La mujer que amaba a Stephen King
Por Mariana Ruiz Romero
Para Chimamanda Ngozi Adichie
Herramientas para escritores
¿Escribes en español? Prueba gratis nuestras herramientas con IA: corrector de estilo, lector beta virtual e informes de lectura profesionales.
La verdad siempre te quise hablar, pero no me animaba. Vi que estás en nuestro grupo, ¿sí? Pero no hablas nunca. Estás leyendo “La sangre manda”, de Stephen King, y la otra vez tenías otro, “Duma Key”, por eso te quiero hablar ahora, ¿te gusta? ¿Ajá? A mí también me gusta. Es un horror tan amoroso, tan maestro, especialmente cuando describe a mujeres furiosas y dispuestas a todo, como en “Rose Madder”, o “Dolores Clairborne”. ¿Sabías que era alcohólico y drogadicto y escribió “Cujo” totalmente drogado? ¿no sabías?
Odié Cujo, odié a esa mamá cobarde que pierde a su hijo, ese pobrecito que confiaba en lo que le decían y creía que un papel lo iba a salvar. Odié que no matara al perro antes, odié ese final pavoroso en el que convulsiona y no hay nada que hacer, ¡carajo! Si ella hubiese sabido, mataba a ese perro con sus propias manos, le desencajaba la mandíbula, le comía el corazón ¿sabes?
Yo creo que a ninguna de nosotras le gustará Cujo. Ya bastante culpa sentimos por que se nos hayan muerto los nuestros. Claro, tienes razón, las coordinadoras nos dicen que no es culpa nuestra que se nos hayan muerto, que un cáncer, un accidente, un asesinato no se pueden prevenir. Pero nosotras sabemos: eran nuestros, sólo nuestros, y fallamos, es lo mismo que matarlos, ¿verdad?
A veces le digo a la gente que me voy a mi reunión de Alcohólicas Anónimas, porque nos parecemos un montón: hay vergüenza, hay dolor, hay frases que se repiten una y otra vez, que tal vez algún día se vuelvan ciertas, y hay, somos, demasiadas.
Todo lo que sé de Alcohólicos Anónimos lo sé por King ¿sabes? Él dice siempre (como en “Dr. Sueño”, qué grande) que lo difícil es quebrarse: subirse al podio, decir tu nombre, admitir que estás ahí porque necesitas ayuda. Los AA la tienen más fácil: chocan el auto, se tiran la plata, se tiran a alguien, y sienten que no valen nada, que han hecho el ridículo, que son una mierda, pero pueden cambiar, pueden hasta salvarse.
Ya quisiera yo ser alcohólica, me encantaría el desprecio, el cuchicheo, la maldad en los ojos de los demás, todo menos sus “pobrecita”, sus “es un angelito”, sus “qué fuerte que sos”. Preferiría ser una mala de telenovela y que me odien, que me insulten. Esta cosa cobarde me mata, esa satisfacción oculta, esas que se apartan por si lo que te pasó fuera contagioso. ¿Viste que es así? Vos te das cuenta. A veces parece que sólo puedes definirte desde ese lugar de la mamá, y cuando algo falla, como nos pasó, no hay definición que te encuentre. Como si te borraran de plano y dejaras de existir. Como si fueras una falla o una bruja, y eso se lee detrás de los ojos de los “pobrecita”, no de todos, vamos, pero hay gente así, que se alegra por no ser vos.
Me gusta venir a verlas chicas, siempre. Me gusta sentirlas, aunque estén tristes, o enojadas, o furiosas. Me encanta. Especialmente no tener que dar explicaciones. Eso es lo mejor. Me dan envidia las que vienen en pareja, ¿a vos también? Qué lindos son los hombres que no se comen su dolor, que abren la boca, que se expresan. Como Stephen King.
***
Y vos, contame, ¿de qué murió, tu hijo?
La Paz, 16 de agosto del 2023
Fuente: Ecdótica