Por Mónica Velásquez Guzmán
(Reproducimos un artículo publicado en la Revista Tinkazos, Nro. 18, 2005)
“No se puede viajar hacia la muerte sin caricias”, dice Francisco Hernández en un entrañable poema-viaje. Cuando nos asomamos —temerosos y nostálgicos— a quienes escribieron ante su muerte (concreta, en su cuerpo), debemos añadir que tampoco se puede viajar hacia ella, ese Gran Silencio, sin palabras. El equipaje para el viaje más incierto se arma de amor y de nombres; aprender a despedirse ensaya antes el gesto: “Ángeles se llaman las palabras / que conjuran los poderes del miedo”.
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En el poemario Ángeles del miedo, aún inédito, Blanca Wiethüchter arriesga un viaje complementario al emprendido en Ítaca, sólo que ahora es ella, en la isla, quien viaja hacia dentro de su enfermedad, de su malestar, de lo peligrosamente escondido. Con la mirada del arquero, ella mora la urgencia de decir mientras el tiempo oficia su paso. Como en el libro anterior, la voz se dirige a una interlocutora, Daniela (nombre que en verdad —según mis conversaciones con la poeta— esconde en su simpleza el nombre de Penélope), para reconocer en ella a quien no teme y oye a pesar de “lo arriesgado de las palabras”. La urgencia de hablar nace de un “fulgor” que desnuda a la voz de toda obligación de ser sólo el presente.
Las siete rapsodias que componen el poemario son la geografía de ese tránsito riguroso por el país que no es más que la casa, el cuerpo, el hombro de los silencios. El primer gesto es descender del sueño para preguntar cómo no se supo, no se vio antes aquel “gran mal altivo” habitándola. Ojos ciegos e inútiles porque no pueden comprender la cauta, la feroz manera en que camina la muerte. La primera revelación se llama soberbia, vanidad de la ceniza inquiriendo al mar por una inmensidad que no comprende, que rechaza. Después de las azoradas preguntas, el segundo gesto busca señales. “Palomas grises”, cuervos que arrebataban joyas y uvas amargas se convierten en “vasijas vacías”; la mente aún se afana por razonar el mal, por buscar controlarlo. Así se emprende el viaje hacia “la casa”.
La casa de patio con columnas y vientos, de muelería acumulada, aparece llena de voces guardadas detrás de un “mal olvido”. La pregunta obligada y terrible se detiene en el umbral de las palabras y de la memoria: ¿cuál lazo unió esas vidas? La casa está en ruinas, las mujeres que la habitan nombrándose, feroces y “silenciadas”, en el hueco donde florece la desobediencia. Todo es extraño, el olor, la sombra buscando avanzar sin salir junta y a sus giros de gineceo.
Tercer gesto: tantear con el pie confuso, admitir el lenguaje como parte del terreno desconocido.
El miedo vuelve a ganar espacio, entonces el yo retrocede para buscar otra guía y acude a las mujeres sabias, profetas, para ir “ante la diosa”. Ahí, humildemente admite e implora “comprender el desastre” pues vuelve a ella la sensación de que toda luminaria es incierta y pasajera. Paralelamente, su alma empieza por reconocer que ha “olvidado amansar el ritmo de mi aliento”. La sal que acompaña sus palabras hace visible los hitos a recorrer: hay que afrontar lo descuidado. Ese algo, aún sin nombre, aún sin caricia posible ha crecido en la isla, en el seno, en el cuerpo “con ansia de grandeza y fingida eternidad”, comprometiendo todo lo vivo. Y el yo vuelve a preguntar: “¿Será esa la manera de doler del mundo?” No deja de ser inquietante cómo la pregunta induce a los miedos dentro de su propio dolor, cómo lee en ese sufrimiento su relación con el mundo. El vertedero de la diosa es arder, durante cuarenta días, rumbo a la “cocina”. Entonces hallamos el gesto del tránsito:
Renuncié a la lástima
Renuncié a la ambición
Los altavoces anunciaban sangre y silencio
Los olores reclamaban yodoformo y alcohol.
Renuncia no libre aún de preguntas, pues el cuerpo expuesto sigue angustiado por el camino incierto que marca el sur: “pregunté a los cocineros si conocían las tinieblas, pero ellos, inmóviles, evitaban cualquier explicación”. El humano silencio va creciendo adelantando en las humanas bocas que niegan un saber —tal vez porque sienten, aunque no lo poseen.
La casa cuerpo es habitada por los silencios. Mientras el miedo es hurgado en la litera, el cuerpo pregunta de nuevo a sus huesos “su alquimia, sus secretos sacrílegos / cantando vocales vivas”. Este canto, la luminaria, acompaña desde una amorosa distancia el paso del tiempo en que el cuerpo arde y busca el templo perdido. Esa distancia es a la vez la más profunda unidad de la pareja, pues es el clamor por su vida y simultáneamente la triste revelación que sucede cuando se suelta la mano que amamos, cuando no se puede morir por ella. El otro poemario inédito, Luminaria, recoge ampliamente el agradecimiento y la despedida de este amor que le da luz suficiente para haber vivido y la ayuda a morir mejor. El yo vuelve a la diosa e implora de nuevo:
—¿dónde hallar los signos? ¿dónde el alfabeto de las líneas sagradas?
Imploré por señales, indicios
supliqué entonces, en voz alta, por
advertencias, recomendaciones
y si todo aquello no era posible
por lo menos algún algo, un aceite, un aroma, un fruto, un nudo, un color, una palabra que propiciara fuegos e inspiración alzada.
Y nada.
La segunda revelación es el despojo. No existe ningún lenguaje posible, el cuerpo solo y expuesto en el quirófano, la palabra abandonada a los misterios o a los rumores, el viaje hacia la muerte es una silenciosa soledad. Ante lo cual comprende que debía “velar por mí en las cosas terrenales”. Volver a lo cotidiano, a lo “terreno”, es un destino recurrente en los viajes interiores presentes en los poemas de El rigor de la llama como la forma de volver a lo vital dejando el peligro de la “carroña del autoanálisis”, como diría Pavese. Recordemos: “quiero andar desde lo vivo y temer luz / biliar, el sueño por el ojo de / una niña”. Ese retorno es ahora imposible, pero el yo aprende a partir del olor y del silencio.
Cuarto gesto: aprender a habitar el silencio.
Dejar las palabras, especialmente las preguntas, implica un cambio doble en el viaje. Por un lado, se renuncia a una comprensión aparente que se tenía del mundo. Por otro, el mapa se desdibuja y “cuesta caminar sin saber a dónde”. Sucede entonces el esperado encuentro con las figuraciones de la muerte, como sucedía en La lagarta: aquí también se animalizan las voces, tanto el yo como la muerte encarnan en animales, (la hiena, la loba, la vaca), que la alimentan para revertir el recorrido y “viajar ensimismada hasta la cuna”. El viaje que es también búsqueda de conocimiento del “otro lado” se aquieta en la medida en que se acerca a lo elemental, deja de indagar y se sumerge en la vivencia del misterio.
Después cambian los vientos, “algo amoroso está ocurriendo”, dice la viajera, mientras ya no teme cierta alguna de ser la misma. Los vientos han vuelto al patio de la casa y cierta vacilante plenitud despierta en la sangre.
Quinto gesto: habitar la incertidumbre de lo vivo latiendo sólo en la fugaz intuición.
Con oído atento al Gran Silencio, con paso deslizado ante el Gran Miedo, el yo avanza hacia el encuentro con la cuna y lo materno, en la muerte: “presente puro mi madre colocada / a la luz del día, poderosamente muerta”.
Tal revelación aclara que no hay más orillas, aleja al yo poético del sueño —ese portador de “soberbia y demonios en reyerta”. La presencia de la madre en el otro lado de la vida es un signo, tal vez el buscado, y entonces se puede pasar con menos temor. El viaje se acerca a Ítaca.
Último gesto: desenredar las voces de las mujeres que han sido madres del yo, y admitir que lo que sabe de “difícil cosa es amarrar el corazón” se sabe a la dulzura, a la quietud. Se encuentra el regreso no cansado a la isla, a la Ítaca vivida y vivible. Vuelve el yo al corredor, al umbral de la casa, a los pasillos deshabitados donde toma la llave y un fuego entre las manos. “En ausencia de sueños, de palabras y de amor, desnuda ante la muerte ella llega a Ítaca, pero la isla es la muerte. Una muerte no radical, sin embargo, sino erótica en su roce con lo callado, insinuada en sus palabras y, sí, como fue siempre, apasionadamente viva, apasionadamente muerta.
Ante el silencio que hace poco más de siete meses nos rodea, recojo aquí las palabras de Krishna a Bhisma, e imagino el último diálogo de la poeta con la Luz más o menos así: “te concedo permiso para partir de vuelta a tu hogar, pues debes regresar y unirte a los vasus. Nunca jamás volverás a nacer en este mundo de los hombres mortales. Tú eres como Markandeva, la muerte aguardada a tu puerta esperando tus órdenes como un sirviente, la muerte te obedece”. Vayan estas palabras para anunciar un poco de lo que los textos que sobre Blanca haya pensado, sin haberla elegido, pues desde aquí, seguro, seguirá enviando una nueva luz más allá de la sombra y del sueño.
Fuente: Tinkazos Revista Boliviana de Ciencias Sociales Nro. 18/2005