Presidencia sitiada” de Carlos D. Mesa Gisbert
Por: Bartolomé Leal, mayo 2008

(Les presentamos un ensayo inétido sobre Presidencia sitiada de Carlos Mesa escrita por Bartolomé Leal)
El libro de Carlos Mesa es efectivamente un pergeño atípico, distinto (de tal fama venía precedido). Se trata de un testimonio personal, racional y emocional a la vez, aunque esencialmente narrativo, acerca de su tránsito, azaroso, breve y controvertido, por la presidencia de Bolivia. No constituye por lo tanto un informe técnico ni una reivindicación política. Surge más bien como una suerte de ajuste de cuentas, un híbrido entre la remembranza íntima, la autobiografía idealizada, la crónica periodística y el ensayo moral-existencial. Si hay algún símil, sólo me vienen a la mente las memorias de Mitre y Sarmiento en Argentina, por su fuste literario; o los escritos de algunos conquistadores letrados, como Hernán Cortés y Pedro de Valdivia. Sólo que éstos se dirigían sobre todo al rey de España; y Carlos Mesa, ¿a quién?, ¿a su país?
Plantea Carlos Mesa en las páginas iniciales (e insiste a lo largo de todo el texto) que no pretendía ser presidente (y tampoco vicepresidente). En un capítulo compara su ingreso al gobierno con una entrada al infierno; aunque en el capítulo siguiente confiesa, con un lenguaje próximo al erotismo, la atracción que siente por el llamado (y la proximidad) del poder. Poder que le ponen delante, en bandeja, y que no capta que lo va a conducir derecho al desastre. Al respecto, Carlos Mesa ha desnudado como pocos esa pasión por lograr el dominio de las masas, esa irracionalidad, ese llamado de sirena, tan diferente del enfrentamiento con las cámaras o con la página en blanco.
Admirables y minuciosas son sus descripciones, preferibles a las de los novelistas me atrevería a afirmar, de los asedios y ataques al palacio de gobierno. Hay bastante más y bien colorido: la irrupción de la brujería; la maldición de los políticos (una dictadura en envoltura democrática); la historia viva de sus actores; los retratos certeros aunque incompletos de la gente que lo rodeó; la actitud diabólicamente oportunista de la iglesia católica; la desvinculación del protagonista con una dinámica popular que crecería hasta desembocar en Evo Morales y sus huestes; el empleo de una retórica a menudo insulsa (la pretensión de profundidad de un animador de televisión).
No teme revelar que desdeñó la visión de conjunto que debe tener un presidente, y manifiesta (él, un comunicador tan avezado), que no ponderó el peso de los medios de comunicación. Su negativa a formar un partido político para aprovechar su innegable popularidad, la reconoce como error profundo, el derroche de un capital único. Entre líneas se descifra su recóndito mesianismo (voluntad de cumplir una misión superior), su tendencia reducir controversias a temperamentos personales (la relación con Ricardo Lagos). En algunos casos, Carlos Mesa se revela como un pensador de aguda lucidez, y en otras como un naïf un tanto estrambótico. De allí que difícilmente su texto pueda considerarse una plataforma para el futuro, como suelen ser las memorias de los políticos.
Como narrador se revela hábil aunque desequilibrado, a veces destila bronca profunda contra algunos personajes y derrama cariño hacia otros (aunque siempre medido). En esto se muestra tosco a ratos, incluso con miembros de su familia. Uno llega a pensar que se trata de una persona incapaz de amar a nadie, excepto a sí mismo y en grado superlativo. Se revela como un convencido de ser un mago de la palabra, creyendo que le basta con explicar algo a la gente para que se le entienda y se le crea; por ejemplo, respecto al Referéndum sobre el gas. Algo similar le sucede con Ricardo Lagos: le explicará el problema del mar y el otro aceptará su visión, tal un Leviatán dominado. La faz de Carlos Mesa, casi siempre sonriente en las fotos, luce enigmática: ¿Está contento consigo mismo? ¿Nervioso o preocupado? ¿Es un rictus de dolor o una forma de seducir? ¿Sabe que está jugando con fuego y por eso ríe?
A pesar de que afirma varias veces que no se trata de un reporte de su gestión, ocupa un capítulo entero para dar hechos y datos sobre ello. No soslaya, y eso es relevante, la dimensión de lucha de clases: cómo se canalizan las reacciones empresariales a través de los partidos tradicionales. La verba elocuente que despliega es a menudo su peor enemigo. Reconoce como característica suya el distanciamiento propio del historiador, lo cual es una desventaja en política. El mismo contribuyó a crear a Evo Morales, aunque le echa la culpa a la embajada de USA. No se le puede negar al autor su conocimiento profundo de Bolivia, de la historia a la cultura, de la geografía a la etnología, de la economía doméstica a la macroeconomía, de la naturaleza a la infraestructura…
Espléndidos los párrafos dedicados a Gonzalo Sánchez de Losada y sobre todo a Evo Morales, la bête noir de Carlos Mesa, su obsesión, su Behemoth, su doble; débiles a menudo los textos dedicados a otras personalidades o mandatarios. Interesantes sus reflexiones sobre la relación entre Bolivia y Perú. Varias veces menciona que se equivocó a sabiendas, contra la opinión de sus asesores y colaboradores. El video que acompaña al libro es expresivo en este aspecto: sugiere el colosal error de cálculo que significó para el país no visualizar que el petróleo llegaría a 125 dólares por barril, lo cual habría eventualmente hecho rentable la salida por Perú del gas natural hacia México y USA.
Finalmente, la jugada que le hace a Hormando Vaca Diez para impedir que sea presidente, es digna de la Commedia dell’Arte. Creo que a Carlos Mesa le rebrotó el crítico de cine en esta taimada maniobra, donde aparecen las fuerzas armadas “convenciendo” a Hormando Vaca Diez de no insistir en su derecho a la sucesión; luego, quedándose éste en el cargo, sabiendo que constitucionalmente debía irse. Eduardo Rodríguez, en tanto, se mantiene hierático como una estatua. Un asesor del presidente deambula extraviado por Sucre. Todos aparecen bailando en el borde del abismo, al ritmo de Carlos Mesa. ¿Cuál fue la venganza del señor Vaca? Negarle la jubilación de ex-presidente y cooptar al nuevo presidente interino, que hace la vista gorda ante tamañas violaciones de la legalidad. Un final de opereta.
Creo que lo que uno puede retener de este notable fresco existencial, de este brillante strip-tease verbal en ropaje literario, es el espejismo que el libro de Carlos Mesa revela (¿émulo de Ziz?): un personaje volátil que creyó (y sigue creyendo, mientras redacta su libro o perora frente a la cámara) que instalaba un pilar sólido en la sociedad boliviana; pero que en los hechos fue, tan solo, un tembloroso paréntesis. La verdadera historia comenzaría después de él. Y muchas cosas volverían a repetirse, que lo diga don Evo: los hombres van y vienen, pero el caos permanece, glosando al Eclesiastés.
Fuente: ecdotica-6413e4.ingress-bonde.easywp.com