Presentación: «La exactitud del instinto migratorio de los pájaros» de Bernardo Paz
Por Marcelo Paz Soldán
(Texto leído en la presentación de «La exactitud del instinto migratorio de los pájaros», evento realizado en la ciudad de La Paz, febrero 2026)
Herramientas para escritores
¿Escribes en español? Prueba gratis nuestras herramientas con IA: corrector de estilo, lector beta virtual e informes de lectura profesionales.
Existe un tipo de libro que no busca ser recibido con comodidad. Este es uno de ellos. La exactitud del instinto migratorio de los pájaros, primera novela de Bernardo Paz, publicada por Editorial Nuevo Milenio en febrero de 2026, construye su mundo desde la violencia de lo cotidiano: el cuerpo golpeado en un bus nocturno, la mujer que lava platos en un restaurante que lleva su apellido sin que eso cambie nada, el chofer que habla de su micro como si hablara de su única fe. La Paz es el escenario donde los personajes actúan con la indiferencia propia de quien circula por sus calles de madrugada.
La estructura del libro es el primer gesto de claridad de Bernardo como escritor. Las secciones se organizan por letras —A, B, C, D— y no por capítulos numerados ni títulos que anuncien lo que viene. Esta decisión no es ornamental. Funciona como un sistema: cada letra del abecedario introduce una voz, un tiempo, una circunstancia distinta, y el lector debe establecer por su cuenta los hilos que conectan esas existencias. Pues, si bien todos comparten el mismo espacio físico —la Chifa Lang, una calle de La Paz—sin buscarse. La coincidencia es la única herramienta de la que prescinde la arquitectura de la novela.
El lenguaje de Paz merece especial atención. No hay en estas páginas un intento de estilo como exhibición. Hay precisión. La frase:
la punta de acero era un péndulo cuidadosamente diseñado para marcar los intervalos de violencia entre dos cuerpos sólidos
no es una metáfora decorativa: sino el registro exacto de cómo un testigo procesa lo que ve para mantener distancia con lo que siente. Esta tensión entre la mirada que observa y el cuerpo que reacciona es el motor de la prosa de Paz. El narrador del capítulo “A” admite, sin elaborarlo demasiado, que antes también golpeaba caras, y el libro no juzga esa confesión. Al contrario, la instala y sigue, desde la intimidad, el hilo que se ata con los demás hechos de absoluta violencia; el abandono, la soledad, el suicidio, la huida.
La figura de Sue Lang concentra lo que la novela tiene de más sostenido. Su historia no es la de una víctima ni de una sobreviviente en el sentido que esa palabra suele cargar. Es la de alguien que encontró, en la rutina de lavar platos, una forma de no desintegrarse. Bernardo escribe su mundo interior con la misma atención con que da vida a sus manos en el agua:
Un débil cosquilleo de emoción rasca su estómago cada vez que los platos limpios se acumulan y forman una pequeña torre blanca a su derecha.
Pero ese progreso desaparece en menos de un minuto. El libro no ofrece redención. Ofrece continuidad, que es otra cosa.
La voz de El Salmón en el capítulo “C” es la apuesta más arriesgada del libro, y también la que más revela. Se trata de una declaración —el formato lo indica explícitamente— de un chofer de micro que habla sobre su trabajo, sobre su compañero de oficio al que llama el Pesopluma, sobre su relación con la máquina que maneja. El registro es oral, acumulativo, con la lógica de quien piensa mientras habla. Paz sostiene esa voz sin condescendencia. El Salmón no es pintoresco. Es alguien que ha elaborado una filosofía a partir de lo disponible: «queriendo y sin querer voy amansando mi vida y, al mismo tiempo, voy cambiando un poco el mundo». Esa frase podría ser irónica, pero no lo es.
Es necesario señalar también lo que el libro no ha terminado de resolver. La multiplicidad de voces que Paz maneja con soltura en los primeros tramos exige, hacia adelante, una densidad mayor en los cruces entre personajes. La epígrafe de Frazer sobre el alma encerrada en un pájaro dentro de una jaula sobre una serpiente, anuncia una red de sentido que la novela debe honrar hasta el final. Paz mantiene la misma disciplina de la escritura en los momentos en que la trama exige convergencia y, con este libro, logra algo que pocas primeras novelas bolivianas han conseguido: una forma que no cede ante la ansiedad de explicarse.
Lo que está en las páginas de esta primera edición es suficiente para decir que Bernardo no sólo escribe: traza con la precisión del instinto, uno de los caminos por las calles de La Paz, bajo las luces de neón, hacia la espesura del impulso animal por migrar. Paz deja claro que, tanto en su novela como en la vida no existe mapa ni guía que haga más fácil su curso, no hay atajos para el dolor ni perdón más grande que el olvido y, sobre todo, que hay algo irremediable en nuestra constante búsqueda de un hogar.
La Paz, febrero de 2026
Fuente: Ecdótica
![]()