Por Paloma Gutiérrez León[1]
Participar en un conversatorio o presentación de libro ofrece la oportunidad de dar lugar a una lectura singular y eso es dar cuenta del efecto de esa lectura, del efecto del lenguaje en uno. El libro de Ricardo Torrejón, Lo que está en el mundo bajo el cielo (2025), resalta justamente esa postura de Lacan que, al distanciarse del planteamiento de Jacques Derrida respecto a la promoción de lo escrito, insiste en la lectura y los efectos de la escritura.
Para aproximarme a esta idea e intentar ligar la cuestión que propone el conversatorio, el concepto de letra y la función de la palabra en la poesía y el psicoanálisis, voy a servirme de la palabra –más bien la vivencia– de un poeta conocido nuestro, paisano nuestro, Roberto Echazú. Se trata de la respuesta que da el poeta sobre los motivos que lo llevaron a escribir poesía.
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Para ello, voy a leer un pequeño extracto de una entrevista que le hace Luis “Cachín” Antezana a Robertito[2]:
L.H.A.J.: ¿Qué motivaciones personales podrías contarnos sobre esa tu vocación poética?¿Cómo comenzó, cómo comenzaste a escribir poesía, qué te llamó a escribir poesía?
R.E.: No te podría explicar cómo llegó esa facultad para poder coordinar una palabra tras otra. Eso nació de repente en mí, hace muchos años. …Recuerdo que cuando éramos todavía adolescentes habíamos ido a la playa a buscar víboras. Yo nunca tuve la idea de encontrar una víbora removiendo piedras, pero de repente, en el río, removiendo una piedra me encontré no con una víbora, sino con diez aproximadamente, es decir, una víbora con sus wawitas. Ahí nació ese gran deseo de comunicar mi espanto, y me quedaban dos opciones… recuerdo esa vez: o comunicar el gran descubrimiento, el espanto que yo había recibido al ver esas víboras –llevando las víboras a mi casa– o escribir lo que yo había visto. Y justamente escribí un poema que se llama “Una víbora sin cabeza y otras diez con cabeza”. Pero una de esas víboras se me fue, se me fue… porque recuerdo bien que habíamos matado nueve víboras y yo había contado diez, así que yo me fui en busca de esa víbora que se me fue y todavía no la puedo pillar…
L.H.A.J.: La sigues buscando escribiendo…
R.E.: Escribiendo… porque ando en busca de lo que yo siento.
Hasta ahí la “viñeta”, la anécdota-causa del poeta tarijeño. Sirva además para honrar su memoria, para homenajear su obra.
La víbora perdida deja un vacío, entendido este vacío como efecto del lenguaje, no de la escritura como rasgo primario sino de su lectura: la huella de las viboritas, el efecto de espanto que esto produce, el conteo de diez, la matanza de nueve y la constatación de que una quedó perdida y que a lo largo de una vida “todavía no se la puede pillar…”. Su búsqueda, causa constante de escritura. E s c r i t u r a que no impresión de una marca, que no letra como soporte material de la palabra, no como rasgo primario sino, otra vez, como efecto de lenguaje, de lectura…
“habíamos matado nueve víboras y yo había contado diez”
Lectura, entonces, de esa huella marcada por aquella décima perdida… Espanto que intenta transmitirse comunicando y que en su intento no llega más que a constatarse la pérdida de un pedazo de ese espanto.
Con Lacan podríamos decir que es ese “efecto de goce” que deja la escritura en el cuerpo lo que da cuenta de que no es tanto si lo escrito y la letra son primarios al lenguaje, tal como lo plantea Derrida, sino sus efectos. Cito a Ricardo[3]:
Lo más importante en relación a la función de lo escrito para el psicoanálisis … trata de lo escrito no solo como soporte material sino como aquello que parece estar, al igual que la voz y la mirada, inscripta y susceptible de inscribirse sobre un vacío en relación al cuerpo. Se trata de una otra forma de pensar lo simbólico en una relación nueva con lo imaginario y lo real. (p.112)
Robertito Echazú alude, por un lado, al “deseo de comunicar” –en su caso el espanto que sintió–; ahí la función de la palabra en la escritura que, como dice Lacan, no es simple representación. Para ello, el autor se plantea dos opciones: una es comunicar en acto, llevar consigo las víboras muertas, matadas por él y sus amigos; es decir, mostrar la evidencia de un acto, materializar esa comunicación mostrando el producto de un acto, y no cualquier acto, sino un acto de muerte. La otra opción, dice Echazú, escribir lo que yo había visto; y ahí su poema “Una víbora sin cabeza y otras diez con cabeza”. No obstante, ninguna de estas dos opciones parece lograr “colmar” la transmisión de esa experiencia. Ni mostrando la evidencia ni plasmando en escritura, el autor –del asesinato de las víboras y de la poesía escrita– consigue comunicar lo vivido en lo real. Ese deseo de comunicar, entonces, se le escapa como se le escapó la décima viborita… como se escabulle el deseo para el psicoanálisis…
A los psicoanalistas lacanianos, por supuesto, esto nos remite al objeto a, el objeto perdido, y si nos apuran un poco, la referencia de una víbora de por sí, al falo. Más aún en este caso en el que la víbora-causa es la que falta…. El falo en psicoanálisis es el concepto que nos sirve para pensar precisamente la cuestión de la falta.
No es la ocasión para detenerse en esta gran veta que se abre con tremenda respuesta que da Roberto Echazú respecto al motivo que lo llevó a dedicarse a la escritura poética –aunque, evidentemente, ganas no me faltan–, pero sí creo que resulta de una riqueza exquisita indagar en torno a esta experiencia aquello que Lacan formula como un discurso que no fuera del semblante.
El efecto de goce en el cuerpo, el espanto de Roberto, la equiparación de lo imaginario con lo simbólico, opuesto a lo real, es el zum de lo que Ricardo Torrejón intenta transmitir con su lectura del Seminario 18 de Lacan De un discurso que no fuera del semblante, en este libro que comentamos hoy Lo que está en el mundo bajo el cielo.
«Lo que está en el mundo bajo el cielo», es la frase con la que Lacan traduce una fórmula del filósofo chino Mencio: Bajo el cielo lo que habla de la naturaleza o también lo que está en el mundo, bajo el cielo, el lenguaje. Con Echazú podríamos decir “bajo una piedra lo que habla de la naturaleza…” No se trata de cualquier naturaleza –advierte Lacan– en la medida en que el lenguaje está en el mundo, bajo el cielo, se trata justamente de la naturaleza del ser hablante. …Esa naturaleza es la condición misma del hombre en tanto que ser hablante, y por eso mismo lo que se llama naturaleza es el efecto del lenguaje. Como dice Mencio “lo que habla de la naturaleza”.
Entonces, nos aclara Ricardo, aquello que está “bajo el cielo”, es decir la naturaleza, tiene que ver con el significante. Y ahí donde Lacan reitera una y otra vez que la naturaleza es pródiga en semblantes, ahí también es donde podemos situar las diez viboritas de Robertito, sobre todo la décima víbora, la perdida, que así como semblante también causa y poesía.
Lacan se interesa en lo escrito, pero como una huella que a su vez borra: Lini, vocablo que se encuentra en la etimología de la palabra letra, significa tachadura. En el texto Lituratierra Lacan trata del lugar de la letra, su relación con los semblantes y con los efectos de sentido, distinguiendo la letra como no articulada al sentido ni a la cadena significante: “…en tanto a lo que atañe a los efectos del discurso, en lo que atañe a lo que está bajo el cielo, lo que se destaca no es sino la función de la causa, por cuanto es el plus-de-gozar” (Lacan 2009, 56)[4].
A esto Torrejón añade que el goce absoluto es imposible, por lo que el plus-de-gozar es entendido como efecto de la articulación significante y como resto de goce. “Por lo mismo, por su condición de resto, el plus-de-goce se articula o tiene forma con el concepto de objeto a como causa del deseo” (Torrejón 2025, 129).
Para no extenderme más, con lo dicho hasta aquí intento formular una pregunta que posibilite una conversación con el autor: Si es desde lo escrito que se podrán cuestionar los efectos del lenguaje como tal y si lo que nos queda como efecto del lenguaje es un escrito que es siempre equívoco ¿qué posibilidad para el ser hablante, cuya naturaleza es la que habla de la naturaleza, qué posibilidad de hacer con el vacío la causa de resonancia de aquello que queda por inventar desde el propio goce pulsional? ¿Qué posibilidad para la poesía cuya letra no solo representa o significa sino traza huellas y tras ellas produce efectos, qué posibilidad para en su escritura o su lectura abrir a una vía de discurso que no fuera de semblante?
Antes de ceder la palabra a Ricardo, me gustaría compartir algunos de los versos del poeta tarijeño, en los que, sin pretender entendimiento, encuentro profundos efectos:
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[1] Escritora, practicante de psicoanálisis, integrante del Espacio de Psicoanálisis Lacaniano Tarija y de la Iniciativa hacia la Escuela de la NEL.
[2] Antezana Luis H. J. Anverso / reverso: Entrevista a Roberto Echazú. (Tarija, agosto de 1987). En: Poesía completa. Roberto Echazú Navajas. Vicepresidencia del Estado Plurinacional-Biblioteca del Bicentenario de Bolivia. La Paz, 2017 (p.270).
[3] Torrejón, Ricardo. Lo que está en el mundo, bajo el cielo. Nuevo Milenio Editorial. La Paz, 2025.
[4] Jacques Lacan. El Seminario, libro 18 De un discurso que no fuera del semblante. En: Torrejón, R. (2025, 127)
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Texto leído en el conversatorio «Lo que está en el mundo bajo el cielo: Un diálogo sobre el concepto de letra y la función de la palabra en la poesía y el psicoanálisis», en el marco de la 17va Feria Internaccional del Libro Tarija
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