Por Omar Rocha
No todo lo que huele a infancia me hace feliz, pero mucho de lo que entiendo por felicidad me remite a la infancia. Evoco el cuarto en el que dormía con mi hermano, una cama al lado de la otra, catres de metal divididos por una mesita de noche, un ropero, una T. V. en blanco y negro, una radio… Me acuerdo que había que desvestirse y ponerse el pijama, que había que lavarse los dientes, que había que dejar las carcajadas y las peleas, que había que ir al colegio. Todavía se hacen presentes lo olores, el estuco que cubría las paredes, la imagen del hermano hurgando los dedos de sus pies —sacando pelusas verdes—, me reconforta verlo dormido, allí al lado, con sus cabellos esparcidos por toda la almohada, entregado a la mejor de las inocencias.
Me conmueve, ahora, recordar que en medio de ese acostarse y levantarse, en medio del compartir la prenda rota y las ojeras de los padres, allí, en esa habitación miraflorina que sonreía la Este, arriba de la mesita de noche, hizo su aparición un ejemplar de Los Cuentos de la Selva de Horacio Quiroga, un libro amado. Tenía en la tapa un dibujo de flamencos con sus medias de serpientes, era celeste, forrada con nylon transparente y grueso, todavía me acuerdo, tenía las letras grandes, una edición manejable con todas las de la ley.
Herramientas para escritores
¿Escribes en español? Prueba gratis nuestras herramientas con IA: corrector de estilo, lector beta virtual e informes de lectura profesionales.
Soy feliz al recordar esas noches, los saltos arriba de las camas con las pijamas de franela morada que el abuelo había comprado para navidad, el mundo se reducía a la pelota y a su redondez sin límites, luego, sin más ni más, Los cuentos de la Selva de Horacio Quiroga. Se hizo una rutina que no sé cuánto duró; no sé si le dedicábamos una noche a cada cuento, no sé si fueron ocho noches exactamente, pero era un rito, cada uno acostado, las luces apagadas y yo contándole al hermano cada historia: la de la tortuga gigante, la de los yacarés (dos veces), la del loro pelado. Le dedicaba muchos minutos a cada detalle, amplificaba las situaciones, mantenía el suspenso, cambiaba de voz. Nada muy alejado de lo que la escritura de Horacio Quiroga regala para mantener en vilo a unos niños metidos debajo de las frazadas.
Fue una de las lecturas más felices, el único afán era contarle al hermano lo que la lectura de la tarde me había proporcionado. Era el afán de responder a sus preguntas somnolientas de la mañana siguiente, che y ¿qué es un yacaré? ¿Por qué los flamencos no mueren si las víboras les muerden? ¿Qué le decía la mamá del venado al oso hormiguero en su carta? En fin, un afán de hablar con esos picos, bocas, hocicos y rarezas que por allí circulaban, un deseo de ir agarrado del hermano por un viaje a través de la selva, debajo de las frazadas, abriendo y cerrando los ojos, vistiéndonos y desvistiéndonos, viendo aparecer de rato en rato una tigre, un loro, un yabebirí…
Fuente: Mariposa Mundial, No. 15 (2006)