Trazas negras No. 8

Bartolomé Leal

Escritores y asesinos

Con este número de la revista Trazas Negras, completamos ocho, un número que para algunos es representado por las serpientes entrelazadas del caduceo, que simbolizan el equilibrio entre fuerzas antagónicas. Una alegoría apropiada para los géneros que trabajan sobre la eterna lucha entre el bien y el mal. Tema que parte ya en las cosmovisiones antiguas, pasando por los poemas homéricos y la mitología greco romana, para ser luego exacerbado por la Biblia y otros precedentes de la literatura fantástica y de terror, y que finalmente destila en géneros como el policial, el negro, y la ciencia ficción, entre otros. La idea de este especial surgió al darnos cuenta de que sin coordinación entre sí, habían llegado a nuestras manos varios cuentos relativos a delitos y asesinatos cometidos nada menos que en la casa de los escritores y escritoras, la sede de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH).

El mal rondando ese hermoso edificio patrimonial de la calle Almirante Simpson 7, ya sea eligiéndolo como lugar de los hechos, o guardando relación con él. Uno de estos relatos, debido a su extensión, será publicado en entregas sucesivas. Ya metidos entre las patas de los caballos, decidimos escarbar en un tema relacionado: si bien lo de los asesinatos en la sede de la SECH, queda estrictamente en el terreno de la ficción, lo que sí tenemos en la historia de la literatura son casos de escritores que cometieron delitos, llegando algunos de ellos y ellas a perpetrar asesinatos. Incluimos un artículo sobre el tema, y dentro de la sección de textos clásicos, una reseña de Joaquín Edwards Bello sobre uno de los casos de mayor connotación en el Chile del siglo pasado. Y a propósito de los hechos reales, materia prima de la literatura, queremos terminar este editorial rindiendo un sincero homenaje a alguien que se fue, y para nosotros encarna en nuestro país ese bien que se levanta a veces solitario contra un mal que parece abrumador: el juez Juan Guzmán Tapia, a quien la gente llamaba cariñosamente «el juez Guzmán», un hombre valiente e íntegro que se atrevió a enfrentar al peor asesino serial de nuestra historia.

Eduardo ContrerasVillablanca
Editorinvitado

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