Por Eduardo Mitre
Limitada hasta hoy a dos libros, ambos breves, la obra poética de Roberto Echazú (1937) se presenta distinta y distante de las de sus coterráneos Octavio Campero E. y Oscar Alfaro. En efecto, lejos de Echazú esa imaginería visual, plástica y luminosa, suministrada por el paisaje tarijeño; también ausentes de él los aires y la cadencia del verso y la copla chapacos.
Más cerca de la escritura que del canto, afín a una sensibilidad y expresión altiplánicas como la de Cerruto, la poesía de Echazú invalidaría por sí sola toda caracterización del fenómeno poético basado estrictamente en la geografía e idiosincrasia regionales. No es el único caso: sucede lo propio con gran parte de la obra de Pedro Shimose y dde Julio de la Vega. El regionalismo y el nacionalismo en literatura como en arte son fácilmente refutables.
Herramientas para escritores
¿Escribes en español? Prueba gratis nuestras herramientas con IA: corrector de estilo, lector beta virtual e informes de lectura profesionales.
1879, el primero libro de Echazú se inserta en la corriente surrealista, aunque su escritura hecha de anotaciones, de apuntes, diáfana y ligera —verdadera acuarela verbal— se aparta de esa materialidad onírica, opaca y espesa que con frecuencia distingue a los poetas de ese movimiento:
1
En el mar,
hombres colmados de tristeza cargaban sus fusiles en el cielo.4
Mujeres y niños, hombres y viejos
morían alegremente,
la fealdad los llenó de alegría
ya madura la muerte.6
Sobre la miseria de su orgullo
edificaron el porvenir.
En su conjunto, 1789 entraña una poética que, impulsada por el fervor revolucionario, aspira a un país y un mundo realizados en la libertad y la justicia: “Ya no dudemos de la inocencia del os hombres cuando se ven mezclados, cómplices de una misma aurora.” Su signo claro es la esperanza. Sin embargo, proyectada al futuro, la palabra de Echazú emerge de una conciencia trágica de la derrota y el cercenamiento nacionales; la referencia del título a la guerra del Pacífico es obvia. Más aún, el poeta parece asumir otra decepción: la de la revolución de 1952, distorsionada por la violencia y la corrupción: “Comprendieron mal a la revolución, que no tiene crímenes hombres, sino testigos de crímenes que dan seguridad a las sombras”, expresa, es cierto que con alguna vaguedad, en lo que podría considerarse la segunda parte del poemario.
1879 oscila entre un pasado histórico más o menos reciente y un futo utópico: sus modos verbales predominantes son —como en Huidobro, aunque con diferentes connotaciones— el imperfecto y el futuro. Mas la visión retrospectiva de Echazú (a diferencia de la de Cerruto; cf. “Los dioses oriundos”) nunca se remonta a aun espacio mítico ya abolido, pero en cuya evocación vuelven a sentirse, agravados en el contraste, los desgarramientos y penurias de la historia. Por ello, en Echazú no hay nostalgia, sino esperanza, ilusión: Bolivia sería un país por nacer y hacer: “Este país-no país / no libre / y tuyo como tu canto”, dirá, dentro de una dimensión más concreta y comprometida, en “Tríptico del hombre y la tierra”.
Con todo, la poesía de Echazú, en su aproximación a la realidad social y política del país, se muestra, comparada con la de Shimose, menos compacta y precisa: ahí donde Shimose (especialmente en Poemas para un pueblo y Quiero escribir pero me sale espuma) enuncia y denuncia los aparatos y mecanismos de explotación y opresión, Echazú apenas si apunta y alude. Tal (de)limitación es explicable: Echazú arroja una mirada al río (¿el remolino?) turbio de nuestra historia, pero manteniendo siempre los pies firmes en la otra orilla, la del instante poético, regida por la inocencia, el amor y, como hermosamente lo dice, por “el placer de la franqueza”. Pretender encarnar esos valores en la historia, la cual es la negación de los mismos, revela la paradoja dramática de esa (po)ética sostenida tanto por los surrealistas como por sus precursores.
Empero, en Echazú esta actitud no supone tanto una convicción en el poder transformador del lenguaje cuando una creencia en la capacidad persuasiva del mismo: “Las palabras aplacan el odio más allá de los deseos”, declara el poeta. Palabra, la suya, más conciliadora que subversiva, evangélica más que profética. Sin duda, en Echazú subyace, con o sin fundamento, una confianza casi instintiva en la confraternidad de la naturaleza humana. En este sentido, su imagen del hombre difiere sustancialmente de la del homo lupus, dominante en Cerruto.
Hoy como nunca parecería inevitable reprocharle al poeta el sentimentalismo de su visión y aplicarle la sentencia de Ciorán dictada a toda utopía: “Honra al corazón, pero desacredita al intelecto”. Sin embargo, en un mundo confuso y convulso como el nuestro, donde la violencia a diestra y siniestra amenaza anegar a todos en el mismo absurdo del desmesurado apetito de poder, ¿no son, aunque desacreditadas o desoídas, las voces de la utopía y la poesía una alarma y/o un punto de referencia? ¿No resguardan, frente a las ideologías permitidas o traicionadas, el logos de toda acción o movimiento auténticamente revolucionario? Ese logos poético y político orienta los versos de Echazú:
Por el poder sensato de la debilidad
por el poder obstruido de las fuerzas
por el poder de las negaciones
por el poder en el pudor de los enfermos
por el poder de la inocencia en la mejor ignorancia
por el poder de la fealdad
por el poder de la servidumbre en la vieja injusticia
por el poder de la verdad
por el poder de una caricia:
una multitud sonriente.
En suma, 1879 nos sumerge, desde su título, en la historia, pero protegiéndonos de sus poderes omnímodos al preservar en la palabra poética una suerte de refugio, de morada del ser: “Están los hombres alineados en su injusticia, sólo nuestras palabras nos cubren de la herrumbre de su historia”.
Akirame (1966), el segundo libro de Echazú, constituye, en rigor, un solo y extenso poema dividido en fragmento. Por su intensidad, es también uno de los más notables de la poesía boliviana. Sin restarle originalidad, advertimos afinidades: por una parte, con la obra de Cerruto, en el lenguaje culto y en la textura —hilada por el hipérbaton— de su sintaxis barroca; por otra, con la de Saint-John Perse, el ideal retórico del francés (“una frase larga y sola”) parecería dirigir también la escritura de Echazú.
Hecha la comparación, hecha la diferencia: si en el autor de Elogios asistimos a un canto épico, frecuentemente celebratorio, en Echazú el tono dominante es el elegíaco. El espacio ene que se despliega la poesía de Perse es el desierto de la errancia, de las migraciones tribales, pero asimismo el sitio de la fundación y las ceremonias sagradas de la colectividad; espacio animado por una religiosidad jubilosa que asciende a la exultación. En cambio, Akirame, de una religiosidad más bien sombría y fúnebre, tiene por escenario el erial: páramo tan interior como geográfico, sin templos ni dioses, donde imperan la soledad y la muerte (analogías que salen al paso: “Soledad, única herencia”, de Cerruto; el texto “Cementerios mineros”, de Sergio Almaraz1, y los magistrales dibujos, sobre todo el primero, del pintor Luis Silvetti que acompañan al libro de Echazú). En tal espacio la poesía sólo podía ser clamos y plegaria. Y la de Echazú es ambas cosas, clamor y plegaria de una colectividad librada a los solitarios trances de la agonía; agonía en el sentido etimológico, culto, del término: lucha o batalla.
Akirame, voz japonesa que significa “resignación ante lo inevitable”, es justamente un combate con lo inevitable: la muerte:
—Ah la muerte grande de heroísmos, cae.
Cae
voraz —en la honda espesura que levanta— su baldía
soledad.
Y aún entre nosotros, ¿a quién juzga? —¿Quién repara, si la muerte
nada
ampara?
Batalla perdida de antemano y, en consecuencia, absurda; podría pensarse, y con mayor razón si se considera que la muerte en Echazú es sentida en una dimensión existencial, ontológica, como extinción implacable del ser. Sin embargo, no se trata de abolir su realidad ni de ampliar el plazo de su cumplimiento, sino de asumirla, de conquistarla en la vida. Hacer del fin o término que ella detenta un medio, es decir, trocar nuestro sentimiento de finitud en una fuente de plenitud: “He aquí, en tu espíritu, una muerte doblegada, ganada”, se lee en el fragmento 24.
El camino para conquistar a la muerte (no hay otra manera de decirlo) es el amor, el encuentro con el otro: “Mi amor que también es arma amante que sólo se renueva en ti / despejando / a la muerte”, expresa Echazú. Akirame es, en gran medida, un cántico —y, por momentos, un diálogo, una antífona— amatorio, pero desprovisto de esa sensualidad que caracteriza a los Cantares de Salomón y al Cántico espiritual de San Juan de la Cruz. En efecto, el cuerpo del amor, así como el de la muerte (el cadáver, el esqueleto, tan visibles en Camargo y Jaime Saenz), se hallan casi ausentes en Echazú; de ahí su lenguaje notablemente abstracto. Se trata pues, de un erotismo sentimental, del corazón, de un diálogo de almas más que de cuerpos. Su cifra no es la pasión, sino la ternura; no el fuego abrasivo, sino la llama compasiva. El aceite moral que alimenta esa llama es la fortaleza:
—Esta es la sobriedad con que te quiero;
el valor
de la soledad. La insurrección del amor.¡Amar!, ¡amar!, ¡amar! en las altas cruzadas
de tu alma; sobre la altivez del corazón
dejando
su ropaje en los vestibularios del espíritu
—Sobriedad y manera de ser— Oh perennidad
de amor.
Akirame concluye en un fragmento magnífico:
He aquí, amor mío, esta exhalación fecunda de hombre, sobre la broza
de la muerte.
—Y éste es tu testimonio:
ornado en grandes alabanzas de eternidad.
Si el amor alumbra un espacio libre de la omnipresencia de la muerte, la poesía —exhalación fecunda, llama verbal, memoria amorosa— encenderá otro, en la página, contra el olvido, esa muestra invisible de la omnipotencia de la muerte.
Revista Iberoamericana, Vol. 52, No. 134 (21 de marzo, 1986)
____________________________________________________________________________________
1.Incluido en Requiem para una república (Montevideo: Ed. Navigare Necesse), donde se lee: “… La pobreza en las minas tiene su propio cortejo: envuelta en un viento y un frío eternos, curiosamente ignora al hombre. No tiene color la naturaleza, se le ha vestido de gris. El mineral, contaminando el vientre de la tierra, la ha tornado yerma… Sin pasado ni futuro, esta miseria lo ha envuelto todo. El campamento está simplemente ahí, perdido en algún rincón; fuera de él, la soledad; dentro la pobreza” (pp. 78-79). Se lee en Akirame: “Ay si de tanta soledad nada queda. / Ni lumbres ni fulgor. / Sólo tumbas!”