Por Oscar Martínez
Noventero y medio jaila, como mochila Jansport, la novela policial Boliviana ¿Dónde carajos está Litovchenko? tiene un no sé qué apta solo para entendedores.
Digamos que no siempre puede rastrearse sus inicios e influencias en Chandler y yendo muchísimo más atrás, quién sabe, a lo elemental del querido Watson con Sir Arthur Connan Doyle. Ya Juan Recacoechea ha jugado con los misterios, desapariciones y sórdidos asesinatos mientras detrás de las bambalinas del delito juega el contexto urbano tan especial de una La Paz de los años 70s y 80s con el comedor La Bolita de fondo o bares de neonazis y paramilitares por el antiguo centro de la ciudad.
Luego el detective Santiago Blanco de Gonzalo Lema siempre dispuesto a zamparse unas salteñas o un silpancho mientras sigue a sus potenciales sospechosos en la calidez del Valle Cochabambino.
Sospecho, también, ya que estamos en esas, que ¿Dónde carajos está Litovchenko? es un chenko extremadamente celeste y referencial de hechos, lugares, circunstancias y objetos situados probablemente en fines de los años 90 en una La Paz moldeada aún por lugares comunes. Dejos de un pretérito entrenador del Bolívar —acá Vitaly Schevchenko— es aprovechado de manera magistral para construir un entramado lleno de memorables excesos y un humor criollo que de inicio es trepidante para luego volcarse en sus momentos de pausa, en reflexiones sombrias de la condición humana y la nostalgia.
Un punto alto es el lenguaje de esos años que no desentona para nada, merito que no es menor si tomamos en cuenta que es una novela escrita a cuatro manos y dos cabezas, que aunque hermanas, entretejen a lo siamés una historia digna del Telepolicial con la voz de Cacho Ordoñez.
También se invita a elaborar un breve diccionario de términos noventeros. En lo personal, disfruté el hecho de que siempre haya una o varias canciones para los diversos capítulos, cosa que uno se ponga en atmósfera y ya extraña el otrora pasaje de las flores o el pasaje Figueroa con techo de calamina plástica verde y su eterno olor a aceituna y enrollado.
Ya se extraña extraviarse en los laberintos de Los Pinos y aunque la infidencia se perdone, los mitos de ciertos burdeles sopocachences muy al estilo de Eyes Wide Shut en versión local para ministros y pudientes en general.
En la carta del Elis del Prado ya no existe el Baby Beef (tampoco el escalope Mario Martínez) y como diría el Llokalla Jailón: todos los Orestes se parecen.
¿Al final qué queda? El alivio de no sobre explotar la marginalidad, sino de atreverse a crear un relato de largo aliento repleto de diálogos y situaciones rimbombantes. Apta para una próxima película nacional de las memorables.
Cosa extraña. A medio engullir la novela, llega el Tractor Amarillo al taller mecánico de mi señor padre y pienso que esa es la magia de la literatura y de la novela en este caso.
Irse lejos con la imaginación y saludar en los recovecos de la memoria a nuestros amigos y nuestros viejos y preciados vicios.
P. D. Deberíamos pedir que repongan el Show del Coco o la mañana empresarial en la Uyustus y de paso que se restablezca la feria navideña desde el Hotel Presidente hasta los pollos Copacabana.
¿Dónde carajos está Litovchenko?, una cabal y desternilllante oda al despropósito hecha novela de giros maestros.
Una novela que se anota con Ladies’ Night, Alguien más a cargo, Toda una noche la sangre y El Alto bajo cero como una colección de arrebatos negros que entretienen mientras nos reflejan.
9 cubas en mamadera adentro de un condón sobre 10.
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