Por Edmundo Paz Soldán
Acabo de ver a mi hija Duanne haciendo el amor con su amante. Hace mucho que descubrí su secreto: hacer de su cuarto un territorio de furtivos encuentros al atardecer, aprovechándose de nuestra ausencia. Lo descubrí por casualidad: había vuelto a casa porque había olvidado mis lentes cuando escuché ruidos inconfundibles para mí. Caminé de puntillas hacia el baño que olía a violetas en alcohol al lado de su cuarto y, a través de una hendija detrás del espejo, los observé: dos cuerpos en rítmica armonía sobre las arrugadas sábanas grises, la almohada de plumas de pato tirada en el suelo. Mi primer impulso fue armar un escándalo, echarlos de la casa a patadas. Pero las palabras no pudieron ser pronunciadas, y me quedé mirándolos hipnotizado, con horror y fascinación. Como hace cinco años, la primera vez que vi a Duanne a través de la hendija creada para satisfacer la curiosidad que provocaba, a través de insinuantes vestidos y shorts, la transformación de una niña en mujer.
Después se me hizo costumbre: volver a casa de tarde en tarde, esperar en la esquina hasta la llegada del muchacho de turno, darles tiempo para el descontrol, entrar por el jardín y la puerta de atrás, dirigirme al baño y observarlos con ansia desde la hendija, luego escabullirme en el momento en que ambos, tirados en la cama, miraban hacia el techo y trataban de prolongar unos minutos los efectos de la reciente explosión de placer. Un ritual que dura ya dos años y que sorprende precisamente por su larga duración: da que pensar que Duanne en tanto tiempo no haya descubierto esta hendija, no haya escuchado alguna vez mis pasos, o el agitado ruido de mi respiración en la tensa espera. Acaso ya descubrió algo hace rato, y hace las cosas que hace en su cuarto sabiendo que hay alguien en la casa que la está observando. Uno es el último en enterarse de que en cuestiones de la vida, los hijos saben más que nosotros. Apenas empezamos el viaje, ellos ya están de vuelta.
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Esta historia debería tener un final feliz. Pero no, aquí estoy, encerrado en este baño que huele a violetas en alcohol, detrás de una pared que no sabe contener el ruido de gozosos jadeos, incapaz de ir más allá de esta mirada que sufre y disfruta. Aunque, quien sabe: he notado entre los últimos visitantes al cuarto de mi hija y yo una inquietante, conmovedora similitud: los mismos pómulos de trazos duros, la misma pronunciada y firme quijada, las mismas tenues líneas de las costillas en la carne fibrosa. Acaso ella busca en ellos lo que yo no le doy. Acaso ella encuentre pronto en mí lo que ellos le dan.
Extraído de Amores imperfectos