05/13/2014 por Marcelo Paz Soldan
Así nos ven… o Bolivia, en el ojo del mundo literario

Así nos ven… o Bolivia, en el ojo del mundo literario

Homero

Así nos ven… o Bolivia, en el ojo del mundo literario
Por: Martín Zelaya Sánchez

Homero Carvalho acaba de terminar una dura pero muy reconfortante labor de tres años: Bolivia, tu voz habla en el viento, una antología de escritos -relatos, ensayos y poemas- de autores extranjeros y nacionales, hilados todos por una temática principal y específica: Bolivia.
“Entre las joyitas -cuenta el escritor- y para crear un contrapunteo poético puedo mencionar a dos poemas, el modernista A Bolivia de Rubén Darío, y el beatnik Esfínter de Allen Ginsberg”.
“… en Francia hallaba néctar que la nostalgia alivia, / y en Bolivia encontraba una arcaica fragancia”, escribe el nicaragüense.
“Espero que mi viejo, que mi buen ojo del culo resista / en 60 años no se ha portado nada mal / aunque en Bolivia una operación de fisura / sobrevivió al hospital de altiplano…”, cuenta socarronamente el estadounidense.
No muchos saben que tres libros clásicos de la literatura moderna mencionan diferentes aspectos “bolivianos”: El almuerzo desnudo de Burroughs, Moby Dick de Melville y Drácula de Stoker, según revela Pablo Cingolani en su más que interesante artículo Bolivia según los otros. De Herman Melville al Che Guevara.
Aunque La Paz o Cochabamba no son precisamente París o Nueva York -dos de las ciudades más citadas en la literatura universal moderna- hay autores contemporáneos “enamorados” de Bolivia, como los españoles Miguel Sánchez-Ostiz y Ricard Bellveser o el italiano Claudio Cinti, el primero de los cuales está antologado en este libro.
De esta nación altiplánica, más allá de los ineludibles temas políticos, antropológicos y sociales: indianismo, minería, mediterraneidad, interesan también:
Su gente:
“Hay que vivir ausente de uno mismo, /hay que envejecer en plena infancia, / hay que llorar de rodillas delante de un cadáver / para comprender qué noche /poblaba el corazón de los mineros. / Yo fui a Bolivia en el otoño del tiempo”, como bien señala Manuel Scorza en Canto a los mineros de Bolivia.
Su paisaje:
“La aparición de la ciudad de La Paz ante el viajero es quizás el más bello e impresionante espectáculo que el hombre americano moderno puede ofrecer en el Nuevo Mundo”, según dice el peruano José María Arguedas.
O Miguel Ángel Asturias en su Meditación frente al lago Titicaca: “No sé por qué he venido a estudiar el trino, si aquí se estudia miel, la miel del cielo, aquí bajan reflejos de los montes olorosos a yerbas veteranas…”.
Y la bolivianidad como tal, como escribe el colombiano William Ospina en su poema Bolivia:
“Los viejos padres niños nacerán si murieron / y esta rosa de piedra que mis ojos no abarcan / dirá al cielo infinito que fue hermoso esforzarse, / que en la hierba que arrancan los dientes del cordero / tiemblan amores viejos y cristales de sangre”.
Esto y mucho más contienen las 255 páginas de Bolivia, tu voz habla en el viento, sobre la que su autor brinda más claves y detalles.
Descríbenos los rasgos generales del libro
La antología se llama Bolivia, tu voz habla en el viento, un verso del poeta Raúl Otero Reiche que elegí porque creo que resume el objetivo de la misma: que las voces de los escritores vayan por la tierra anunciando nuestra patria.
Dividí en tres partes la muestra: poesía, en la que incluyo a poetas extranjeros y bolivianos; cuento, solamente extranjeros porque son muchos los autores nacionales y las narraciones en las que el país está presente de manera explícita y, por último, artículos y/o ensayos en la que también incluyo a bolivianos y a extranjeros hablando de Bolivia de una manera especial, diferente de lo cotidiano.
Danos detalles formales: ¿cuántos textos, cuántos autores, qué géneros, qué criterios de selección…?
En este libro se incluyen a 55 autores: 39 poetas, cinco cuentistas y 11 articulistas y/o ensayistas; 20 son extranjeros, entre ellos tres premios Nobel de Literatura: Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda y Mario Vargas Llosa.
Entre otros autores extranjeros están José María Arguedas, William Ospina, Manuel Scorza, Miguel Sánchez-Ostiz, Vicente Huidobro, Mario Benedetti y Augusto Monterroso.
Y entre los bolivianos están, entre otros, Yolanda Bedregal, Raúl Otero Reiche, Franz Tamayo, Óscar Cerruto, Pedro Shimose, Jesús Urzagasti, Jorge Suárez, Ruber Carvalho, Elvira Espejo, Matilde Casazola, Eliodoro Aillón, Gonzalo Vásquez y Roberto Echazú.
El criterio de selección fue, además de Bolivia como motivo literario, la condición estética de cada uno de los textos.
¿Qué te motivo a emprender este proyecto, cómo fue el proceso de investigación-redacción?
Desde hace varios años dirijo talleres de literatura en bibliotecas, escuelas fiscales y comunidades campesinas donde muchos jóvenes me preguntan si algunos escritores extranjeros hablan de Bolivia… y me propuse investigar quiénes lo hacían además de los pocos que conocía y me encontré con muchas sorpresas.
La investigación duró tres años consultando libros, revistas, páginas webs, así como también a amigos escritores como Rubén Vargas, Juan Carlos Ramiro Quiroga, Marcelo Arduz y otros.
No recibí ningún apoyo para la investigación, pero sí para la edición. El libro es una coedición entre el Centro Cultural Simón I. Patiño de Santa Cruz y Editorial 3600 de La Paz y existe la posibilidad de que se traduzca al francés.
Luego de esta notable labor de selección y compilación, seguramente tendrás alguna idea más clara de qué es Bolivia para escritores y literatos del mundo en particular, y para el resto de la gente en general.
Leyendo esta selección tendremos muchos motivos para sentirnos orgullosos de nuestro país, de nuestra cultura y de nuestra gente. Creo que pocas veces tantos escritores reconocidos han escrito sobre un país.
Jesús Urzagasti, en su poema El país natal dice “No sé qué podría decir del país donde nací./ Que es hermoso todo el mundo lo sabe/ menos sus habitantes. Quizás por eso perdimos/ la mitad de nuestro territorio en el Cono Sur”.
Y el español Miguel Sánchez-Ostiz. En Cuaderno boliviano, afirma que “el atractivo de Bolivia como espacio de lejanía, como confín, pero un confín muy distinto al que puede sentirse en Magallanes o Tierra del Fuego, un confín que más tiene que ver con la idea del abismo en el que desaparecer y de verdadero corazón de las tinieblas. ¿No fue en el parque Kempff donde Conan Doyle situó el escenario perdido de su novela Un mundo perdido?”
Algo mágico y maravilloso debe tener nuestro país que ha fascinado y fascina a tanto buen escritor. Leamos, pues, a nuestro país.
Para terminar, algunas citas y referencias que quedan de Así nos ven, otra compilación sobre escritos hechos por extranjeros, acerca de Bolivia, que en 2008 publicó la editorial Correveidile. James Joyce dedica algunos párrafos de su emblemática novela Ulises a este país: “Sacó a tientas una postal de su bolsillo interno que parecía una especie de depósito, y la empujó sobre la mesa. Tenía impreso lo siguiente: choza de indios. Beni, Bolivia. Todos concentraron su atención sobre esta escena reproducida: un grupo de mujeres salvajes con taparrabos rayados, en cuclillas parpadeando, amamantando, arrugando el entrecejo, durmiendo entre un enjambre de chiquillos…”.
Por lo demás, unos cuantos buenos ejemplos -creemos- se le fueron a Carvalho: textos de Andrés Ajens o Bartolomé Leal, chilenos muy querendones de este país, o El hombre a caballo, novela del francés Driu de la Rochelle que Luis “Cachín” Antezana citó más de una vez, como una extraña crónica-ficción sobre la vida de Melgarejo.
De todas maneras, más que loable emprendimiento del autor beniano, del Centro Patiño de Santa Cruz, donde la obra se presentará la siguiente semana, y de Editorial 3600, que propiciará el lanzamiento en La Paz para las siguientes semanas.

A Bolivia
Rubén Darí
o

En los días de azul de mí dorada infancia
yo solía pensar en Francia y en Bolivia;
en Francia hallaba néctar que la nostalgia alivia,
y en Bolivia encontraba una arcaica fragancia.
La fragancia sutil que da la copa rancia,
o el alma de la quena que solloza en la tibia,
la suave voz indígena que la fiereza entibia,
o el dios del Manchaipuito, en su sombría estancia.
El tirso griego rige la primitiva danza,
y sobre la sublime pradera de esperanza,
nuestro pegaso joven mordiendo el freno brinca,
y bajo de la tumba del misterioso cielo,
si sol y luna han sido los divos del abuelo,
con sol y luna triunfan los vástagos del Inca.

Esfínter
Allen Ginsberg

Espero que mi viejo, que mi buen ojo del culo resista
en 60 años no se ha portado nada mal
aunque en Bolivia una operación de fisura
sobrevivió al hospital de altiplano –
poca sangre, ningún pólipo, ocasionalmente
una leve hemorroide
activo, anhelante, receptivo al falo
botella de coca, vela, zanahorias
plátanos y dedos –
ahora el Sida lo vuelve cauteloso, pero
aún servicial –
fuera el mal rollo, dentro el condón
amigo orgásmico –
aún elástico correoso,
descaradamente abierto al placer
pero en 20 años más, quién sabe,
los viejos sufren todo tipo de achaques
cuello, próstata, estómago, articulaciones –
espero que mi viejo orificio se conserve joven
hasta la muerte, dilatado.

Una revelación de Monterroso
Cuenta Homero Carvalho en el prólogo de Bolivia, tu voz habla en el viento: “Augusto Monterroso, con quien conversé en México, afirma que el breve cuento La vaca se le apareció en un viaje por el altiplano, entre La Paz y Oruro, cuando vivía ejerciendo de cónsul de su país (Guatemala) en 1956”.
La vaca
Cuando iba el otro día en el tren me erguí de pronto feliz sobre mis dos patas y empecé a manotear de alegría y a invitar a todos a ver el paisaje y a contemplar el crepúsculo que estaba de lo más bien. Las mujeres y los niños y unos señores que detuvieron su conversación me miraban sorprendidos y se reían de mí, pero cuando me senté otra vez silencioso no podían imaginar que yo acababa de ver alejarse lentamente a la orilla del camino una vaca muerta muertita sin quien la enterrara ni quien le editara sus obras completas ni quien le dijera un sentido y lloroso discurso por lo buena que había sido y por todos los chorritos de humeante leche con que contribuyó a que la vida en general y el tren en particular siguieran su marcha.
Fuente: Letra Siete