Por Mariano Latorre
Confieso, y lo hago con sincero arrepentimiento de sudamericano, que mi concepto sobre Bolivia y sobre los bolivianos era absurdo y superficial.
Incrustada en el Corazón de la América del Sur, con sus altiplanicies barnizadas de cielo y sus volcanes alucinantes, dábame la impresión de un país no formado aún y en el que la raza indígena había absorbido al descendiente de los conquistadores, legándole, como una marca racial, su larga nariz husmeadora y el enigma impenetrable de su alma milenaria.
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De niño, aun en ciudades apartadas de Chile y en aldeas perdidas en los cerros, vi pasar muchas veces a los aymarás o cuicos, así se les llamaba, que con su poncho policromado y sus sandalias silenciosas, vendían a los huasos desconocidas hiervas medicinales y unas semillas duras, huiruros, que los enamorados regalaban a sus novias como joyas preciadas.
Para mi ingenua fantasía infantil, ese vagabundo vendedor de hierbas puneñas y de sandalias gastadas por el polvo del camino fue, durante años, la imagen viva de Bolivia y de los bolivianos.
Y en el diplomático o en el viajero que vi alguna vez en Santiago, creía distinguir, a pesar del traje cortado a la moderna, la nariz típica y las piernas flacas de aquel devorador de lenguas de la infancia.
Más adelante, al estudiar la historia de América, en el Liceo, supe de unos soldados (los colorados de Daza), que peleaban hasta morir en el calcinado desierto de Atacama y a más de algún veterano de la Guerra del Pacífico (recuerdo a un viajecito de aguda perilla entrecana en la plaza de un pueblo) le oí hablar de unos hombres escurridizos y sobrios que, mascando coca, recorrían increíbles distancias y ponían en aprieto la vehemencia del roto, hecho soldado el 79.
Luego, mi amor por las cosas de América me hizo conocer a algunos escritores bolivianos, que leí apasionado y sorprendido.
El Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre, tan poco conocido fuera de Bolivia, y cuya frescura poemática y sabroso color local lo hacen una de las obras clásicas de la literatura de Sudamérica.
Leí, después, Raza de Bronce, de Alcides Arguedas, libro fuerte y sincero de la servidumbre del indio y de los abusos del gamonal que lo explota desde los tiempos coloniales.
Y la visión de Bolivia, hoscamente encerrada en sus muros de piedra y de aire, de nubes y de volcanes, se me hizo más precisa y comprensiva.
Atildado, muy español, el primero. Áspero, pero más americano, el segundo, completaban la idea que iba germinando dentro de mí sobre la tierra del altiplano.
Eran elementos de raza, el español y el mestizo, convertidos en obra literaria, hechos novela o ensayo histórico.
Y si de las páginas turbias de la Bolivia bárbara surgía la figura elemental del Melgarejo, para desvirtuar su vesánico caudillismo, se me aparecía la ecuanimidad del general Campero, cuyas memorias leí en la casa de un médico cochabambino, que ejercía su profesión en una ciudad del sur de Chile.
Si no era la leyenda de plata de Potosí, argentando con la noble valía de sus barras el escudo castellano.
Datos dispersos, es claro, que el azar traía a mis manos, y a los cuales sólo la intuición, acierto y error al mismo tiempo, daban un carácter de realidad y estructuraban un concepto sobre Bolivia, el riñón suelto del continente, según la feliz expresión de Rodríguez Mendoza.
El azar, de nuevo, vino a ayudarme.
En 1934 hice un viaje al Perú. Conocí la árida costa peruana y la vida limeña. Poco después, Arequipa y el Cuzco.
Una tarde llegué a orillas del Titicaca. Un comienzo de puna había puesto en mis ojos un velo gris. Se me aparecían las cosas como a través de un sueño. Casi no veía las caras de los hombres que topaba en mi camino y las chatas habitaciones de Puno, recortadas en la claridad de un cielo muy alto, me parecieron un ultraje a ese momento, en que los cerros pelados, de un color violeta acuoso, eran una leve cinta entre el cielo inmenso y la inmensa sabana de agua quieta, donde aquél se reflejaba complacido.
Atravesé en la noche el Titicaca, es puna de agua y me asomé a los umbrales pétreos de Bolivia, sin pasar más allá, pues al día siguiente volví a Puno en el mismo vapor.
No despegaba mis ojos de la anchura desvanecedora de ese cielo y de esas cordilleras donde adivinaba un pueblo convulsionado por la guerra.
A veces, el cono de un volcán hacía ver, en el ángulo de un abra, sus hombros de granito, rayados de neveros.
Ni una nube turbó su cristalina inmovilidad durante toda la navegación. Y era vivo mi deseo de verlas nacer sobre el perfil de las cordilleras.
Deseaba comparar esas nubes de cinco mil metros con las nuestras, móviles y densas, aun con sabor a Océano, con algo de olas y de naves. Quería compararlas, pues en mi imaginación se me aparecían como alas de cóndores, espiritualizadas y lejanas.
Si algo determina una diferencia telúrica entre Chile y Bolivia y aun en el Perú, es la cercanía del mar.
Bolivia es el altiplano puro. El Perú me dio la impresión, a pesar de su larga costa, de una falda prolongada de la puna.
Chile está modelado por el mar. La cordillera misma se una en Chiloé y en Magallanes, en ciclópeo abrazo de nieves y de aguas.
Sabía de ricos oasis, donde el trópico condensaba miel de frutas y enriquecía la clorofila de los maizales indígenas.
Cochabamba y su valle feraz. Los yungas, con sus cocales y sus selvas. La claridad de cristal del cielo paceño. La lejana y española Santa Cruz y el Beni, con sus siringales inagotables.
Y en el fondo, imaginándolo como un hoyo enorme y malsano, el Chaco, donde un mar de aceite duerme bajo achaparrados algarrobos y espinudas carahuates.
Uniendo la imagen de aquel aymará de mi niñez y su manta multicolores, las planicies de Bolivia se me antojaban como los hombros de la América del Sur, sobre los cuales se extendían, hacía el Pacífico y hacia el Atlántico, las haldas de un poncho gigantesco, en cuyas listas paralelas se habían estampado los arcoíris de aquella atmósfera de cristal y los matices multiformes de las selvas tropicales.
Era Bolivia como un indio confiado, hecho piedra, junto a sus llamas y a sus corderos; pero, de improviso, la guerra se incuba en el secreto de las cancillerías y como los microbios que caen del tubo del bacteriólogo, el flagelo se propaga devastador, prendiendo en la carne virgen de las razas de América.
Es un viento de ambición que cruza inimaginables alturas y desata la furia animal de las muchedumbres azuzadas.
De Europa y de la propia América, he aquí el crimen sin atenuantes, el capitalismo ensaya sus posibilidades petrolíferas para el porvenir.
Negocia, prevarica, expolia, amenaza y asesina, en todos los tonos y con todos los recursos de una diplomacia en que la hipocresía y la traición son los ingredientes esenciales.
Y del altiplano, el indio se despierta con un uniforme alemán y un fusil ametralladora en las manos y el guaraní de la tierra llana, avanza, igualmente uniformado, a morir en las maniguas y cálidos bosques del Chaco, en busca del obscuro destino de otros que no son ellos precisamente.
En este sangriento choque de emboscadas, de ataques y contraataques, no cabe la menor duda, no cabe la menor duda, y de esto participa toda América, el hombre del altiplano es el héroe. El es el que despliega, en el infierno pálido de que habla Augusto Céspedes, toda la fuerza acumulada entre piedras y aire fuerte, durante siglos.
Se improvisa soldado de la llanura. Defiende palmo a palmo la tierra hostil que le han ordenado no abandonar y es héroe anónimo y es héroe nacional y continental, porque revela a los propios bolivianos, a políticos y a escritores, a maestros y a militares, la virilidad y la energía de que es capaz.
La epopeya del Chaco tiene ya sus primeros intérpretes literarios.
No son los juglares medioevales ni es un héroe aislado el que lleva en sus manos un nuevo destino.
Los juglares, ahora, son los novelistas y los héroes son muchos, porque cada soldado es parte de un pueblo que se defiende y trata de sobrevivir, a pesar de las maquinaciones y de las derrotas.
No conozco libros paraguayos sobre la guerra. No sé siquiera si los hay. Y si los hay, casi puedo asegurar que no tendrán este sentido profundo que he observado en la literatura boliviana sobre el Chaco.
Acabo de terminar la lectura de un libro de Oscar Cerruto, recientemente publicado.
Como apunta muy bien el prologuista, Luis A. Sánchez, “Aluvión de Fuego es una hermosa descripción poemática, una novela viviente”, a través de un intelectual hecho soldado.
No es la guerra misma. Es el reflejo de la guerra en un hombre inteligente y sensible. Aparece el indio colectivamente y la masa que se subleva contra sus jefes militares no es sino la profecía de un socialista convencido, de lo que puede acontecer en el altiplano de un momento a otro.
El libro de Augusto Céspedes, que motiva estas reflexiones, no es un libro de ideas, ni siquiera un libro literario.
Es algo más. Es un documento vivo y palpitante de la campaña.
A través de sus páginas ásperas, improvisadas, en que todos los aspectos de la vida militar están anotados, hombres, paisajes, episodios heroicos, actos de rebeldía, intrigas políticas, negociados o simples necesidades fisiológicas de la tropa, es la guerra misma la que aparece como animador principal e imprescindible.
He ahí su mérito esencial.
Sin fin preconcebido (el autor es un soldado más entre los defensores del Chaco), ha sentido en carne propia la tragedia del indio y del hombre culto convertido en soldado, y su cuerpo, traspasado por las quemaduras de la sed o las angustias del hambre, a través de caminatas trágicas por las picadas de la selva o en la caverna obscura de la trinchera, ha dado a su cerebro el material humano y doliente que constituye la sinceridad literaria.
El Chaco ha hecho escritor a este hombre nervioso, tan correcto en el vestir y tan cortés, que todas las mañanas se acerca a nuestras tertulias literarias y nos da, si le preguntamos, algún dato u observación aguda sobre Bolivia y sobre la guerra del Chaco.
Hay, en potencia, un escritor de grandes condiciones en Augusto Céspedes.
Desde luego, un admirable equilibrio. El hombre y el medio se unimisman en su Sangre de mestizos, sin que ninguno de ellos absorba al otro.
Agréguese un agudo sentido de lo dramático. Todos los relatos de su libro tienen esta calidad. Le dan el tono a los paisajes y a los hombres que se mueven dentro de él.
Desde el episodio que se desarrolla en “El Pozo”, angustiante epopeya de la sed en un territorio quemando por el sol, hasta el diluvio sonoro que salva a los fugitivos de “El Milagro”, desde el drama sexual del Coronel Sirpa hasta la romántica aventura de “La Paraguaya”, en que un retrato de mujer hallado en el bolsillo de un soldado pila, muerto en un combate, sigue viviendo, hecho realidad, en el corazón del soldado boliviano que lo encontró y el desparpajo de “El Pampino”, dicharrachero y fanfarrón como los rotos con los cuales convivió en Antofagasta o la vida fugaz del camba Poñé, que tenía en sus arterias un mapa inédito de la selva chaqueña.
Inagotable galería de hombres, valientes o cobardes, sanos o enfermos, que viven y mueren en un paisaje alucinado, entre lo árboles agobiados por la sequía o bañados de improviso por lluvias ruidosas y salvadoras, entre ratas ávidas y repugnantes tarántulas, mientras se apaga la sed con un jarro de agua barrosa y el hambre, con un plato de saporó, la comida popular de los campesinos paraguayos, a la puerta de improvisados pahuiches.
Sin dejarse impresionar por un falso patrioterismo, ha escrito Augusto Céspedes un libro varonil y sincero sobre la vida de los soldados bolivianos en el Chaco.
El estruendo de la guerra, el anónimo heroísmo del soldado en los pajonales y ese delirio diabólico de las granadas, reventando en el aire, entre los árboles, incendio invisible, como dice Céspedes en certera metáfora, que hacía crujir las ramas e improvisaba un raro otoño de hojas cortadas en la selva, dan un intenso y trágico realismo a su Sangre de Mestizos.
No es el momento de anotar errores de lenguaje o desequilibrios de técnica en el bello libro de Augusto Céspedes.
Es tal la hondura y el acre sabor de humanidad que impregna sus páginas, que defectos y descuidos las hacen más reales y más vivas.
Inician el libro de Cerruto y el de Céspedes, la interpretación literaria del Chaco. Al mismo tiempo, una orientación en la literatura novelesca de Bolivia.
Se publicarán, estoy cierto, nuevos libros sobre el gran acontecimiento que ha removido hasta sus raíces el alma colectiva de Bolivia.
Esperamos, impacientes, el que de seguro tiene ya escrito el maravilloso prosista de “La Sima Fecunda”, Augusto Guzmán, prisionero en el Paraguay.
Y así como la revolución engendró en México una vida nueva y un arte nuevo, Bolivia nos dará las experiencias de la prueba heroica del Chaco, porque sólo una catástrofe de tal magnitud puede despertar las virtudes nacionales, cuando éstas existen en un pueblo.
Santiago de Chile, diciembre de 1935.
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Prólogo Sangra de mestizos (Editorial Nascimento, Santiago de Chile, 1936)