Por Inés Ramírez
La poesía de Jessica Freudenthal y Benjamín Chávez —aparentemente tan lejanas entre sí— se intersectan en distintos aspectos. Eduardo Mitre señala que en ambas existe una tensión interior del hablante que deriva en una crisis de identidad pues existe un tono escéptico y de desdén en el segundo, mientras en la primera un tono crítico respecto al mundo que enuncian y las palabras que eligen para hacerlo (2010). Ambos apuntan a una deficiencia de su escritura y a una búsqueda o inmersión en la sensación de carencia o vacío. Por otro lado, Giovanni Bello señala la poesía de la poeta como paradigmática respecto al cambio generacional, pues marca un momento de ruptura con las tradiciones poéticas nacionales respecto al arribo de la cultura del internet y su léxico o herramientas (2017:19), mientras que la escritura del poeta estaría tensionada entre dos generaciones. Para Bello, es posible registrar en la poesía visual de Freudenthal un afán vanguardista, que no sería algo nuevo en nuestro país, puesto que existirían antecedentes como Mitre en la década de los setenta y Reynolds o Mundy, en los treinta (2017:19). En este sentido, ambos autores pueden llegar a representar a su época, los setentas. Por un lado, porque abarcan problemáticas que son recurrentes en sus contemporáneos: la construcción fragmentaria del hablante, ya sea desde lo social o lo íntimo, así como la relación conflictiva de este con su lenguaje. Por otro, exponen una postura respecto al presente y cómo este afectaría a su escritura.
Una preocupación recurrente en ambos es la posibilidad de pensar el lenguaje como errancia por andar sin rumbo, vagando, como si estuviese desorientado y no tuviese siquiera la intención de conservar una dirección. En Freudenthal, la palabra se presenta circunstancial y se caracteriza por ser provisional, despistada y frágil, pues el sentido que sostiene puede desestabilizarse o accidentarse con facilidad. El lenguaje se exhibe contradictorio, pues en muchas ocasiones construye su sentido a contrapelo, se traiciona a sí mismo y se autodestruye. En este sentido, adquiere un carácter paradójico pues trama al mismo tiempo que se deshilacha, en su mismo quehacer se va estropeando en una especie de autosabotaje. No obstante, a pesar de su plasticidad y su comportamiento inconsistente, la voz advierte que el lenguaje no es inocente, pues configura subjetividad y también la manera en la que percibimos y establecemos lo que comprendemos como realidad. Tal y como señala en Demo, las palabras no se detienen y siguen maniobrando, incluso de forma independiente al yo; las palabras pueden adquirir un ritmo propio que hace tambalear a quienes las usan.
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En la poesía de Chávez, el lenguaje trabaja en negativo, pues se satura para dar cabida a lo ahuecado. Este mecanismo muestra a la palabra como un fenómeno que opera más allá de nuestro control, pues muchas veces se zafa de la intencionalidad y construye sentido en la interferencia. Algo así como cuando vemos televisión y dos o más frecuencias se superponen sin dejar que distingamos con claridad ningún canal. En ambas escrituras, el lenguaje se presenta como una materialidad, sonido, trazo capaz de dar cuenta del mundo que habita la voz pero que, en muchas ocasiones, se desprende y desfasa para decir otra cosa, pues obra en contra ruta. La palabra puede adquirir una independencia abrumadora, capaz de atestiguar otra cara de lo que pasa, otorgando simultaneidad o capas a lo que percibimos dispuesto en una sola dirección.
El segundo nudo en el que se encuentran es la actitud irreverente de la voz poética, la cual anda descreída de un estado previo de las cosas. Ella duda del lenguaje y la posición ingenua que asumimos cuando lo presentamos como un referente confiable, como si no estuviese mediado por distintos intereses, como si fuese calco de una única realidad y no solo una apuesta. Por ello, la voz busca quitar autoridad y solemnidad a narrativas que han sido establecidas como oficiales y que presumen saber de nuestra historia personal y de las que nos articula al nosotros. Freudenthal, en Demo, se enfoca en indagar qué es lo que constituye el nosotros boliviano y cuánta violencia reside en esta nominación donde la repetición pasiva de recetas e himnos simplifican la complejidad social que excluye y mutea la otredad. Esta voz no teme a la destrucción, pues sabe que meter la lengua en estos asuntos puede hasta poner en jaque la percepción que tiene sobre sí misma, como sujeto.
En Chávez, este proceso se desarrolla desde una mirada introspectiva. Existen dos momentos; en el primero, opta por recolectar retazos del presente, para que entren en una temporalidad de loop, como si fuese un coleccionista de cachivaches y recuerdos del yo. En un segundo momento, elige un minimalismo que reduce su lenguaje a lo mínimo y necesario y se deslinda de cualquier saturación. No procede decir de más, ni adornar las cosas para que encajen en la narrativa del yo. Es como si todo el desparrame de palabras anterior hubiese perdido sentido, al momento de dar cuenta de sí mismo. Esta actitud contrasta con la acumulación compulsiva de poemarios anteriores, los cuales se detenían en intentar capturar con detalle impresiones del cotidiano que pudiesen decir algo de lo experimentado. Eduardo Mitre percibe en estos cuadros, una mirada distanciada del que mira, pues éste observa, pero no contempla. Señala una mirada objetiva, como la de una cámara fotográfica, que parece desposeída de subjetividad (2010: 98). Ambas voces, perfilan una postura descreída y afanada por despedazar lo que de ellas quedaba guardado en el lenguaje, pues este no solo es capaz de dialogar con la memoria, sino de modificarla.
El tercer encuentro de ambas poéticas es la intermitencia e irregularidad del yo. La voz poética se va desdibujando, pues cuestiona todo lo que la sostiene como subjetividad. En Freudenthal, la voz no teme abandonarse a sí misma, no omite en muchas ocasiones tacharse y colocarse como un cuerpo más, sin características que señalen una per- tenencia o distinción. La figura del yo cuestiona la noción de identidad, expone como ésta no corresponde a atributos propios o intrínsecos del yo, sino a una distorsión. La voz se percibe como una anomalía, como si ella misma se tratase de una enfermedad. En Chávez, la relación que la voz establece consigo misma también es compleja, pues nunca termina de amoldarse, existen faltas y duelos que hacen al yo siempre precario de sí mismo. Ser uno será un duelo constante respecto de las muchas otras facetas en que no ha sido, por haberse desviado y ser siempre otra versión de sí. Ambas escrituras nos presentan una voz que resulta insuficiente o inconsistente para un sentido total, pero que puede rozar otra lucidez, cuando se desprende de su lugar de amarre en la singularidad. Cuando se vuelve indistinta o se ajeniza, puede elaborar un transcurso paralelo al propio, pero que no deja de coquetear entre estar y no estar hablando desde ese lugar de bisagra. Ambas escrituras advierten que una manera de colocarse como voces, puede ser desde su propia tachadura.
Vamos desgajando cada afán que hemos encontrado en común. Una de las principales preocupaciones en ambos es el lenguaje. En Freudenthal, este adquiere varias dimensiones, por un lado, aparece vaciado de sentido, inútil para sostener algo de la compleja realidad a la que refiere. Se cuestiona de forma irónica qué es ser tan solo palabras, verborrea que se reduce a la repetición y al ruido: “una palabra, después otra palabra luego otra palabra al lado de otra palabra seguida de una palabra” (Freudenthal 2011: s.p.). Como si no afectase la secuencia, qué viene antes y después de qué, como si la articulación fuese un ordenamiento azaroso y absurdo. La voz poética compara la oración con una marcha al vacío, como si los espacios que ocupan las palabras pudiesen ser llenados por distintas variables sin modificar su funcionamiento y su entrega a la nada. Al mismo tiempo, muestra la arbitrariedad y lo fácil que es poner una cosa en lugar de otra, evidenciando el comportamiento relacional de las palabras puesto que construyen su sentido en conjunción. Esta dimensión reduce irónicamente el estatuto de las palabras que, aunque quisiéramos que sean más que eso, son solo vocablos. La voz quita la ilusión, la idealización del lenguaje como un reflejo/proyección de lo que nos acontece. Por ello, marca una distancia entre la voz y sus palabras, la primera mira con desconfianza a las segundas y sugiere preguntar por la manera en que construimos sentido con el lenguaje, pues su instrumentalización reduce y traduce lo que percibimos en códigos que esquematizan lo que nunca llegamos a comprender: “reducir un país a lo que alcanza a ver tus ojos, a lo que alcanza a comprender tu lengua” (Freudenthal, 2011: s.p.).
Todo adquiere un tono condicional y la voz entrega jocosamente sus palabras al juego y a su constante tergiversación. La voz poética apunta a desvirtuar el lugar asertivo que le hemos dado al lenguaje. No se cansa de mostrar, una y otra vez, lo endeble de las nociones con las que presumimos saber de nuestro entorno. Solo basta con cambiar una vocal, despeinar un poco el orden de la oración o repetir una sola palabra a modo de loop, para que todo adquiera un sentido contrario o tránsfugo al que ya se les había asignado. Cuando una palabra aparece fuera de su hábitat o se comporta de forma extraña, aparece peligrosa como una anomalía, error, que puede reducir a ruido la oración y liberar a las palabras de la tarea de significar. Sin embargo, en este lenguaje tropezado estaría una apuesta, pues se muestra su descomposición que no es lo mismo que hacerlo desaparecer u omitirse. La voz no se mutea, por el contrario, habla demás. Las palabras no dejan de presentarse, sino que se vuelven tachadura, mancha, ruido y se resisten a dar cuenta de las cosas, se empapan de absurdo. Esto puede percibirse en su poemario El filo de las hojas. El lenguaje aparece como “crhimen”. No existe la palabra intacta, aparecen como un cuerpo maltratado: “mi materia prima es impura/sucia como una prostituta/ultrajada mil veces” (2015:16).
A pesar de la actitud descreída de la voz, el lenguaje se presenta como un arma de doble filo, pues no dejamos de otorgarle la posibilidad de configurar la manera en la que estamos en el mundo o lo habitamos. La voz vuelve a preguntar si serán ¿“tan solo palabras?” (Freudenthal2015:16). Le basta con decir que su texto no es más que el reciclaje de otros textos que ya existen, así como la compilación de nombres y etiquetas que ya han sido usados para dar cuenta de sí misma y de la gente que la rodea. A pesar de que el lenguaje aparece como una contingencia, pues no deja de accidentarse, también puede resultar poco ingenioso y poco azaroso, pues siempre termina reproduciéndose de las mismas maneras en que ya lo ha hecho. Las palabras a pesar de ser solo palabras, nos condicionan, en ellas albergaría nuestra noción de mundo, aunque no encajemos en él. Las palabras no dependen de los usuarios, sino todo lo contrario, terminan configurando la manera en la que estos circulan por el mundo:
Nosotros creemos
en la realidad extralingüística
de lo que no se dicede lo que nos está prohibido decir
de lo que se (Freudenthal, 2011: s.p.)
La relación que establece el lenguaje y la realidad que acusa estaría condicionada por el poder. Por ello, se censura y en los silencios evidencia todo lo que no se debería decir. Las palabras serían capaces de modificar la percepción que tenemos de lo que pasa, por eso no pecan de inocencia. Por ello, la voz insiste en darles atributos físicos a las palabras, pues no son abstracciones sin incidencia en nuestro cotidiano. Lenguar, como este movimiento que forma vocablos que afectan a la propia musculatura, pues atrofian los tejidos. En este sentido, el lenguaje se inmiscuye con la vida misma. La voz pregunta qué es lo que no se puede decir, hasta dónde puede el lenguaje tocar el horror, si puede encarnarlo o dejar rastro de él. Qué es lo inaudito; la lengua se convierte en un gusano para tocar lo podrido. Y es a partir de convocar otros nombres que puede encarar lo que molesta. Las palabras no se distancian de lo que dicen, los nombres nada tiene que ver con las nociones, son cuerpo puro, no solo ideas.
En Extramuros, Benjamín Chávez rescata la manera doble que tiene el lenguaje de acontecer, de mostrar vacío aún en la saturación. Como si todo esfuerzo por decir, recayese en el espacio que no ha sido ocupado, como notas al margen: “y la maleza/ que crece y crece/ alrededor/ al centro de la página” (2004: 81). De alguna manera, señala escribir para recuperar silencios (2004: 68) y no para enmendarlos. Como si solamente en la pausa de la tinta pudiese hallarse una vitalidad salvaje. Allí, en la intermitencia del ruido, como si una presencia dependiese intrínsecamente de la otra. La nada acecha justamente porque es atraída por tanto desparrame. El lenguaje fabricaría presencias en reversa, pues desde lo ausente podría recuperar los vacíos que han sobrevivido, a pesar de todo lo dicho. Como si habitáramos dos dimensiones a la vez, entre lo sido que nos acontece y lo que hemos omitido. La voz pregunta por los puntos suspensivos, por lo que no ha sido resuelto y ha quedado como pendiente. Por ello pregunta: qué fue antes, qué después de la escritura.
Ambas poéticas no pueden evadir la pregunta de hasta dónde va la escritura, pues buscan resquebrajar la distancia que podría tener con la vida. Ambas señalan al lenguaje como errancia, pues no se dirige a donde se presume. Como si, por debajo, de forma subterránea, estuviese calando otras rutas que rompen con la idea de un lenguaje claro, transparente; más bien, muestran su opacidad. El lenguaje aparece desde su reverso, como un fenómeno que puede distorsionarse con mucha facilidad o que se contradice. Como una materialidad capaz de dar cuerpo a las ausencias y hacerlas punzantes. El lenguaje aparece como algo que no depende de nosotros ni de nuestros caprichos, sino que actúa de manera propia y que justamente por ello, es peligroso. Puede ir en contra de las nociones que construimos de nosotros mismos. De esta manera, podemos hilar este encuentro con el segundo aspecto con el que estas poéticas conversan: la relación que tiene la voz poética con su lenguaje y cómo este lo interviene hasta desdibujarse.
En Freudenthal, la voz adquiere una actitud irreverente que busca quitar solemnidad a narrativas impuestas y oficiales que dicen saber y que dan nombre a lo “boliviano”. En este sentido, busca intervenir la memoria sobre el nosotros y cuestiona:
quiénes somos “todos nosotros”? tú y yo?
yo, tú, él?
ella; ¿tú y yo?yo y ellos?
ellas, ellos y yo?
tú, yo, ellas y ellos?
ustedes y yo? (2011: s. p.)
Qué involucra, pues, decir nosotros, y a quiénes estamos dejando fuera, por omisión o por demasiada inclusión, pues metemos a todos en una misma bolsa, suceso que anula lo particular que nos diferencia. Cuánta ausencia involucra asumirnos como nosotros, sin desglosar la complejidad del colectivo. ¿Cómo hemos reducido o simplificado esta noción del otro y las relaciones que establecemos en lo común? Se cuestiona cómo estaríamos pensando la identidad y si la clasificación puede ser una violencia. ¿Cuánta herida nos habrá causado asumir que existe un nosotros, cuando siempre somos otredad y los encuentros con lo común son circunstanciales y provisionales? Así también indica que Bolivia sería una palabra inventada y juega a desordenar las letras, exponiendo su arbitrariedad y quitando autoridad a cualquier patriotería:
BOLIVIA
ALIVIO
VIOLA
LABIO
VIO
OLA
VIL
BAILO
IBA
VA
VILO… (2011: s. p.)
Bolivia es una palabra más entre las otras, pierde cualquier jerarquía y puede llegar a asociarse con otras que traicionarían cualquier idealización de patria o sociedad solemne. La voz también se detiene a distorsionar el himno, el cual habría sido creado por los poetas del XIX preocupados por la angustia y el deseo de construir un país al que pertenecer. La voz cuestiona con irreverencia la letra que tanto hemos repetido en todas las horas cívicas: ¿por qué deberíamos morir antes que esclavos vivir, acaso no existen otras alternativas? La voz logra que el lenguaje se rebele en contra de sí mismo, que se burle y resista usando las mismas palabras, pero de forma distinta, pues nada estaría completamente dicho.
De manera irreverente, la voz se burla e interviene el lenguaje “políticamente correcto” que evita e intenta omitir los problemas, ocultarlos en lugar de lidiar con ellos. Por este motivo, es más fácil romantizar la idea de sociedad que hablar de las violencias que ejercemos con las otredades que la componen. A través del humor que goza y denuncia, la voz recoge discursos que, si bien presumen construir una idea de identidad y pertenencia, solo hipnotizan y se repiten de forma pasiva causando que nos distanciemos de lo que sucede, construyendo un cerco entre la complejidad de lo que pasa y lo que asumimos que estaría ocurriendo. Los poemas de Freudenthal sugieren que el contacto que tenemos con lo real está mediado, condicionado y fabricado por el lenguaje. Por ello, acusa de prejuiciosa la construcción que hacemos de la realidad, pues esta no solo estaría intervenida por nuestros propios deseos sino por las narrativas que nos han hecho desear de ciertas maneras y que nos llegan de una generación a otra, como sucede con la idea de patria. La voz juega con estas frases aseverativas sobre el sujeto boliviano y las coloca en un tetris de palabras que, en cualquier momento, puede empezar a tambalearse. La actitud de la voz la hace descreída y la coloca en una posición de orfandad elegida, que podría derivar en destruir su autoconcepto. La voz expone el carácter filoso de su lenguaje que se resiste a ser usado para servir a una agenda, prefiere aullar, mal decir, decir del mal o decir mal. La voz señala sus “palabras como invertebradas, /casi huecas/ para nombrar aquello/que no se debe decir” (2015: 30).
En la poesía de Chávez la voz demuestra dos actitudes distintas respecto a las posibilidades que le brinda su lenguaje. Una, se caracteriza por la confianza, puesto que se demora y detiene en decir hasta lo más minúsculo, en retratar los detalles, como si las palabras pudiesen capturar las impresiones de lo efímero, como si el lenguaje fuese un desván donde pueden empolvarse las cosas a pesar de la memoria y sus deslices. En su antología Santo sin devoción existe un retorno a la memoria y los paisajes que circularmente dan testimonio de lo experimentado por el yo:
para cambiarle el tono
a la ferocidad de los amaneceres,
para pasearte en brazos
por las mil constelaciones
que dejamos inconclusas,
para decirte que a pesar de este rostro
y los años
y tu nueva vida
y la mía
soy yo,
sigo siendo yo (2000: 25)
El sujeto aparecerá accidentado por el tiempo y su ferocidad. Los desvíos del yo se van quedando un poco en todo, como desparramándose en lo ya sido. En otro fragmento, la voz reconoce que podría estar procrastinando con sus palabras, repasando una y otra vez cuadros que algo tendrían que ver consigo mismo:
Sí,
ya sé que mi mano
mi torpe mano
no atina a decir nada
ni siquiera eso
nada
si no repasar la superficie
buscar tu relieve (2000: 34)
El lenguaje tendría la destreza de hacer que de alguna manera todo vuelva a ser palpable, de dar presencia a lo que ya se ha vuelto ausente. La voz muestra en varios momentos las ganas de guardar algo que dé cuenta de lo que ya no somos, un rastro, una materialidad que recupere el tiempo que quisiéramos detener: “Expectantes /deseando sentir algo/ presenciamos/ impotentes/ cómo la historia nos olvida” (2000: 36).
Otra faceta de la voz se caracteriza por el tedio y una actitud de reproche a las palabras. En contraste a la relación anterior, en la que el lenguaje resguarda la experiencia, pareciese que la acumulación nada tuviese que ver con el enunciante, pues la saturación lo abruma y confunde. La voz opta por conservar lo necesario y prescindir de lo demás, como si se hubiese cansado del “harto”, que la voz menciona: “una y otra vez lo manoseado” (2004: 22). La voz decide abandonarse, pues se da cuenta que lo que escribe no es compatible consigo misma: “libro que se escribe sin nosotros” (2004: 76). Existe una sensación de despersonalización, en la que ya no existe un reconocimiento, el yo se distancia de sí mismo y decide quitar los muebles: “tener el deseo vacío/ desocupado”, citando a Hilda Mundy. “Nombrar, nada, nombrar nadie, a nada a nadie” (2004: 74). Pregunta si acaso sucedemos entre lo que nos acontece, o si mas también estaríamos derramados en nuestros despojos, cuando nos hemos dejado neutralizar, pues indica que nada o nadie sucede apenas, al mismo tiempo que sugiere que sería posible estarse sin nombres.
En ambas escrituras es posible percibir una relación conflictiva de la voz con el lenguaje. Por un lado, aparece como una narrativa de una colectividad o de lo personal. Nombrar es traer a la memoria las múltiples maneras en la que la palabra ha sido usada y las cargas de sentido que ha adquirido con muchas variables de por medio. La voz en Freudenthal se revela contra la significancia y opta por no querer pactar con lo ilusorio de la identidad que excluye y violenta a lo que no encaja. Es capaz de cuestionar el lenguaje con el que nos hemos imaginado bolivianos. Indaga: qué implica convivir con otros sin borrar las distancias, ni omitir las diferencias que hay entre unos y otros, aun cuando enunciamos un nosotros o un territorio, etc. Así, también, decide desviar el uso correcto de las palabras, la buena educación, pues habríamos solemnizado las palabras e idealizado sus referentes quitándoles la relación conflictiva que tienen con lo mundano.
En Chávez el lenguaje resguarda los paisajes detenidos del yo evitando el maltrato del paso del tiempo, pero, a la vez, saturan tanto a la voz que esta no tiene más que limpiar su armario para que quede algo de sí misma, en medio del “harto”. En Freudenthal, la voz no confía en las palabras, por eso no se cansa de mostrar su fragilidad y cuestiona cómo construyen sentido, a veces tan arbitrario y manipulable, en cambio en Chávez, todavía existe cierto afecto y fe respecto a lo que las palabras pueden representar, como si de alguna manera pudiesen captar algo de la realidad. La autora encara la problemática desde el humor y trabaja en el absurdo, mientras que Chávez prefiere silenciarse, ya no hablar cuando considera que no es necesario. Eduardo Mitre señala en ambos casos un cuestionamiento del lenguaje, en Chávez por su insignificancia y por el tedio que produciría tanta palabrería que fatiga y nos distancia de la experiencia (2010: 101), mientras que en Freudenthal, se cuestionaría cuan propio nos es (2010: 121) y cómo nos afecta. Se contrastaría un tono de desdén que reprocha el desperdicio de tantas palabras con un tono crítico que no desea reconciliarse ni devolverle una funcionalidad al lenguaje, pues no le encomendaría nada a ciegas. En ambos casos, el rol que asume la voz es de depurar lo acontecido para mirarse sin tanta etiqueta. Ambas escrituras asumen una actitud de despojo.
Falta que analicemos qué sucede con la voz poética en esta negativa de sí misma. Qué otras narrativas son posibles del yo, cuando ésta opta por no querer contarse solamente desde lo personal. En ambas escrituras, la voz se percibe fragmentaria, intermitente. En El filo de las hojas Freudenthal tacha lo personal, la voz poética se coloca en una bolsa negra. El lugar de enunciación se encuentra en tensión, pues la voz apunta a un despojo de sí misma por medio del poema dramático:
abandónate (…)
encuentra una sombra
donde nadie
pueda leer tu nombre (2015: 19).
Para la voz, el lenguaje será una instancia de extrañamiento, pues permitiría colocarse impersonal, sin pronombres, solo como un cuerpo que puede confundirse con muchos otros. La corporalidad no actuaría como un recipiente en el que reside una interioridad, sino que se resume en sus entrañas, no hay nada más que lo que es y está presente: “tú cuerpo se pudre/ las uñas crecen” (2015: 36). “este cuerpo/no tiene corazón/ ningún meollo ni secreto/ tampoco principio irreductible” (2015: 26).
Entonces, nos provocaría preguntar cuál sería la relación de la voz con su cuerpo. “Los cuerpos son un reflejo de la fragmentación psíquica del yo” (2015: 41). En el tejido, en la carne, el yo aparece despedazado. Esta manera de estar en el cuerpo contrasta con la presencia inmaterial de lo psíquico y la separación platónica que establecemos entre alma como imperecedera y del cuerpo caracterizado por su caducidad. El reflejo no es más que un fenómeno físico en el que la luz rebota, de una superficie a otra. No se trata de una fisicalidad que se proyecta, sino que migra a otro espacio y se está en ambas dimensiones, sin que exista un punto original. Así también, el yo se despersonaliza y se ve a sí mismo como un error, una anomalía, un monstruo. Esto posibilita que deambule entre los muchos otros cuerpos leídos y desposeídos en la muerte, a los cuales mira y les pregunta qué se siente perder su singularidad, pues “el cuerpo es un lugar común” (2015: 33).
La voz insiste en mostrar cómo el lenguaje se relaciona con la carne. Por ello, convoca a distintos personajes míticos femeninos y les pregunta sobre la relación que establecen con su cuerpo muerto, una vez que el nombre se suspende por la ausencia. La voz no obvia lo impersonal que puede llegar a ser la propia entraña, pues no todo se resume al yo que se enuncia despreocupado y abstracto, como si su presencia no dependiese de lo que lo sostiene y lo hace palpable. Provoca preguntarnos: ¿qué nos pasa cuando el cuerpo se pudre? ¿podemos todavía hallar subjetividad cuando la carne se vence? Casi como si fuese un gusano que usurpe: “dime ahora/separada de tu cuerpo/ ¿me puedes oír?” (2015: 46) “¿Se puede acaso respirar la tierra?” (47) “¿Puedes oler /los designios del cielo/ saliendo de tus adentros?” (55).
El poema “Nadia” condensa estas preocupaciones, pues la voz indica esta cercanía entre nombre y cuerpo, ambas materialidades que se desmiembran, desordenan, tachan y se desgastan hasta entregarse a la nada. Eduardo Mitre señala que el hablante en Freudenthal realiza una lectura crítica de arquetipos femeninos impresos en la conciencia colectiva (2010: 124). En este caso, hace una lectura de sus cuerpos ya sin tanta etiqueta, pues se desposeen. Para Freudenthal, el yo no se asume como una entidad separada de su soporte en la materialidad. Se pregunta sobre la relación entre el nombre y el cuerpo y cómo estos se relacionan respecto a la subjetividad que sostienen. La tachadura a los sustantivos hace que recordemos la dimensión menos abstracta del lenguaje, esa en la que se conjuga con la carne. La complejidad del yo está en que es ajeno a sí mismo y a su devenir en lo indistinto, como sucede con la muerte. Provoca preguntar cuál es nuestra residencia, en lo fugaz y si no seremos sobre todo accidente, anomalía de nosotros mismos, un cúmulo de nombres pues no dejamos de transformarnos.
En la poesía de Chávez, el yo aparece como una desviación. En Pequeña librería de viejo, la voz poética vive un constante duelo de sí misma. Recalca que “nada o nadie/ sucede apenas” (2006: 21). Destacando lo efímero del instante presente en el que se es. Así, percibe un movimiento doble, un forcejeo, vaivén, un aparecer y perderse, una intermitencia en la que a veces se es uno, y otras, también, pero perdiendo algo de sí:
Contemplo –impersonal más que indiferente–
esa forma de ausencia
y las preguntas
o respuestas
están ahí
y no son intercambiables (2006: 63)
De alguna manera, estaríamos condicionados por lo sido, pues cuando algo pasa, ocupa un espacio que no puede ser llenado por otra cosa. En este sentido, el yo se complejiza pues experimenta derrochadas muertes, a lo largo de su vida. Como si la narrativa que construimos de lo propio, pudiese ser contada, no desde la saturación ni el ruido, sino más bien de los silencios. El yo señala con reproche que él es una versión domesticada de cualquier otra posibilidad de sí mismo. Sin ferocidad ni resignación (41), se observa e indica una distancia con otras versiones que no conoce de sí mismo, Por ello, se desdobla y da cuenta de su vida, desfasado de sí mismo, como si no quisiese pertenecerse. Extrañado de sí indica:
no, hoy no estoy para nadie
para mí mismo
no estoy (…)
¿significa algo esta esfera jugosa
o es solo otra inútil fruta
en la bandeja del harto? (2006: 71)
Al igual que en Extramuros, percibimos un tedio, como si la voz se hubiese empalagado de su estadía fija, deseando volver a una intemperie, sin certezas: “la justa medida de matizar/las visiones rotundas” (33). “un papel/ finalmente emborronado se ha resignado a construirme/ un lecho provisorio” (2006: 43). La voz debe acudir a la memoria para reconstruir desde lo que no pudo ser, una versión de sí que paradójicamente nada tenga que ver consigo. Acudir a los “usos del olvido” (2006: 87) y no a la memoria que repite las cosas para conservarlas. Intenta pues hallar la otredad en su propia historia. Los momentos en los que el yo podría haberse desbordado. Entonces, se observa en redención de sí mismo, resignado del casi, que no ha acontecido, de los amagos que como un aroma se disuelven (2006: 31).
Ambas escrituras exponen un deseo de intermitencia en la construcción del sujeto poético. Pues existe la decisión consciente de dejar de ser uno, al menos de forma provisional, pues zafarse de la sujeción del “yo” no es una tarea fácil. Ambas preguntan si es posible hallar en la hegemonía del yo pedazos de otredad que puedan extrañarse de sí mismo y, al mismo tiempo, se preguntan: qué consecuencia trae perder las características de lo que nos distingue. Encontrar estos nexos nos permite enriquecer la mirada en ambas poéticas. Estos tres encuentros nos permiten extender la lectura y pregúntanos por el lenguaje y la relación que éste establece con su enunciante. También nos preguntarnos por la configuración de la voz y la relación que tiene consigo misma, pues existe un conflicto con lo propio, que también deriva en colectividad y la otredad intrínseca que nos habita.
Bibliografía
Bello, Giovanni y van de Wyngard, Fernando (2017). Pregunta Por El Paisaje. Ensayos sobre Poesía Boliviana Contemporánea. La Paz: Nuevos Clásicos.
Chávez, Benjamín (2004). Extramuros. La Paz: La mariposa mundial-Plural.
_____ (2000). Santo sin devoción. La Paz: Plural.
_____ (2006). Pequeña librería de viejo. La Paz: Plural.
Freudenthal, Jessica (2004). Hardware. La Paz: Plural.
_____ (2011). Demo. La Paz: Plural.
_____ (2015). El filo de las hojas. La Paz: Editorial 3600.
_____ (2023). Cérvix. La Paz: Editorial 3600.
Mitre, Eduardo (2010). Pasos y voces: Nueve poetas contemporáneos de Bolivia, ensayo y antología. La Paz: Plural.
Extraído de Poesía en Bolivia (1990 – 2023), Editorial Mantis