Por Rodrigo Hasbún
Era mediados de 1993 y, hasta entonces, Bolivia no había clasificado nunca a un Mundial. El nuestro era un equipo pequeño al que le tocaba enfrentarse cada cuatro años con los gigantes del vecindario, entre ellos Argentina y Brasil, que ya habían ganado varios mundiales y que los seguirían ganando luego.
Los siete millones de bolivianos de esa época teníamos asumido nuestro lugar en la jerarquía latinoamericana. Eso, sin embargo, no significaba que no sufriéramos cada derrota, ni tampoco que no viviéramos esperando una rebelión de la realidad. Ya se sabe: en el mundo de los deportes, al igual que en el de la política, la intensidad de una afición o lealtad se mide menos por los resultados que por la anticipación y la promesa. Así, al inicio de cada nueva eliminatoria nuestra ilusión reemergía intacta.
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Ese año empezamos goleando 7 a 1 a Venezuela como visitantes. Lo que pudo ser un hecho aislado, tan azaroso como sorpresivo, se volvió otra cosa cuando una semana después, con dos goles a último momento, le ganamos de locales a Brasil, que no había perdido un solo partido en más de cuatro décadas de eliminatorias. El equipo estaba envalentonado y, bajo la batuta del vasco Xabier Askargorta, jugaba de igual a igual con quien fuera. Era un espectáculo inusual para nosotros, tan acostumbrados a ir por la vida con la cabeza agachada, sin querer incomodar a nadie.
Siguieron victorias contra Uruguay, Ecuador y Venezuela, todas ellas en La Paz. Tras cada partido las calles se volvían una fiesta y los adolescentes bolivianos que llevábamos años queriendo ser Baggio, Gullit, Matthäus o Cafú, ahora incluíamos en la lista a Sánchez, Etcheverry, Borja y Melgar. Supongo que para eso servía el fútbol también: para creer en nosotros mismos, para ensanchar otras ambiciones, para querernos más. (No uso el plural a la ligera. El fútbol provoca esa rara amalgama entre una selección y el país al que representa, azuza el sentimiento de pertenencia aun en los más críticos del nacionalismo y sus males.) La fiebre de los partidos improvisados en cualquier lugar, la discusión entusiasta en recreos y clases, la sensación de no sentirnos tan pequeños después de todo, eran parte de la dicha.
Quedaban tres partidos. Si la racha seguía igual, llegaríamos sin problema a USA 94. Pero Brasil se desquitó y nos metió seis goles en su casa, y en la suya Uruguay nos ganó 2 a 1. Todo dependía del partido final contra Ecuador, de nuevo de visita. Se trataba de nuestra última oportunidad y eso hacía que todo se sintiera aún más emocionante. El deseo de los bolivianos, por lo general tan disperso y en pugna, al fin confluía en un único objetivo: regresar al menos con un punto. Un empate digno de 1 a 1 nos lo dio y nos unió como pocas cosas lo habían hecho nunca antes.
Treintaitrés años más tarde, Bolivia tiene la opción de clasificar a un Mundial por segunda vez. Mis doce de entonces son mis cuarenta y cinco de ahora, de los cuales llevo casi la mitad viviendo fuera. Eso podría explicar por qué en estas eliminatorias no he visto un solo partido de la selección, o por qué no me sé el nombre de ninguno de sus jugadores, pero creo que en mi desdén convergen otras variables. Me atrevo a enumerar algunas: la velocidad de los días y la abrumadora falta de tiempo, la brutalidad cada vez menos disimulada de los países poderosos (y sus masacres y guerras, que estos últimos años me han quitado las ganas de ver partidos enteros de nada), las tan cuestionables alianzas y maniobras de la FIFA y, en general, la deriva del deporte, cada vez más subyugado a la política, el mercado y la tecnología.
Me pregunto si las nuevas generaciones estarán viviendo este momento con el mismo fervor que nosotros en 1993, o si la experiencia futbolística también se les habrá enturbiado un poco. Por mi parte, siento una especie de euforia inesperada apenas reviso en línea que en el repechaje internacional a Bolivia le tocará jugar primero contra Surinam y, de ganar ese partido, contra Irak después. La inminencia de los dos encuentros me ilusiona de pronto y reaviva en mí la época dorada en la que una selección insumisa no hizo caso del lugar que otros le imponían.
Quizá intente poner en pausa el escepticismo y la adultez para ver qué sucede, me digo bajo la sombra de esa vieja alegría. Quizá me dé la oportunidad, tan escasa últimamente, de volver a los doce años, cuando el fútbol era fútbol nada más.
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Artículo vía Golden Goal Mag – A literary magazine about the 2026 World Cup: https://substack.com/@goldengoalmag