03/27/2026 por Sergio León

Perfil de la Literatura Boliviana

Por Fernando Diez de Medina

La llanura suele andar sola. También la sierra torna a así. Fuerzas contrarias, se repelen. Una apunta al poniente; otra al cenit. Pero en el Ande, paradoja cósmica, pampa y sierra caminan lado a lado.

El altiplano se dilata como un mar; precipítense los montes. Quiebras desgarradas. Muros de basalto hundiéndose en el cielo. El aire fulge. Estallan los colores. Arriba: vientos de tormenta. Abajo: el vértigo. En un collar de cimas que galopa kilómetros, la cordillera enarca ventisqueros: azul cobalto, gris, ocre, ultramarino, jade, tintas róseas. ¡Alteza y pesadumbre de cumbres: la montaña!

Herramientas para escritores

¿Escribes en español? Prueba gratis nuestras herramientas con IA: corrector de estilo, lector beta virtual e informes de lectura profesionales.

Amurallado en su prisión de nieve, el boliviano engendra intimidad. La nieve no es eterno frío. Bajo su alfombra termógena la vida se condensa. Y al llegar el deshielo, furiosos torrentes vivifican los valles. En todo invierno laten primaveras. Por eso el hombre del Ande —que sabe la ciencia de concentrarse— rompe, cuando quiere, su gélida apariencia. Y es el precursor, aunque América lo ignore, porque su voz rebota en cimas y se pierde en la altura.

Tiahuanacu, la piedra más antigua del continente, guarda el tesoro mítico de América. En el Titicaca, lago sagrado, nace el Incario, raza de guerreros y legisladores. Siglo XVIII: los criollos altoperuanos mueren en la horca por una idea de patria. De la Audiencia de Charcas sopla el terral emancipador. Primera en proclamar la autodeterminación de los pueblos, Bolivia es la última en obtener su independencia. Entonces Bolívar, con verbo sibilino, presintiendo una fuerza rectora y entrañable, elije su “hija predilecta”. Bolivia es vigía.

El más grande de los cronistas de convento, durante la Colonia, es Fray Antonio de la Calancha, natural de Chuquisaca, autor, entre otras obras, de la famosa Crónica Moralizada del orden de San Agustín en el Perú, que en punto a ingenio, erudición y fantasía creadora sobrepasa con holgura a sus contemporáneos, con calzar éstos aguda espuela. Otro cronista memorable es Bartolomé Martínez Vélez. Y en los albores de la república, el publicista Pazos Khanki.

El verbo explosivo de Bernardo Monteagudo y Casimiro Olañeta hizo tanto por la independencia de Bolivia como por la emancipación general del continente; sus discursos y proclamas son piezas clásicas, y reflejan el ardor romántico a la ve que la cultura filosófica de Chuquisaca, matriz de la libertad americana. La oratoria, primera expresión romántica de la cultura boliviana, señorea el siglo XIX. Evaristo Valle, Mariano Baptista y Daniel Salamanca fueron, antes que tribunos, creadores de una pedagogía popular.

La república no logra su estructura civil fácilmente. La brusca transición del vasallaje colonial a los moldes democráticos, exige largos trances de convulsión y vacilaciones. Y es al estrépito de contiendas intestinas, en el motín callejero o en las guerras internacionales, donde se templa el pensamiento de la joven nación. Manuel José Cortés, José Rosendo Gutiérrez, Monseñor Taborga, Pedro Kramer, Alberto Gutiérrez y José María Camacho son los historiadores más destacados. En la poesía descuellan Ricardo Bustamante, María Josefa Mujía, Néstor Galindo, Adela Zamudio. Nuestro “Brocha Gorda” —Julio L. Jaimes— es autor de un libro célebre: La Villa Imperial de Potosí. Sin la donosura del anterior, Modesto Omiste es también recomendable por sus Tradiciones Potosinas. El más literato de todos, por esa época, es Mariano Ricardo Terrazas, novelista y ensayista, que sólo ha de ceder campo a Santiago Vaca Guzmán, vasta y cultivada mentalidad, en quien se dieron el crítico perspicaz, el erudito y el narrador de rica fantasía. Vaca Guzmán es una síntesis del polifacetismo boliviano; novelista, historiados, crítico, sociólogo, descuella por la seriedad de su obra: Literatura boliviana, Su Excelencia, Bolivia, origen de su nacionalidad, Su Ilustrísima, Días amargos y otros muchos libros de variada tendencia.

Los aficionados a estudios científicos, deben consultar, en nuestra sobria bibliografía, los escritos del sabio paceño Agustín Aspiazu, noble alma con algo de Paracelso y Alberto el Magno y mucho de la disciplina germánica, que incursionó por todos los campos del saber. Su Teoría de los terremotos, La Meseta d ellos Andes, Sondaje de los cielos, Conocimiento de los tiempo y veinte libros más reflejan su poderoso talento. Al geógrafo francés Alcides D’Orbigny lo consideramos nuestro. Recorrió a Bolivia durante muchos años analizando innumerables características del país. En los tiempos modernos son dignos de consulta Manuel Vicente Ballivián, Villamil de Rada y Belisario Díaz Romero, autor de Tiahuanacu y la América primitiva y otros trabajos de gran valía científica. Díaz Romero y Arturo Posnansky, alemán de origen, autor de Una Metrópoli prehistórica en la América del Sur y numerosos escritos arqueológicos, antropológicos e históricos, son, sin duda alguna, los dos hombres de ciencia más autorizados en la actualidad para controvertir temas del pasado boliviano.

Julio César Valdez inicia la literatura costumbrista con Chavelita, Picadillo y Mi noviciado. José Vicente Ochoa domina el género biográfico. Marina, de Arturo Oblitas, es una novela interesante. Lindaura Anzóategui de Campero, es autora de novelas cortas que acusan un fino lirismo y destreza en la sátira de costumbres; sus libros Huallparrimachi —drama histórico—, Una mujer nerviosa y Cuidado con los celos descuellan por la fluidez del estilo. Para varios críticos, es ella y no Valdez, la verdadera iniciadora del costumbrismo literario.

Se ignora que Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre, es el fresco más vívido de la epopeya emancipadora. De este romance de la independencia, que hoy puede competir con la técnica moderna del relato europeo, dijo Menéndez y Pelayo: “Es la mejor novela escrita en Sud América”.

El polígrafo Gabriel René Moreno, honrado por la Unión Panamericana, es autor de Los últimos días coloniales, testimonio veracísimo de la cultura hispano-criolla en la cual descansa nuestra tradición republicana. Formó pacientemente la bibliografía boliviana. Historiador acucioso, orfebre del idioma, investigador caudaloso, Moreno es fuente inapreciable de consulta. Es una cima en nuestras letras.

Al despuntar el siglo XX, cuando aún se sueña con las brumas del romanticismo, Ricardo Jaimes Freyre erige una de las columnas del movimiento modernista con su Castalia bárbara, versos de alquitarada perfección. Inventa leyes métricas. Compone Los sueños son vida y la Historia del Tucumán colonial. Es el innovador.

Con Raza de bronce, novela del indio boliviano, Alcides Arguedas se anticipa al movimiento nativista que hoy predomina en el continente. Es el precursor de la literatura regional americana, pues Raza de bronce es anterior a La vorágine, Doña Bárbara y Don Segundo Sombra. Historiador del siglo XX, Arguedas es muy discutido, pues su Historia de Bolivia, aunque monumental en el esfuerzo, no tiene la consistencia requerida por el género.

Armando Chirveches es el primer escritor exclusivamente novelista. Abre cause a la psicología social y en cierto modo al naturalismo francés, con sus novelas La candidatura de Rojas, Casa solariega y la Virgen del Lago. Describe hábilmente la vida criolla, conflictos, sentimientos sencillos antes del advenimiento de la civilización mecánica. Es un pintor de su época: Bolivia al nacer el siglo XX.

Al internacionalista y jurisconsulto boliviano, Federico Díez de Medina, lo ha honrado la Conferencia Panamericana de Lima de 1938. Sus obras didácticas educaron a varias generaciones americanas, sobresaliendo sus Nociones de Derecho Institucional.

Hay hombres representativos, verdaderas síntesis de su pueblo. Para nosotros, Franz Tamayo es lo pinacular. ¡Cómo definirlo en cuatro líneas! Político, tribuno, polemista, pedagogo, crítico, periodista, gran poeta, su personalidad avasalladora choca con el medio. Se le discute, se le niega. Mas vienen voces de fuera y le llaman: “Maestro”. Triple naturaleza pánica, conjuga al magíster, al pensador y al artista. Cinco libros aquilinos: Proverbios, La creación de la pedagogía nacional, La Prometheida o las Océanides, tragedia lírica, Nuevos Rubayats, versos, y Scherzos, versos. No hay madurez mental en América. Hablar con Tamayo es un regalo de los Dioses. Nadie le ha superado, aquí, en la penetración del juicio y el vuelo tempestuoso de la imaginación. Es la montaña hecha. Hombre. Abruma y ciega. El drama escapa al ojo. Pero truena su verso apocalíptico y estupeface.

En los últimos tiempor perdimos a Ignacio Prudencio Bustillo, buen ensayista; a Man Césped, prosista lírico de hondo sentir; a Alberto de Villegas, autor de La campana de plata y Sombras de mujeres, exquisito cronista. Y al ilustre don Jaime Mendoza, autros de numerosas obras de estudio, novelas, poesías, que verdaderamente mereció llamarse “maestro de juventud” por su fecunda y valiosa labor intelectual. Más parco en la obra escrita, Daniel Sánchez Bustamante fue el promotor de la reforma educacional. Sus escritos dispersos revelan una mentalidad bien disciplinada y mereció también en justicia, ser conceptuado como guía.

Los diplomáticos bolivianos tienen una fama de ser brillantes literatos. Adolfo Costa du Rels es un novelista de altos quilates: El embrujo del oro, Tierras abrasadas, Huanchacha, etc., abarcan el paisaje y la psicología boliviana certeramente. Desgraciadamente recién se traduce del francés al español. Eduardo Díez de Medina tiene una treintena de libros consagrados a los problemas territoriales de Bolivia; autor de la Doctrina de neutralidad marítima para las naciones mediterráneas, es también fino poeta y prosista de ática elegancia. Enrique Finot sobresale como historiador. Alberto Ostria Gutiérrez, con su Rosario de leyendas y su Casa de la abuela, se acreditó ágil hombre de letras. Gregorio Reynolds, el alto poeta de El cofre de Psiquis, Redención y prisma, forma, con Tamayo y Jaimes Freyre, la trinidad lírica de Bolivia.

La dictadura del espacio impide el panorama completo; apenas doy un perfil. Pero sigamos el esbozo.

Destaquemos, todavía, la inteligencia poligráfica de Gustavo Adolfo Otero, sutil explorador del alma boliviana, cuyos libros numerosos deben buscarse para comprendernos mejor. Crítico, cronista, investigador formal, Otero es un animador de nuestra literatura y sin duda, hoy por hoy, el espíritu mejor informado de su pasado y su presente. Mario Flores, Humberto Plaza, Antonio Díaz Villamil, Víctor Ruiz se destacan como autores teatrales. Juan Francisco Bedregal, sociólogo, cuentista y delicado humorista, tiene La máscara de estuco y Dibujos animados. Carlos Medinacelli y José Eduardo Guerra son los ensayistas más importantes de la Generación del 900; el último, con meritoria labor publicada, aventaja al primero porque su pluma rehúye el alarde erudito para afirmar una síntesis ordenadora. Guerra es también un delicado poeta. El costumbrista Alfredo Flores y el novelista de aventuras Diómedes de Pereyra son dos expresiones interesantes. Roberto Prudencio es un buen crítico. Y Guillermo Francovich, autor de un brillante Esquema de la historia de Bolivia, de Supay y de Los ídolos de Bacon, alcanza el primer lugar entre los ensayistas jóvenes, por su cultura filosófica y la elevación de su pensamiento.

La Guerra del Chaco dio vigorosos brotes. Los novelistas Oscar Cerruto, Augusto Guzmán, Augusto Céspedes, Eduado Ance Matienzo, Porfirio Díaz Machicao y Raúl Botelho Gonsálvez, el benjamín de nuestros narradores, que con Borrachera verde y Coca anuncia ya un auténtico escritor. Jorge Canedo Reyes, Raúl Otero Reiche y Luis Mendizábal son poetas de fina sensibilidad. Por la prosa se perfilan Carlos Dorado Chopitea, José Romero Loza, Luis Iturralde Chinel, Humberto Guzmán, Alberto Zelada, Raúl Diéz de Medina, Ismael Sotomayor, Federico Avila y muchos más.

Un puñado de libros como introducción a nuestra literatura: Juan de la Rosa por Nataniel Aguirre; Los últimos días coloniales por Gabriel René Moreno; Tradiciones potosinas por Julio L. Jaimes; Castalia bárbara por Ricardo Jaimes Freyre; La candidatura de Rojas por Armando Chirveches; Scherzos por Franz Tamayo; Raza de bronce por Alcides Arguedas; Itinerario espiritual de Bolivia por José Eduardo Guerra; El Macizo boliviano por Jaime Mendoza; Estampas bolivianas por Gustavo Adolfo Otero; Sangre de mestizos por Augusto Céspedes; Historia de la novela boliviana por Augusto Guzmán.

La sierra dio escritores de garra. Ahora viene la surgencia de los valles y del trópico. Iniciado el proceso geocíclico de la interpretación terrígena, todos los géneros literarios se renuevan desde el relato como medio de protesta social hasta el exceso vanguardista. Campo donde chocan tres culturas —indio, mestizo y europeo—, Bolivia posee intacto su temario vernáculo. Arquitectura, paisaje, música, plástica, espíritu aguardan todavía al descubridor. La fuerza múltiple del Ande sacude al viajero. Su clima mítico enciende todo lo que toca. Aquí el estudioso arde en sorpresas. Pero América ignora a la montaña. Y mientras la costa atlántica disuelve el yodo y la sal cosmopolitas, a cuatro mil metros los hombres labran en basalto el drama de un pensar remoto que nace en Tiahuanacu. Bolivia, tierra de misterio, tiene imantación de siglos. No hay que olvidar la voz de la montaña.

La Paz, 1941

Extraído de «Revista Iberoamericana»