09/04/2026 por Sergio León

¿Qué hacemos con la vida que queda?

Por Gloria Ardaya

 

Este invierno en La Paz he estado leyendo libros muy distintos entre sí, pero pocos me han acompañado con la persistencia de La llamada, de Leila Guerriero (Anagrama). Hay libros que uno termina y deja sobre la mesa. Otros continúan trabajando en nosotros, como si la lectura no terminara en la última página sino que comenzara allí una segunda vida, más silenciosa e incómoda.

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La llamada pertenece a esa clase de libros.

Guerriero reconstruye la vida de Silvia Labayru, militante de Montoneros, secuestrada en diciembre de 1976 por la dictadura argentina cuando tenía veinte años y estaba embarazada. Fue llevada a la Escuela de mecánica de la Armada, la ESMA, uno de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio más atroces de aquellos años. Allí fue torturada, sometida a violencia sexual, obligada a participar en operaciones de sus captores y obligada, sobre todo, a sobrevivir.

Pero decir que este es un libro sobre una sobreviviente de la dictadura argentina es decir algo verdadero y, al mismo tiempo, profundamente insuficiente.

Porque la pregunta que atraviesa La llamada no es solamente cómo se sobrevive al horror. Es otra, quizás más difícil: ¿qué significa seguir viviendo después?

¿Qué hacemos con una persona cuando su experiencia desborda las categorías con las que intentamos comprenderla? ¿Cómo juzgamos las decisiones tomadas bajo condiciones extremas? ¿Dónde termina la libertad cuando alguien vive sometido al miedo, a la tortura y a la posibilidad cotidiana de la muerte? ¿Qué parte de nosotros continúa siendo nuestra cuando otros han adquirido un poder casi absoluto sobre nuestro cuerpo?

Guerriero no responde estas preguntas. Las vuelve inevitables.

Allí reside una de las mayores virtudes del libro. La llamada se resiste constantemente a transformar a Silvia Labayru en aquello que sería más cómodo para el lector: una víctima ejemplar, una heroína incontestable, una figura construida para confirmar nuestras certezas morales.

Silvia aparece contradictoria, seductora, inteligente, irritante, lúcida, vanidosa, generosa, feroz, divertida. Tiene amores, enemigos, hijos, amigos, heridas, deseos. Puede resultar admirable en una página e incómoda algunas páginas después.

Es decir: está viva.

Y estar vivo significa también ser contradictorio.

En una época en la que parecemos sentir una necesidad creciente de clasificar rápidamente a las personas —víctima o culpable, héroe o traidor, bueno o malo—, Guerriero reivindica algo mucho más difícil: la complejidad de una existencia.

La historia de Labayru resulta especialmente perturbadora porque la violencia no terminó cuando salió de la ESMA.

Después de sobrevivir al secuestro, a la tortura y a la violencia sexual, tuvo que enfrentarse a otra forma de condena: la sospecha de algunos de sus antiguos compañeros de militancia. Haber sobrevivido podía convertirse, paradójicamente, en una culpa. Si tantos habían desaparecido, ¿por qué ella estaba viva?

La pregunta contiene una crueldad difícil de aceptar.

Pero también revela algo profundamente humano y profundamente oscuro: nuestra necesidad de encontrar explicaciones incluso allí donde probablemente no existen.

¿Por qué alguien sobrevive?

¿Por inteligencia?

¿Por azar?

¿Por una decisión tomada en el momento exacto?

¿Por una relación familiar?

¿Por haber dicho algo?

¿Por no haberlo dicho?

¿O porque los mecanismos del terror son también arbitrarios?

El título del libro nace precisamente alrededor de esa incertidumbre.

El 14 de marzo de 1977, mientras Silvia permanecía secuestrada en la ESMA, se produjo una llamada telefónica a su padre, Jorge Labayru. Esa llamada estableció que estaba viva y pudo haber contribuido a que continuara estándolo.

Una llamada.

Algo tan cotidiano como un teléfono que suena adquiere entonces una dimensión casi metafísica.

Antes de la llamada, una hija está muerta para su padre.

Después de la llamada, está viva.

Entre ambos estados apenas existe una voz atravesando un cable.

La vida puede depender de cosas extraordinariamente pequeñas.

Quizás por eso el título resulta tan poderoso. No necesita nombrar la dictadura, la tortura ni la supervivencia. Le basta con señalar un instante. Un sonido. Una interrupción en el curso aparentemente irreversible de los acontecimientos.

Un teléfono que suena.

Y alguien que todavía está allí para hablar.

Guerriero construye el libro mediante una investigación paciente que se extendió durante casi dos años y que incluyó conversaciones con Labayru, sus amigos, sus parejas, sus hijos y personas que compartieron con ella la militancia o el cautiverio. Pero esa acumulación de testimonios no produce una verdad definitiva.

Produce algo más interesante: perspectivas.

Una persona aparece distinta según quién la mire.

Tal vez ocurra lo mismo con todos nosotros. La identidad que creemos poseer de manera estable está compuesta, en realidad, por innumerables versiones. Somos aquello que recordamos haber sido, aquello que los otros recuerdan de nosotros y aquello que hemos necesitado contarnos para continuar viviendo.

En La llamada, la memoria nunca es un archivo perfectamente ordenado.

Es una materia viva.

Se contradice.

Se corrige.

Olvida.

Reinterpreta.

Y eso resulta particularmente importante cuando hablamos de experiencias traumáticas. Existe una expectativa social, a veces inconsciente, según la cual la víctima debería recordar perfectamente, narrar coherentemente y comportarse de acuerdo con una cierta idea de dignidad.

Pero la experiencia humana rara vez funciona de ese modo.

Mucho menos después del horror.

Guerriero parece comprender que escuchar verdaderamente a alguien significa aceptar que su relato puede contener contradicciones sin que por ello deje de contener verdad.

Esa es también una cuestión filosófica fundamental del libro.

¿Qué entendemos por verdad cuando hablamos de una vida?

Los hechos importan. Las fechas importan. Los testimonios importan. Los documentos importan.

Pero una vida nunca puede reducirse completamente a ellos.

Existe también la verdad de los afectos, de las percepciones, de las decisiones tomadas bajo miedo, de aquello que alguien creyó comprender muchos años después.

La escritura de Guerriero se mueve precisamente en ese territorio delicado. Investiga con rigor, pero no pretende resolver el misterio de su personaje. Cuanto más sabemos sobre Silvia Labayru, menos posible resulta encerrarla dentro de una definición.

Ese fracaso de la definición es, paradójicamente, uno de los triunfos del libro.

Porque comprender a otro ser humano quizás no signifique finalmente poder explicarlo.

Quizás signifique aceptar aquello que permanece inexplicable. Hay además algo profundamente perturbador en la manera en que La llamada coloca el cuerpo en el centro de la historia.

El cuerpo secuestrado.

El cuerpo embarazado.

El cuerpo torturado.

El cuerpo deseado.

El cuerpo violentado.

El cuerpo que envejece.

El cuerpo que, contra toda lógica, continúa viviendo.

Las grandes palabras —dictadura, militancia, revolución, memoria, justicia— terminan encarnándose siempre en cuerpos concretos. Un régimen político puede formularse mediante discursos, decretos y consignas, pero el terror ocurre finalmente sobre la piel de alguien.

Por eso la historia de Silvia Labayru excede la historia Argentina.

Nos obliga a interrogarnos sobre algo mucho más elemental: la vulnerabilidad.

¿Qué queda de una persona cuando todas las estructuras que deberían protegerla desaparecen?

¿Quiénes somos cuando sobrevivir se convierte en la tarea principal?

Desde La Paz, leyendo este libro durante el invierno, resulta difícil no pensar también en nuestra propia relación latinoamericana con la memoria. Nuestros países están atravesados por historias que todavía discuten consigo mismas. Dictaduras, violencias políticas, silencios familiares, responsabilidades nunca completamente esclarecidas.

A menudo preferimos relatos simples.

Necesitamos héroes reconocibles y culpables perfectamente delimitados.

La justicia requiere establecer responsabilidades, por supuesto. Pero la literatura puede entrar en otro territorio. Puede acercarse a aquello que los expedientes judiciales y los relatos oficiales difícilmente consiguen contener: las contradicciones íntimas, la vergüenza, el deseo, los afectos inesperados, las decisiones imposibles.

La literatura puede habitar las zonas grises sin confundirlas con la impunidad. Eso es exactamente lo que hace Guerriero.

No relativiza el horror. Lo vuelve más humano y, precisamente por eso, quizás todavía más terrible.

Porque La llamada no permite refugiarnos en la idea tranquilizadora de que quienes atraviesan situaciones extremas se comportarán siempre de maneras comprensibles. Nos recuerda que la supervivencia no es una teoría moral.

Es una experiencia.

Y desde afuera resulta demasiado fácil imaginar cómo hubiéramos actuado nosotros.

Hay libros que nos permiten juzgar a sus personajes. Otros nos obligan a sospechar de nuestros propios juicios.

La llamada pertenece a estos últimos.

Al cerrar el libro permanece la sensación de haber conocido a Silvia Labayru y, al mismo tiempo, de no conocerla completamente. Quizás ese sea el único retrato honesto posible de una persona.

Queda también esa llamada.

Un teléfono que suena desde el interior del horror.

Una voz que dice: estoy viva.

Y quizá toda la extraordinaria investigación de Leila Guerriero nazca de allí: del intento de comprender qué sucede después de pronunciar esas palabras.

Porque sobrevivir no significa no haber muerto. Significa tener que regresar al mundo.

Volver a amar.

Equivocarse.

Desear.

Recordar.

Olvidar.

Ser juzgado.

Envejecer.

Continuar.

Tal vez por eso La llamada resulta tan difícil de abandonar después de haberla leído. Porque detrás de la historia política, detrás del trabajo periodístico y detrás del retrato de una mujer extraordinariamente compleja permanece una pregunta que nos alcanza a todos.

No solamente cómo sobrevivimos a aquello que nos destruye.

Sino qué hacemos con la vida que queda.

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