07/05/2026 por Marcelo Paz Soldan

La pista de Litovchenko atraviesa Buenos Aires

La pista de Litovchenko atraviesa Buenos Aires
Por: Adelina Cammarano
Primera parada: Los libros no viajan solos.
Conocí la literatura de los hermanos Loayza hace varios años, cuando estaba terminando la carrera de Letras en la UBA. Por entonces llegaron a Buenos Aires unos pocos ejemplares de su primera novela, De Kenchas, perdularios y otros mal vivientes (Ed. El Cuervo). La encontré en la librería porteña Eterna Cadencia y esa lectura me abrió una puerta inesperada hacia una literatura boliviana contemporánea que hasta ese momento desconocía.
Recuerdo la sensación de caminar junto a aquellos personajes por una ciudad que se iba transformando página tras página. Había aventura, humor, aprendizaje y una oralidad paceña tan musical como cautivante. Cuando terminé el libro tuve la certeza de haber encontrado una voz singular dentro de la literatura latinoamericana actual.
Años después, a raíz de una reseña que publiqué en Instagram (@entreletras_literatura) sobre esa novela, me enteré de la publicación de ¿Dónde carajos está Litovchenko? y ahí comenzó una pequeña aventura personal para conseguirla en papel —me resisto a leer ficción en digital— porque, tristemente, todavía no se consigue en Argentina.
Fue gracias a la generosidad de un querido amigo de los autores que finalmente llegó a mis manos, acompañada de conversaciones sobre literatura, escritura y vida. Más tarde tuve también la alegría de conversar con Álvaro y Diego Loayza en Charla y Matecito, por YouTube, un encuentro que confirmó algo que ya intuía: Los libros no viajan solos. Siempre traen consigo historias, afectos, encuentros y nuevas lecturas.
En tiempos en que solemos pensar la circulación cultural en términos de mercados, catálogos o algoritmos, la llegada de este libro me recordó algo más simple y más valioso: la literatura latinoamericana sigue cruzando fronteras gracias a lectores, libreros, escritores y amigos que recomiendan un libro con entusiasmo y ayudan a que encuentre nuevos caminos.
Segunda parada: Litovchenko.
¿Dónde carajos está Litovchenko?, de los hermanos Loayza, viajó desde Bolivia y llegó a mis manos en el Obelisco, en pleno corazón de Buenos Aires. Me hablaron de esta novela como quien comparte algo más que un libro, y esa sensación me acompañó durante toda la lectura: la de estar entrando en una aventura que excedía sus páginas.
Y quizás por eso, o quizás por la propia naturaleza de la novela, terminé leyéndola mientras caminaba la ciudad. En bares, en plazas tomando mate, en el subte, arriba de un bondi y también robándole horas al sueño.
La historia transcurre en la Bolivia de los años noventa. La desaparición de una adolescente top pone en marcha una investigación que irá revelando una trama donde aparecen la política, el poder económico, las mafias y las zonas más oscuras de una sociedad atravesada por profundas contradicciones. Pero el verdadero motor de la novela son Baby Beef y Jimmy Tica, dos detectives privados tan entrañables como poco convencionales, que terminan embarcados en una investigación donde contarán con la ayuda inesperada de un grupo de adolescentes. A partir de allí se desencadena una sucesión de peripecias, encuentros y desvíos que van dejando al descubierto una red en la que se mezclan futbolistas, políticos, empresarios, mafiosos, brujos, prostitutas y personajes de toda índole.
Mientras avanzaba en la lectura, no podía evitar pensar en la Argentina de aquellos mismos años. En el menemismo. En esa década en la que las promesas del neoliberalismo convivían con la corrupción, los negociados, el espectáculo mediático y la sensación de que detrás de cada historia había otra historia más oscura esperando ser descubierta. No porque la novela hable de Argentina, sino porque logra capturar algo reconocible para buena parte de América Latina: un clima de época.
Pero Litovchenko está lejos de ser una novela solemne. Durante la entrevista en Charla y Matecito, Diego Loayza definió la novela como una obra profundamente barroca, y creo que esa es una de las claves para leerla. Aquí conviven la novela negra, la novela de aprendizaje, la sátira social, la aventura y el humor más desopilante. Los hermanos Loayza se ríen de todo —incluso de sí mismos— y convierten esa irreverencia en uno de los motores del relato.
La cultura popular ocupa un lugar central. Vuelven a aparecer el cacho, el singani y muchos de los elementos que ya estaban presentes en De Kenchas, perdularios y otros mal vivientes, aunque aquí parecen alcanzar una dimensión todavía mayor. Todo avanza en una estructura vertiginosa, poblada de personajes, escenas y referencias que se superponen constantemente. Los hermanos Loayza no conducen al lector por un camino recto. Van dejando pistas, personajes, diálogos y fragmentos para que cada uno arme su propio rompecabezas. La lectura se parece más a recorrer una ciudad desconocida que a seguir una ruta perfectamente señalizada.
Hacia el final tuve la sensación también de estar leyendo una extraña combinación entre Expedientes X y Duro de matar, pero trasladada al universo paceño de los años noventa. Y lo digo como un elogio: la novela no teme al exceso, a la exageración ni al disparate. Por el contrario, encuentra allí buena parte de su energía narrativa.
Agradecí especialmente dos decisiones de los autores: la playlist que acompaña el libro y el listado final de personajes. Ambas funcionan como llaves para seguir habitando un universo tan amplio, poblado y exuberante como el que construyen.
Cuando terminé la novela tuve la sensación de haber recorrido dos ciudades al mismo tiempo. La Paz y Buenos Aires. Los años noventa y el presente. La realidad y la ficción.
Y pensé que quizás ese sea uno de los mayores logros de Litovchenko: recordarnos que las buenas historias no permanecen encerradas entre las páginas de un libro. Salen a caminar con nosotros. Se sientan en la mesa de un bar, se suben a un bondi, atraviesan una plaza y nos acompañan mucho después de haber cerrado el libro.
Fuente: Adelina Cammarano

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