05/12/2026 por Sergio León

Texto de presentación «De mi secreto amor» de Yuri Ortuño

Por Marcelo Paz Soldán

Hay libros que vuelven al lugar donde nacieron. Este es de los que lo hacen. De mi secreto amor llega al valle con su autor al lado, como quien acompaña a un amigo a cruzar un umbral.

Voy a hablarles del libro, no del que lo escribió. Para hablar del hombre lo tendrán a Yuri en unos minutos, con su voz, con su guitarra, con la cadencia que ustedes reconocen de antes. Voy a hablar de las páginas y lo que ocurre cuando se las lee de noche, sin testigos, escuchándolo a solas.

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Conviene decir, antes que nada, lo que no es este libro. No es un cancionero con relatos al margen. No es una autobiografía bajo apariencia de ficción. No es la transcripción en prosa de un repertorio. Es un libro de cuentos en diez estaciones que termina, cada una, en una canción. Cada cuento desemboca en una letra, como un río que llega al mar y allí, recién, se reconoce. La historia engendra la canción; la canción termina de cerrar la historia, devolviéndola a quien la lee con el peso del tiempo.

Esa arquitectura tiene antecedentes en la tradición, pero no se le parece. Hay quien recordará los romances del Siglo de Oro, donde el verso narraba antes de cantarse. Hay quien pensará en la copla de Bolivia, en los huayños que cuentan una pena con la economía de un epitafio. Yuri Ortuño no junta dos géneros, los hace conversar. La prosa lleva a la canción hasta el borde y allí la suelta; la canción, a su vez, devuelve a la prosa lo que esta no podía decir por sí sola. El lector lo nota con el cuerpo antes de notarlo con la cabeza.

Las diez historias de De mi secreto amor componen una cartografía del corazón del intérprete. Empiezan en Llallagua, en las cumbres de Potosí, con un muchacho que sube a un bus para no terminar como su padre. Pasan por Cochabamba, por Tarata, por el sur de Bolivia. Salen del país: Buenos Aires, México, Santiago, Barcelona. Sin embargo, Yuri describe algo que pocos libros entienden: que el migrante de Bolivia lleva consigo el valle, la mina, el pago.

Y conviene mencionar un detalle. Buena parte del libro sucede aquí, en Cochabamba. La Plaza 14 de Septiembre, con sus palmeras y rosales, aparece en el cuento que abre el volumen. El cerro Tunari, recortado en una ventana al amanecer; el río Rocha y sus molles. El lector cochabambino va a reconocer el itinerario pero, además, aprenderá a recorrer cada calle de otra manera.

Sobre los personajes vale decir que, hay libros en los que son funciones y uno termina sin acordarse de ningún nombre. En este libro no. Florencio Aliaga, Espartaco Martínez, Mirna Iriarte, Geraldine, Brenda, son personas y no retratos. Yuri tiene la cortesía de no juzgarlos y dejarlos ser. Brenda puede ejercer la crueldad y a la vez ser la mujer que da sentido a una vida; Nivardo puede traicionar y redimirse; Mirna puede caer y volver a ponerse de pie lejos de su hogar. El narrador no toma partido, nos invita a acompañarlos hasta donde sus historias concluyen.

Hay, además, una decisión de oficio que vale la pena nombrar. Yuri no separa al cantor del narrador. En cada cuento hay un personaje que canta, compone o escribe versos en la mesa de un bar, haciendo de la música el oficio del libro. Ustedes leerán los relatos y luego podrán escuchar las playlists que el autor preparó en Spotify y YouTube a través de códigos QR. Y entenderán que el libro funciona en dos planos a la vez. Lo que la prosa narra y la canción confiesa. Lo que la canción canta, la prosa lo había preparado en silencio.

Quien lea con atención notará que las frases de Yuri no apuran. Se toman el tiempo necesario para construir el plano de la escena con paciencia, y entonces, dejar entrar al personaje. Hay descripciones que parecen detenerse demasiado, hasta que el lector entiende que ese es el ritmo de los latidos del libro. Y en el centro, se encuentra el tema: el amor que no puede decirse, que guarda silencio durante una vida, que cruza el océano, que se confiesa solo, en la letra de una canción. Porque la canción, la música, es el lugar donde se permite nombrar lo indecible. Por eso, la palabra que aparece en el medio del título es “secreto”. Lo secreto no es el amor; sino la forma en que se habla de él.

A esta altura conviene reconocer una cosa. Como editor, uno aprende a leer los libros antes de que existan. Los lee en el manuscrito, en las correcciones, en las pruebas, en los archivos que van y vienen. Con De mi secreto amor hubo un momento del libro en que dejé de leer como editor. Cerré el archivo de correcciones y abrí las páginas como las abrirá cualquiera de ustedes esta noche. Lo terminé en un tirón. A esa hora a la que uno termina un libro y no enciende la lámpara, porque las canciones siguen sonando por dentro y conviene no interrumpirlas.

Quiero terminar con una imagen. En el cuento que abre el libro, Florencio Aliaga baja del bus en una carretera de Potosí, con la guitarra en la mano, y se sienta en una piedra a mirar la luna. Piensa: “Valió la pena toda esa avería del carro”. En esa frase está, a mi modo de ver, el centro de De mi secreto amor. Yuri escribe para los que han tenido que perder el avión, para los que han tenido que sentarse en una piedra al borde del camino, para los que han mirado la luna sin saber qué hacer con la noche. Para los que descubren, tarde o temprano, que la avería era el viaje.

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