10/17/2025 por Sergio León

Chaco, a secas

Por Santiago Espinoza

Como a otras tantas cosas importantes en la vida, he llegado tarde a Chaco. Hablo de la novela de Luis Toro Ramallo (Sucre, 1899-Santiago de Chile, 1950), publicada originalmente por la editorial Nascimento en Chile en 1936 y reeditada este 2025 por la editorial boliviana El Cuervo. De la existencia del libro me enteré en 2014, cuando el Proyecto Biblioteca Plurinacional, una empresa tristemente fugaz, que hoy parece salida de otro país y de otro tiempo, la rescató del olvido para las letras bolivianas. Pese a que tuvo una circulación limitada, esa edición llegó a mis manos como un tesoro impagable de amigos escritores y lectores que la recomendaban fervorosamente.

Recuerdo que, apenas tuve el ejemplar en mis manos, me puse a leer el texto introductorio firmado por Wilmer Urrelo, gran escritor y devorador de libros, que por esos años aún guardaba algo de la obsesión por la literatura de la Guerra del Chaco, que tan vehementemente había revisado para la escritura de su novela Hablar con los perros. En esas líneas, el autor paceño (de quien venimos extrañando un nuevo libro) hacía una lista de libros que creía los más relevantes para acercarse a la Guerra del Chaco, entre los cuales estaba, obviamente, Chaco, pero también las memorias de mi abuelo Nery Espinoza Mier, Tendido suelo, tapa cielo (por cierto, aún disponible en editorial Kipus y en su stand de la Feria del Libro). La mención al volumen en que mi abuelo recapitula su paso por el conflicto con Paraguay como soldado raso y, sobre todo, prisionero del ejército rival me conmovió a tal punto, que suspendí la lectura de la novela de Toro Ramallo por tiempo indefinido.

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Así las cosas, si he llegado tarde a Chaco, no ha sido solo debido a la estructural desidia de la institucionalidad literaria boliviana, sino también por mi también estructural tendencia a distraerme de las cosas importantes en nombre de una autoconsciente procrastinación. Como verán, ahora mismo sigo distrayéndome en nimiedades personales en lugar de ir directo a lo que importa: el libro. Y vaya que importa. No creo exagerar si confieso que, al concluir la lectura de la novela de Luis Toro, me he sentido tan golpeado en mi sensibilidad boliviana como me pasó al cerrar Sangre de mestizos, de Augusto Céspedes. Porque, voy a decirlo de una vez por todas, Chaco es una obra igual de descomunal e imprescindible que la colección de cuentos del ‘Chueco’ a la hora de mirar y pensar el hito histórico más determinante de la historia boliviana del siglo XX: la Guerra del Chaco.

Más de un paralelo podría trazarse entre las dos obras, la de Céspedes y la de Toro. Ese trabajito mejor dejárselo a los expertos en literatura boliviana. Pero, eso sí, hay un dato que no puedo pasar por alto. Tanto Sangre de Mestizos como Chaco fueron publicadas el mismo año y por la misma casa editorial: Nascimento, en 1936, con base en la capital chilena. No sería, pues, descabellado sospechar que la novela ahora reeditada por El Cuervo ha vivido injustamente a la sombra de la que es considerada la obra mayor sobre la Guerra del Chaco. Mucho tiene que ver, también, la fama de sus autores, pues mientras el Chueco fue una figura estelar de la cultura y política boliviana durante gran parte del siglo XX, Toro es un autor prácticamente olvidado, que, hasta donde se sabe, vivió y escribió toda su literatura en Chile. Es más, ignoro si el autor sucrense acudió efectivamente a la guerra con Paraguay, como sí lo hizo el cochabambino en calidad de reportero y soldado.

Ahora mismo, si Toro fue o no a defender la “heredad patria” al Chaco no me parece tan preponderante. De hecho, si no fue, el mérito de su novela sería aun mayor, porque el registro vívido y crudo de su relato alcanza unas cotas de verosimilitud que reivindican el valor supremo de la ficción para recrear la realidad histórica. Lo digo sin ambages: los episodios narrados en esta novela breve (150 páginas en la edición de El Cuervo) son lo más parecido que he leído a los recuerdos que nunca se cansó de contar mi abuelo sobre sus años en la guerra. Y ojo que mi abuelo pasó más tiempo preso en territorio paraguayo que en operaciones de combate, que es de lo que va el grueso de la novela de Toro. Lo que en verdad me recuerda al testimonio de mi abuelo es el tono del relato más que los eventos como tales.

Al igual que las historias de don Nery Espinoza, la narración de Toro exhibe una crudeza que elude conscientemente los fastos patrioteros, pero también el cinismo oportunista de tantos testimonios del Chaco. Antes que hacerle propaganda a la guerra, algo que el autor condena explícitamente en un pasaje del libro, Chaco se juega por narrar el asco, la rabia, el dolor y el humor que fecundaron en ese territorio “apuñalado por el sol”, tan anti épico como cabrón, en el que solo las bestias más bravas y resistentes -jaguares, aguarás, moscas, mosquitos, serpientes, lagartos buitres- eran capaces de sobrevivir.

Otra seña del libro que me lleva a los relatos de mi abuelo es la estructura episódica de la novela. Organizada en dos grandes partes, “Paz” y “Guerra”, la obra de Toro ofrece una narración que rehúye del patrón cronológico para acercarse al conflicto bélico y se estructura en breves episodios, de apariencia anecdótica, en los que la dimensión temporal se desdibuja por completo. No importa qué ocurrió antes o después, lo que importa es la potencia de la palabra para nombrar los hechos más atascados en la memoria fresca del narrador de la novela, un soldado que recorre la guerra desde distintos escenarios y estados de ánimo: del instinto asesino en el campo de batalla a la ira compartida contra el Viejo (Salamanca), de la camaradería en un hospital de campaña a las borracheras para matar la espera por el enemigo invisible, de la maldición de las alimañas que torturan a los soldados (en especial, moscas y mosquitos) a los chistes escatológicos para desmitificar la enfermedad, la muerte y la ausencia. La ausencia. Acaso sea esa la palabra que mejor describe el espíritu de esta novela. Porque Chaco es una obra capital que habla de la ausencia del tiempo. De la muerte del tiempo en el campo de batalla. De unos hombres extraviados en un desierto sin tiempo. De un país adormecido por el sopor del no-tiempo.

Bien dice Wilmer Urrelo, en uno de los textos de la contratapa de esta edición (que, si mal no recuerdo, pertenece a su introducción para la versión de 2014), que la cualidad fundamental de Chaco, que a la postre sería también culpable de su marginación del canon literario boliviano, es su incorrección política. Luis Toro Ramallo nos relata una versión de la guerra que la historia oficial ha preferido ignorar. Una versión que, en vez de “hazañas” y “mártires”, se ocupa de desgracias rutinarias en el campo de batalla y de hombres enloquecidos por la ausencia, la ausencia de agua y comida, pero también la ausencia de enemigo y patria.

No pierdan más tiempo. No cometan el mismo error que yo.  Vayan ahora mismo a buscar Chaco.

Fuente: La Ramona