04/15/2026 por Sergio León

Los versos de los poetas románticos

Por José Luis Roca

Como es sabido, Gabriel René-Moreno dirigió sus iniciales esfuerzos de escritor al estudio de la literatura boliviana que modesta pero persistentemente se venía produciendo desde los albores de la República. Suena paradójico que él, quien postuló un conocimiento del país a partir de la Colonia, no se hubiese interesado en comentar la producción literaria de aquella época. La explicación se encuentra en que su preocupación por esa literatura republicana y contemporánea no se agotaba en un afán crítico, menos en un ejercicio intelectual puro, sino que él la consideraba un compromiso inmediato con su patria y sus compatriotas, para estimular a estos explicando sus obras y haciéndolos conocer fuera del país.

Con toda propiedad, René-Moreno orientó sus esfuerzos a descubrir el carácter, la naturaleza y las motivaciones de las obras que estudiaba antes que a evaluar los méritos literarios de ellas, y esa es la razón por la que en algunas de sus notas sobre los poetas bolivianos prevalecen lo datos biográficos y la transcripción de textos. Esto no significaba, sin embargo, que, en manera alguna, él se sintiera cohibido de emitir juicios valorativos en torno a lo que tenía delante de sus ojos. Sus opiniones reflejan un conocimiento cabal de los secretos del idioma y de las normas de versificación que por entonces regían las composiciones poéticas. Preocupación fundamental le merecía que el lenguaje lírico se expidiera con espontaneidad y sencillez y no le costaba esfuerzo acudir a la sátira para deplorar un arranque de mal gusto. Los poetas de cuyas composiciones se ocupó debieron quedar plenamente satisfechos al ser tomados en cuenta por alguien de la alta calidad de René-Moreno, quien se tomara el trabajo de leer lo versos que ellos producían y expurgarlos con el mejor y constructivo ánimo. Ese tipo de comentario no se usaba en el país y tal vez ni se sospechaba de su existencia. Por tal motivo, René-Moreno, entre otras paternidades, debe ser considerado el padre de la crítica literaria en Bolivia.

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Entre las recensiones salidas de la pluma de René-Moreno, tal vez la que revela mejor su temperamento y peculiar estilo es la relativa a Néstor Galindo (1868). En sus glosas sobre la obra de este autor campea una total familiarización con la literatura europea de aquellos días, tanto clásica como romántica. También puede advertirse la predilección de René-Moreno por los místicos, como San Juan Crisóstomo y Kempis, pero en especial Santa Teresa, de quien extrae lecciones de fe y coraje para transmitirlas a un poeta joven y angustiado como Galindo. En su momento, también le sirvieron a él cuando pasaba por la amargura del juicio en Sucre. Entonces vino a recordar los versos hondamente religiosos de la monja que él transcribe por considerarlos un himno a la esperanza: “¡Oh vida enemiga de mi bien, y quien tuviese licencia de acabarte!”. Según René-Moreno, no lo veían así:

los cuasi suicidas de cierto romanticismo puritano de nuestros días que ya se matan como las novelas y dramas de la escuela pero que sin embargo usan aquella exclamación de la santa en sus accesos de desesperación.1

Como escritor de casta que era, René-Moreno no desperdiciaba la oportunidad para discurrir sobre temas de su predilección o de otros que, por algún motivo, atraían su sensibilidad. En el estudio sobre el poeta Néstor Galindo se encuentra un patético soliloquio sobre la tristeza y la timidez donde se ve a las claras el rastro de sus lecturas místicas. Si ese discurso íntimo deba atribuirse a una confidencia del estado de su propia alma, no pasa de ser una especulación pues también pudo obedecer al deseo de entender a su atribulado amigo, el melancólico vate. Bien vale la pena transcribirlo:

Hay una pena congénita y habitual cuya íntima naturaleza es todavía un misterio. El mal moral es verdugo de una perversidad tan ingeniosa y refinada, que en su encarnizamiento contra la humana condición ha inventado para ciertos hombres un suplicio aparte donde secretamente, o bajo engañosas apariencias, son torturadas sin tregua ni piedad algunas almas de generoso aliento. Hay un licor amargo que nos viene desde afuera destilado pro las cosas, y hay otro que mana espontáneamente del propio corazón. La historia y la filosofía nos enseñan algo muy importante acerca del primero, pero los escrutadores más perspicaces de las profundidades de la conciencia humana poco, muy poco, nos dicen del segundo. Son ciertas revelaciones vagas de los poetas las que a este respecto paran nuestra atención haciéndonos pensar seriamente sobre los que hemos notado en otros, o sentido dentro de nosotros mismos. ¿Cuál es la faz o repliegue del alma, si es permitido hablar así, donde se localiza esta sensibilidad malsana? ¿Es nativa en el temperamento de ciertos individuos?

¿Qué genero de impresiones o circunstancias extremas las enconan y desarrollan? El mal es al principio una dolencia poco aguda, pero haciéndose con los años crónica, acaba por contaminar todas las fuentes de sensibilidad interna acompañando sin descanso a la víctima hasta el sepulcro. A nuestro lado suelen pasar algunos de estos hombres de espíritu doliente sin que reparemos en ellos. ¡Cuántos habrá que tras la indiferencia de una serena y taciturna apatía esconden la desolación inexplicable de su alma! Al desgraciado que ya lleva en las entrañas la llaga de que vengo hablando, no le valen la quietud de la conciencia, la sobriedad del corazón, la guarda de los sentidos. Esta secreta tristeza es un gusano roedor que acechando el momento en que duermen en paz las pasiones y reina un profundo silencio alguna brecha o resquicio, penetra en las augustas moradas, desentraña, remueve y enturbia cuando pueda haber allí de miserable o pernicioso, e incapaz de causar por sí solo mayores estragos, introduce por donde quiera la alarma y la inquietud.2

Las poesías de Galindo fueron reunidas por él en un título que era para llorar pues lo llamó Lágrimas y no muchas de ellas merecieron la aprobación de René-Moreno, aunque declarando que algunos de esos versos son dignos del parnaso americano. Galindo, a quien rondaba la melancolía, terminó sus días fusilado por Melgarejo por haberse alistado en una legión de jóvenes cochabambinos quienes, por las armas, buscaban derrocar al tirano. Sin duda, una manera de morir muy a tono con la sensibilidad y el apostolado de un poeta romántico. Él, además de sus versos, legó a la posteridad de su patria los trabajos publicados en una curiosa como temprana publicación literaria llamada Revista de Cochabamba.

Hablando como realmente son las cosas, la poesía romántica boliviana tiene escaso valor. Menéndez y Pelayo, al referirse a ella en alguna de sus obras, tomó en cuenta los méritos del crítico antes que la calidad de los poetas de los cuales este se ocupaba. Salvo poquísimos ejemplos de algunos poemas sueltos, dicha poesía permanece olvidada aún en la historia literaria de Bolivia. Un crítico actual, Juan Quirós, sostiene rotundamente que la poesía boliviana nace en el siglo XX, inscrita en la corriente modernista con nombres cimeros como José Eduardo Guerra, Ricardo Jaimes Freyre y Franz Tamayo. Pero ese hecho, lejos de restar méritos al esfuerzo crítico de René-Moreno, más bien lo enaltece. Partiendo de una premisa correcta, él sostuvo que las expresiones culturales de una nación son independientes de la opinión que ellas susciten y, mal o bien, ellas son el trasunto de un espíritu colectivo, reflejan el estado de ánimo de un pueblo de las peculiares circunstancias en que él se desenvuelve. Hombres como Mariano Ramallo, Ricardo José Bustamante o Manuel José Tovar fueron actores en el drama de la infancia republicana de su país y debieron vivir en ese torbellino de la época. Milagro es por eso que hubo un poeta, Daniel Calvo, que escribiera un verso delicado y breve, una elegía a su hija fallecida que gustó mucho a René-Moreno:

¿No es verdad, Fanny, que en el cielo moras?

 

Publicado por primera vez en G. René-Moreno, el hisponamerocano. La Paz: Don Bosco, 1988

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1.Biografía de Don Néstor Galindo, Santiago de Chile: Imprenta Nacional, 1868.

2.Ibid.