09/02/2026 por Sergio León

La palabra que no está

Por Marcelo Paz Soldán

Canto al bosque se disfraza de un libro sencillo: cuarenta y nueve poemas, cada uno dedicado a una planta, con el guaraní en la página par y el castellano en la impar, y al pie el nombre científico de la especie. En doscientas dieciséis páginas escritas desde dentro del guaraní, las palabras «chiriguano», “camba” o “Santa Cruz” no hacen acto de aparición. Tampoco hay Kuruyukis o guerreros. El registro épico del que el discurso sobre el departamento se hizo heredero a fines de los años cuarenta —el bravo chiriguano que detuvo al imperio, la sangre valiente convertida después en apellido de familia blanca— está fuera del libro.

Lo que ocupa su lugar es otra cosa: leña, chicha, dolor de cabeza, nidos, máscaras, una abuela que cocina uruma. La tuna a la que hay que quitarse el sombrero porque, dice el abuelo, «es tu tío». El olor del breo con que se cuecen los cántaros. Un frejol que se llama kumanda. El monte de Caurey es más bien cercano: pues aquí hay guaraníes vivos y hortelanos, alejados del registro mítico.

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Hay un segundo detalle importante: en todo el libro aparece una sola categoría para nombrar al que no es guaraní: karai. Una vez, con nota al pie, en la página treinta y uno. No «camba», no «colla», no «blanco». Aparece asociada a los rieles del tren y al agotamiento del quebrachal: muchos utilizados para cama de rieles de los karai. El sistema de clasificación de este libro sitúa al no guaraní del lado de la infraestructura extractiva antes que del lado de la sangre.

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Hay que leer la página par. El castellano de este libro funciona como poema, pero el guaraní carga cosas para las que ninguna lengua tiene dónde ponerlas, y quien lea únicamente la página impar se va a perder parte del libro que Caurey escribió.

Un ejemplo: en el poema pórtico el guaraní dice cheñee jare chearakuaa oñeñono kavi jokope. Ahí están dos palabras que el castellano no tiene. Ñee es palabra, voz, lengua; de hecho el título sale de ahí, ñeepotɨ, flor de la palabra. Y arakuaa es el saber que se forma por transmisión, el que da el abuelo, el que dan también las ramas y las brisas. En este libro las plantas tienen ñee: sus voces me llaman. Y educar se dice haciendo arakuaa a la gente, que es lo que hacen los enmascarados a latigazos de pica-pica en la fiesta, y lo que hacen las abuelas con sus advertencias.

De todos esos términos, el más útil es iya: dueño, espíritu tutelar de una especie o un lugar. Aquí no es una noción etnográfica sino un compromiso que se asume. Con mucho respeto me he puesto el nombre de «Karandaɨ«, para cuando muera ser el espíritu tutelar de la palmera. Caurey se nombra con nombre de planta y anuncia en qué va a convertirse. No es metáfora. Es un contrato.

Y está la Ɨvɨ Maraëɨ, la Tierra Sin Mal, que en la literatura sobre los guaraníes suele aparecer como destino de migraciones y horizonte inalcanzable. En este libro aparece una sola vez, y aquí: bajo una mora, comiendo el fruto caído junto con los animales. Me siento como si estuviera en la Tierra Sin Mal. La tierra prometida no está adelante ni arriba. Está debajo de un árbol, en temporada.

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Este libro registra la desaparición del monte chaqueño sin una sola cifra. Lo hace por acumulación, y planta por planta. En el quebrachal me encuentro, / solo quebrachos pequeños encuentro. En el poema de la cacha se escucha: ¡mbuu! ¡mbuu! escucho el sonido de las máquinas, / vienen tumbando árboles de cacha. Conviene notar que ese mbuu es palabra guaraní: en este libro el monte se conoce por el oído antes que por la vista, y las onomatopeyas son lo único que pasa intacto entre las dos lenguas. Solo sembradíos encuentro en los mistolares. En las ciudades ya no se ve pachío, lo han reemplazado con plantas de otros lugares.

Casi todos los poemas terminan en imperativo dirigido a las plantas: no te extingas, no dejes de florecer, vive por siempre para nosotros. El libro es, formalmente, una serie de ruegos para que no desaparezcan. Pero el dato más contundente está en una nota al pie. En la entrada de la espina rastrera, el aparato informa que la planta no pudo ser hallada ni fotografiada «debido a la sequía de este año». Un libro que fotografía una por una cuarenta y nueve especies tiene una página en blanco. La sequía se hizo presente en el aparato crítico del volumen.

El libro constata la destrucción, pero nunca nombra al responsable: hay madereros, máquinas y «el hombre codicioso», pero no hay política ni empresa ni ley. Publicado en 2020, después de los incendios de 2019 (que un poema roza, ¿te pone triste / el incendio del bosque?, y que un niño declamó en Charagua en octubre de aquel año), elige no decir quién quema. Eso le toca al lector hacerlo.

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Cuando uno mapea la narrativa boliviana de este siglo por territorios —Sucre, Cochabamba, Santa Cruz, La Paz y El Alto— y traza las escenas y las voces de cada una, este libro no entra en ninguna casilla. No es urbano y no está escrito en castellano. Y sin embargo documenta un circuito literario: un distrito educativo, un festival de literatura en guaraní y castellano, un concurso, un niño que gana el primer lugar declamando uno de estos poemas.

Ese circuito existe, produce y premia, y no aparece en nuestros mapas. El pie de imprenta de este libro, que no dice Santa Cruz ni La Paz sino Territorio Guaraní, es lo más parecido a una respuesta que vamos a obtener.

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