Por Sebastián Antezana
Como no me pasaba hace tiempo, la lectura de ¿Dónde carajos está Litovchenko?, la excelente novela de Álvaro Loayza y Diego Loayza publicada por Nuevo Milenio, me ha provocado dos intereses paralelos: leerla una segunda vez, inmediatamente después de la primera; y escribir algo sobre ella (por ahora un divertimiento, una sonsera de redes; después, quizás —ojalá—, algo mejor, más desarrollado).
Para empezar, el título (la pregunta). Pese al magnetismo que el exótico apellido ejerce sobre el ojo, no es en Litovchenko (ni en su multifacético proceder o sus raíces eslavas) en quien quiero detenerme. Sino en el carajo (copioso vocablo). Quizás menos contundente y más interdisciplinario que el mierda (hedionda compañera de aventuras), el carajo parece estar, como traumática mediterraneidad o ubicua saltuca, en particular contacto con eso difuso, entre necio y majestuoso, que puede llamarse bolivianidad. Desde aquel famoso que los libros de historia atribuyen a Abaroa, lanzado instantes antes de su muerte gloriosa, hasta el que coloridos reels de TikTok ponían recientemente en boca de Doria Medina, cuando electoral amenazaba con arreglar a Bolivia “¡en 100 días!”, el carajo es moneda corriente en aulas, calles, cocinas y pantallas, y una de las palabras más usadas a diario por bolivianas y bolivianos.
Pero no por cotidiana y multisemántica la voz es menos rotunda (y performativa). Como el nacionalismo revolucionario, que en la aciaga historia política de nuestra isla fue impulso que orquestó tanto la reforma agraria como la implementación del 21060, el carajo es un modo anfibio de nuestra conciencia lingüística que puede usarse (y se usa) tanto para cantar golazos como para reprimir hijos, para alabar sánguches en el mercado y maldecir superiores en el laburo. Así, por esta clamorosa versatilidad, la escabechada palabrita, más que una dirección, enfatiza un proyecto: el de la búsqueda. ¿Dónde carajos está, pues, aquel/aquella/aquello que mediante la ficción se busca? (¿un culpable, un símbolo, una puerta abierta, la felicidad?) No dónde sino dónde carajos, que no es lo mismo ni es igual.
Si todo acto de búsqueda (de lectura) es uno de desciframiento, el detective-lector que somos encuentra razón de ser no en el resultado de la operación sino en la praxis operativa: nos sostenemos frágiles en el tragicómico universo por el mero gesto interpretativo que, palabra a palabra, nos constituye. Herramienta ideológica maleable y privilegiada en esta búsqueda, el carajo, de escalofriante precisión del título, da paso a un escenario (La Paz en la neoliberal década de los 90) recreado con detallada pericia como un universo autónomo, reconocible (y, para lectores plurinacionales de cierta generación) emocionante y que pareciera postergar el paso del tiempo para mantenernos allí (entre dorados efluvios de los que fuimos en el pasado), pero en el que también se perciben múltiples semillas del bosque que hoy nos devora. Porque, ¿no son, acaso, Baby Beef y el Jimmy Tica, además de hilarantes y rocambolescos quijotes andino-contemporáneos, sendas prefiguraciones de la multitud de pajpakus que se adueñó de nuestro escenario político durante las últimas dos décadas? Quirúrgicos vendehúmos, su trayectoria y destino en la novela, que comparten elementos con los del héroe trágico y el pícaro siglodeorista, ilustran con regocijo una crisis de la significación (el divorcio entre lo que se dice y lo que se hace) y una crisis política típicamente de fin de siècle (XX boli) y al mismo tiempo transgeneracional, que no se contenta con señalar su significante inmediato sino que sobrepasa su momento histórico y nos remite, mediante astutos guiños, al momento actual (y quizás también a uno futuro, que hoy apenas avizoramos).
¿Cuándo carajos, entonces? En los 90, sí, pero solo de modo parcial, porque los 90 se suben inevitablemente a los hombros de previas décadas negras y al mismo tiempo, cual ebrio fulgente de deseo, señalan nuevas negras por venir. ¿Y dónde carajos? En La Paz, desde luego, macabra y alucinante, que en la novela es entidad nuclear y, al mismo tiempo, jocosa confluencia de geografías y culturas en la que augures aymaras tienen tanta relevancia como monstruos soviéticos. Pero en la novela La Paz no solo es un lugar. O, más bien, en tanto imán de migraciones internas y externas, es muchos lugares, es todos los lugares sin ser uno, un anti-Aleph que se extiende desde Los Pinos hasta El Alto y más allá, desde la ladera este hasta Achocalla y más acá. ¿Entonces? Como madrugadas, las coordenadas de la novela se nos presentan difusas. Sin embargo, esa difusión es resultado de una estudiada micropolítica.
Del mismo modo en que el carajo es muestra de la obscena precisión lingüística de la novela (el modo en que ésta se deleita en buscar, y muchas veces encontrar, la palabra justa o la que desconcierta por su novedad con relación a las otras), lo es en tanto también constituye su propio campo de ideas, el alargado y erosionado escenario (¿una hoyada?) en que se mueve entre lo lingüístico y lo político. Este camaleonismo ideológico, como decíamos, no solo es prefiguración del régimen que diciendo-una-cosa-y-haciendo-otra, usando-unos-símbolos-y-actuando-de-modos-contrarios empezó a reinar la ínsula después del fin del milenio, sino que ilustra de modo privilegiado lo que ha venido siendo destacado como asunto clave de la bolivianidad: su esencia chenk’ística, abigarrada, ch’ixística.
Es posible que un modo más anárquico, aunque no menos jerarquizado, de este camaleónico (litov)chenk’o, su cristal puro, sea el coro: una multitud de voces que postulan distintas versiones de la realidad y hablan por turnos o al unísono o (atendiendo una variante más plurinacional que podríamos llamar k’oro) superponiéndose unas a otras, compitiendo por la posibilidad de ser escuchadas en formas que van desde el pudoroso susurro hasta el alarido metalero. La novela de los hnos. Lza. lo entiende muy bien y pone al k’oro como método narrativo y figura central de su experiencia, ya que, si la capacidad de actuar productivamente e incidir en lo social no puede darse desde la individualidad, si el disenso y el potencial político no existen sino como expresiones de un impulso comunitario (el pueblo), la multitud de voces que operan en ella lo hacen (reverberando y creando caminos que se encuentran y se bifurcan, historias dentro de historias, psicologías y reencarnaciones) en tanto politizadas expresiones de un variado y multicolor horizonte no exento de reconocibles demandas.
Así, en tanto buscadores de la vida en una sociedad desigual y precarizada en la que estamentos indios, cholos y mestizos tienden a estar directamente asociados con distintos niveles de pobreza y supervivencia, se entiende que la gesta de Tica y Beef, en realidad, se parezca menos a la de Sancho y don Alonso y más a la de otro memorable par de amigos cuyo discurrir está marcado por la necesidad imperiosa de ganarse la vida mediante ingeniosos y variados embustes: Bouvard y Pécuchet. Ahí una de las encarnaciones ideológicas que asume la multitud de voces que en la novela cantan y sollozan por igual. En los adolescentes Trini, Oleg y Gonzo (y en sus distintas combinaciones con distintos personajes) hay muchas otras. Que el misterioso nos permita después desarrollarlas.
En suma, por ahora, una novela muy bien trabajada, a momentos de notable precisión lingüística, divertida, nostálgica, fácilmente querible, cuyo final duele por ser final, que nos hace creer en ella y en sus cuentos, que convence por su capacidad de apelar no al ego (el deseo y la memoria particulares) sino al grupo (el k’oro, la comunidad), que recuerda, convoca e interpela nuestras convicciones a momentos coherentes y a momentos contradictorias y que, como todas las buenas novelas, cuenta mucho más de lo que dice.
Fuente: https://www.facebook.com/story.php?story_fbid=10163436972986418&id=663576417&rdid=NmDmKg0htElmUdC4
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