10/27/2025 por Sergio León

Sobre ‘La traza’ de Alan Castro Riveros

Sobre ‘La traza’ de Alan Castro Riveros

Por Laura Derpic

La traza nos sumerge en una tensión constante entre lo presente y lo ausente, o eso que acaba de suceder y lo que se desvanece. Como si la lógica, y la no lógica de las cosas se hicieran materia desde lo efímero.

El texto se despliega como un juego de palabras que sigue el rastro que deja la traza a su paso: una suerte de absurdo que se manifiesta en la forma de hablar de sus personajes, en cuya interacción se revela una manera singular de entender el mundo, desde una paceñidad que aparece para preguntarse cosas que sólo pueden formularse desde ese lugar.

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La chiripa como revelación, como epifanía tan potente como la imagen de esculpir en el humo. El ser y poder mirarse siendo, para dejar de ser algo y volverse otra cosa. Pienso en Apolinar, cuando pasa de ser humano a convertirse en oso, para dejar de serlo y estar borracho, para finalmente verse desde afuera: uno de esos momentos en los que también ocurren las chiripas de la escritura de Alan. O Susana, siendo poseída por su polera con un trazo dorado que le permite hacer movimientos de cueca.

Me pierdo en las palabras, y eso me gusta. Empiezo a ver algo que no termino de ver, y eso me atrae. Porque La traza es un relato que nos lleva a algún lugar que no conocemos, que no esperamos, pero que intuimos como lectores. Y justo cuando estamos apenas un poco ahí, el texto nos obliga a movernos: de lugar, de formato, de métrica, así como también de voz, de ambiente.

Si tuviera que pensar esta pieza como una obra de teatro, encajaría perfectamente en el teatro posdramático, donde los espacios, el tiempo, los personajes y el argumento no se llegan a diferenciar ni especificar: se desdibujan. No se cuenta una historia en el sentido tradicional, pero se cuenta mucho más que eso.

Algo de eso tiene La traza: hay vínculos entre los personajes que se vislumbran sin llegar a definirse. Hay personajes que aparecen y son, pero que también se transforman, se vuelven otros, sin que eso limite las posibilidades de seguir la traza. Lo mismo ocurre con los espacios que atraviesan: una casa, un taller, un camino, una mina, una fiesta, o incluso el presente, el pasado, un sueño o la realidad.

La propuesta de Alan Castro Riveros se inscribe en una literatura contemporánea que desafía las formas. Podría compararse con la película Everything, Everywhere, All at Once (Todo en todas partes al mismo tiempo), de Daniel Kwan y Daniel Scheinert, o con un concierto de Béla Bartók, pero ocurriendo en la andinidad de La Paz. Donde no sabemos lo que vendrá ni dónde aparecerán sus personajes, pero sí sabemos que los acompañaremos en la búsqueda del corazón del cerro o en la fiesta de Susana.

En este universo, leemos el movimiento de los cuerpos, articulaciones y huesos, y comprendemos más cuando aparece un pañuelito de cueca en movimiento o el mismo Ukuku.

La traza requiere una lectura en espiral. No es un texto fácil: su densidad y carácter críptico nos obligan a volver a él más de una vez. Como si la palabra no pudiera contener únicamente el sentido para el que fue creada, sino que ofrece contexto, subtextos y destellos de relato que requieren más atención y relectura.

En definitiva, La traza es una invitación a leer con el cuerpo, a perderse en el lenguaje, y a encontrar, en la chiripa, una forma de revelación literaria que nace en los Andes.

Fuente: Revista 88 Grados