Por Leonardo de la Torre Ávila
Tres líneas se cruzan en la trama de esta novela. La noche en que terminé de leerla, soñé que aterrizaba entre sus personajes y algunos de ellos me pedían que resolviera su línea, entreverada con las demás. El sueño, que había empezado bien, se convertía en pesadilla: “¿Usted puede hacer algo?”. “¿Ahora sí me ayudas con mi asuntito?”
No tendría que haberme angustiado tanto, la verdad. Al lector de La exactitud del instinto migratorio de los pájaros (Nuevo Milenio, 2026) la audacia se le supone; pero las líneas de la trama ya le llegan bien amarradas. Paz la ha tejido sin mostrar, permitiendo a quien lee descubrir por su cuenta y maravillarse en el proceso, como sucede, quizá, en la buena literatura.
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Sin matar las sorpresas (porque la novela ya lleva dentro suficientes muertes), desentrañemos un poco esos tres hilos. En primer lugar, la línea de un hecho casual y absurdo. En esa línea aparecen el bueno de Fibel, que narra hasta donde puede, el Cristopunk, los adolescentes y la mecha corta de la locura y la violencia. El narrador, que al menos al inicio es un tipo sensato y acaso bueno, intenta entender y, sin saberlo, corre calle abajo hacia el fin de una situación delirante dentro del micro de un tal “Pesopluma”. Ahí, el fondo invoca revoluciones en la forma, como la de una genial tabla comparativa que hasta ahora no se había “insertado” en la literatura boliviana, que yo sepa.
Luego, la línea del tal Pesopluma; o aquella en la que alguien trata de reconstruir qué pudo haber pasado realmente con ese personaje. Aquí lo primero que te mueve el piso es el coro de voces paceñísimas de uno y otro testimonio. El registro del habla es admirable. Sin caer en imitaciones burdas, algún detalle de la forma en que esas y esos entrevistados construyen o piensan sus frases nos recuerda que estamos ante un escritor que escucha.
En esta línea coral, van cantando, en términos principalmente jurídicos o policiales, múltiples voces. Hablan sobre el sindicato, sobre el Cubil de La Paz y el Cubil de El Alto, sobre unos maletines de contenido desconocido, sobre las manías o prácticas del Pesopluma (alguna entrañable, otra insensible). Entre ellas, dirigidas a un entrevistador que luego no transcribe sus preguntas, resuenan la del Salmón, la del Tesorito, la del Pepenador, la del Apóstol y la de Irma, pretendida por tantos. En medio de ese murmullo asoman también, conectando con la línea siguiente y con la anterior, los dos inefables abogados Mamani, el flaco y el otro.
Finalmente, la dolorosa línea de Sue Lang. Contándonos sobre ella, otra vez el narrador evaporado, capaz de describir lo que ve con una poesía que duele, el que parece estar esperando a Sue entre turno y turno de su trabajo de mesera y lavaplatos de chifa, para seguir pidiéndole que hable, que lo suelte todo. Al mirarla, aparentemente embarrada por los Mamani, sentimos más de una vez ganas de preguntar: ¿pero qué hace esta pobre gringa metida ahí? No hay que engañarse: a ella no la alcanza ya nada. Es otra la historia que lastró sus alas de pájaro migratorio. El secreto aludido y eludido… Sabíamos que tenía que ser algo terrible; pero ¿tan terrible tenía que ser? No hay consuelo posible.
Hablando de aves migratorias y con perdón de Sue, debo confesar que todavía no termina de convencerme ninguna de las explicaciones que encuentro sobre la elección del título. Me disculpo por el atrevimiento. La elección no tendría por qué justificarse, por supuesto. Además, quizá, algún día, me llegue la respuesta personal que espero.
Tal vez la encuentre cuando relea la escena final de la novela. Hay allí un ave, y un autor capaz de hacer lo que le da la gana. Las líneas tramadas para siempre nos han atrapado, el ambiente nos ha hipnotizado; estamos rendidos ante la jugada: funcionará cualquiera que sea su remate. Y ésa es, quizá, otra de las cosas que pasan sólo en la buena literatura.
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