06/02/2011 por Marcelo Paz Soldan
A cinco años de su muerte: recordando a Víctor Hugo Viscarra

A cinco años de su muerte: recordando a Víctor Hugo Viscarra


Victor Hugo Viscarra, cinco años después
Por: Sebastián Antezana
Fotografía: Marcelo Paz Soldán

Hablar de Víctor Hugo Viscarra se ha vuelto algo complicado o, por lo menos, algo complejo. A cinco años de su muerte, ocurrida por una cirrosis fulminante que lo acometió en medio de una de sus célebres recaídas en la bebida, el escritor paceño se ha vuelto una especie de icono de cierta literatura y cierta forma de ver la vida, practicadas con especial esmero en nuestra ciudad. Nacido en La Paz, el 2 de enero de 1958, publicó Coba. Lenguaje secreto del hampa boliviano (1981), Relatos de Víctor Hugo (1996), Alcoholatum y otros drinks. Crónicas para gatos y pelagatos (2001), Borracho estaba pero me acuerdo. Memorias del Víctor Hugo (2002), Avisos necrológicos (2005) y Ch’aqui fulero. Los cuadernos perdidos del Víctor Hugo Viscarra (póstumo, 2007), antes de fallecer el 24 de mayo de 2006, también en La Paz, hace ya cinco años.
Referirse a Viscarra se ha vuelto algo complejo porque, como pasa con otros escritores, hasta cierto punto, su obra ha pasado a ser secundaria en los ojos de algunos lectores. En claro, dos figuras rodean y acompañan implacablemente al escritor: el alcohol y una marginalidad extrema. Ambos elementos, como se sabe, han sido espacios privilegiados en la literatura boliviana desde mucho antes que las páginas de Jaime Saenz empezaran a conmover sensibilidades. Carlos Medinacelli y Armando Chirveches, por citar sólo dos, ya habían propuesto algunos vistazos del fenómeno, aunque suscribiéndolo a espacios más rurales que citadinos, pero no por eso menos innovadores. Aunque es claro también que, en este tema, el autor de Felipe Delgado se lleva la palma por unanimidad. Con la irrupción de esta novela en las letras nacionales suceden dos actos absolutamente centrales: el primero, se oficializa la llegada de un nuevo tipo de habitante a la historia de la literatura: el inmigrante aymara que del campo llega a la ciudad de La Paz para convertirse en centro de su periferia, y, el segundo, se crea una nueva categoría sociológica y literaria —aunque no aceptada unánimemente, hay que decirlo—, el grotesco social.
Bajo tamaña sombra, entonces, Viscarra dio sus primeros pasos como el heredero no reconocido de Saenz. Aunque rápidamente, tras una primera lectura, las diferencias entre ambos comenzaron a salir a la luz. Tras los libros de Viscarra se muestra un proyecto muy distinto del saenziano. Mientras el último muestra una construcción casi mística de ciertos espacios como la ciudad, la noche y la muerte, el primero es mucho más práctico. Los personajes de Viscarra son delincuentes, prostitutas, borrachos, gente desesperada por la soledad, el frío y el hambre, que tratan de vivir fielmente cercanos a la realidad, por más dura que sea. Son personajes que ven la vida como una lucha y que acaso vislumbran en la muerte una especie de consuelo. Son personajes profundamente resentidos con la sociedad, con el establishment, con las instituciones públicas, el Gobierno, la Iglesia. Son personajes que batallan contra enfermedades como la tuberculosis y el olvido, las úlceras y la soledad. Y son todos así, están construidos con un mismo perfil porque, en el fondo, todos los personajes de Viscarra son uno solo, él mismo, multiplicado y exhibido hasta el paroxismo. Ya en el prólogo a Alcoholatum y otros drinks, Virginia Ayllón hace referencia a este carácter autorreferencial, autobiográfico, de su escritura.
Su afán, como él mismo lo expresó en una entrevista que concedió al periódico chileno La Nación, el 19 de junio de 2005, era el siguiente: “Vivo en mi mundo. Estoy por mi gente, porque son mis delincuentes, son mis putas, mis maracos, mis mendigos, mis ladrones. El único portavoz que ellos tienen soy yo. Para mí la escritura es como una especie de desahogo. ¡Nunca esta maldita sociedad me ha dado algo!”. Por esa actitud y por una evidente vocación no sólo de retratar sino de sumergirse literaria y literalmente en las entrañas del submundo que habitaba —esa periferia de la ciudad que constituyen ciertos barrios, especialmente la noche de ciertos barrios paceños—, alguna prensa le puso un nombre quizás ocurrente, quizás ingenuo: el Bukowski boliviano. Porque hay que destacar un hecho que no valida en nada la obra de Viscarra, pero en el que se puede ver un compromiso con la literatura más allá de todo lo demás: Víctor Hugo era verdaderamente un marginal, un lumpen, un completo desheredado. Sin familia ni pareja, se dedicaba a rodar por las mismas calles sobre las que otros escribieron desde sus casas. Llevando al extremo la recomendación de Émile Zola, ese dinosaurio del naturalismo, vivió antes de escribir y escribió estrictamente sus vivencias. Su prosa lo atestigua, como puede verse en el cuento inédito “El Ejército de Salvación”, que recogió Manuel Vargas, su editor y amigo:
“El albergue que tiene esta institución está ubicado a pocos pasos del mercado Rodríguez, justo al frente del famoso bar El Averno. Con unos cuantos chichis se puede venir a dormir aquí. Tiene 87 camas, donde suele dormir gente de toda condición social y que se dedica a todo tipo de actividades. Hay artilleros de los más pesados, macheteros ambulantes, choros, cargadores, ayudantes eventuales, beneméritos de la Guerra del Chaco, vizcachas del barrio, vaguinzones o lagartos, mochileros y artesanos que venden chucherías en las calles, ex presidiarios y una serie de tipos más (…) En el tiempo en que frecuenté este albergue, muchos alojados estiraron la pata y de esta manera perdieron para siempre sus camas. Entre los que recuerdo están don Deme, un viejito benemérito que una mañana amaneció muerto en su cama, la número 43. Mientras llamaban a la Policía para que recoja el cadáver, no faltó un muchacho rana que cogió su bastón y fue a venderlo al Alfonsito, que dormía en la primera sala. Los compañeros de don Deme, desde entonces, durmieron tranquilos porque, como era un viejito asmático, su tos no les dejaba descansar…”.
Tras la muerte de Viscarra, el mismo Manuel Vargas escribió un pequeño adiós que tal vez describa con mejor tino que de cualquier otra forma lo que parece haber sucedido con la obra de Victor Hugo. Dice allí: “Nadie podrá decir que Víctor Hugo Viscarra ha sido el gran escritor de Bolivia; tal vez es curioso que él hubiera logrado escribir pese a las condiciones con que sobrellevaba la vida. Ésa fue tal vez su mayor virtud, porque Viscarra, entre otras cosas, tampoco era de familia, heredero de alguna tradición intelectual. Era simplemente un escritor, alguien que sintió la necesidad de narrar aquello que, de otra manera, nadie contaría… Lo cierto es que Víctor Hugo no ha debido ver sino con socarronería aquellas loas de quienes lamentaban su muerte y seguramente sintió la necesidad de tomarse un trago por la salud de los enfermos. Quién sabe si lo habrá conseguido”. Un aspecto fundamental se desprende de este comentario: si hablamos estrictamente en términos literarios, Viscarra no era ni es uno de los grandes escritores de Bolivia. Su obra nace de una necesidad —muy comprensible y válida— de expresarse, de darle voz a los sin voz, como él mismo indicó. En su literatura no se vislumbran las bases de ningún gran proyecto intelectual ni de un trabajo radical con el lenguaje, más allá de ciertos giros y recurrencias afortunadas. Tampoco se percibe en él una escritura interesada por develar las minucias de las relaciones personales y sociales, ni de tratar de ver el mundo bajo una luz más crítica y más amplia. Su proyecto fue, quizás, de menor alcance pero de una honestidad y una fuerza notables: lo que quiso es escribir de lo que sabía, nada más que eso, nada menos que eso. Y lo que Viscarra bien sabía, como nosotros también sabemos, es de esos espacios clásicamente denominados marginales, que crean unos seres, un lenguaje y unas dinámicas absolutamente irrepetibles. Y haberlo hecho, y haber tenido éxito en ello, desde sus condiciones —porque aunque tal vez no debería serlo, es casi imposible no tomarlas en cuenta—, es un hecho valeroso, honesto y que merece aplausos.
Como suele suceder con figuras de su tipo —que, a veces, por culpa de una mercantilización absurda, son vistos más como personajes que como escritores—, Viscarra y su obra parecen seguir teniendo éxito después de la muerte. Tras cinco años de su desaparición, han comenzado a editarse obras suyas en el extranjero —Borracho estaba pero me acuerdo se publicó en 2009 en España, en la editorial Mono Azul, y el año pasado en Argentina, en la editorial Libros del náufrago—. Además, Víctor Hugo comparte un honor que seguramente miraría escéptico: junto a Franz Tamayo y Yolanda Bedregal, dos nombres grandísimos de la literatura boliviana, su nombre auspicia hoy un concurso literario. Bajo el nombre de “No estaba muerto, andaba de parranda”, este año la editorial Yerba Mala Cartonera lanzó una convocatoria a “todas las publicaciones literarias en homenaje al fallecido escritor, con el afán de fomentar la literatura en el país y germinar nuevos proyectos literarios”. La convocatoria, dirigida a todos los escritores o aficionados sin límite de edad o nacionalidad, exige únicamente presentar los escritos en los géneros de cuento y poesía, y versar sobre el homenajeado y su vida.
A cinco años de su muerte, las cosas parecen no haberse enfriado en lo que respecta a Víctor Hugo. Literalmente, cientos de artículos pueden encontrarse sobre él en Internet. Hay páginas de Facebook dedicadas a él y a su obra en general, y otras dedicadas a varios de sus libros en específico. Los lectores jóvenes parecen no olvidarlo, sino todo lo contrario: se lo emula con constancia. Y en este medio amurallado que es La Paz —y en varios otros lugares también—, su presencia parece no disiparse. Habrá que ver si su literatura hace otro tanto. Por el momento, se ve que tiene todas las de ganar.
Fuente: Fondo Negro – La Prensa. Domingo 29 de mayo de 2011