Por G. Munckel
(Texto leído en la presentación de la 3ra. Edición de Los hijos de Goni, Cochabamba, abril 2026)
Desde Cochabamba, desde una distancia que ni siquiera es tanta (son menos de ocho horas en flota), La Paz y El Alto parecen la misma ciudad (y quizás hasta hace algún tiempo, que ya no es poco, lo fueron). Desde El Alto, en cambio, La Paz a veces parece otro país. Está allá, lejos. Y hasta allá, lejos, viajan algunos alteños para trabajar. Es por eso que La Paz está llena de pedazos de El Alto —los mercados, por ejemplo, o los micros—, tal como nos cuenta Quya Reyna en «La “ciudad”», la última crónica de Los hijos de Goni, en la que nos dice que conoció esa otra ciudad a sus nueve o diez años, y en la que, descubrió, se sentía como una extranjera.
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Esa niña, luego adolescente, después una mujer joven, es la protagonista de este libro.
La niña que lleva unos cuantos chuños y un huevo frito al apthapi de su curso, la que aprende que incluso llevando poco puede irse con mucho porque así funciona la comunidad, y esa noción del apthapi se nos revela —a través de su mirada— como una metáfora de la identidad alteña.
La casi adolescente que, empujada por la vergüenza de no poder llevar a una clase lo poco que le pedían para hacer un queque de plátano (y que, en realidad, no era poco; no para ella y no para muchos), acaba robando dinero en su casa. Un dinero que le permite satisfacer, por fin, sus antojos. Una traición grave que además tiene un antecedente funesto en su familia.
La joven que, en su etapa medioambientalista, rescata un perro malherido con la intención de ayudarlo o, en el peor de los casos, darle un entierro digno —cosa no tan fácil de hacer como podría suponerse— y que acabará compartiendo su cuarto diminuto, en el que ni siquiera tiene un catre, con un cuerpo en pleno proceso de descomposición.
En Los hijos de Goni hay inocencia, vergüenza y brutalidad narrada sin asco. También hay humor, ternura y bronca cuando corresponde. Y hay, sobre todo, honestidad. Porque Quya Reyna escribe diciendo las cosas como son, tal como las experimenta en su casa, en la calle, en el mercado, en el día a día de la ciudad que retrata. «Esta no es una historia para dar una lección moral a los lectores. Más que todo, los aymaras somos personas en constante miramiento, luchando por ser mejor que el otro».
Quya Reyna usa la crónica y la autobiografía como herramientas para contar algo más grande, analiza una pequeña parte para representar el todo. Va de menor a mayor: escribe sobre ella misma y su familia como una forma de mostrar El Alto, de profundizar sobre lo complejo de la identidad alteña.
En sus relatos, se repasa la historia más reciente de una ciudad que todavía es vista como margen, como periferia; se reflexiona sobre sus dinámicas económicas, sobre sus valores y sobre sus heridas sociopolíticas. Después de todo, estos son textos políticos, pero están muy lejos de lo panfletario. Porque justo cuando en cualquier otro texto cabría esperar algún tipo de enseñanza moral… salta la astucia, la frase que le da vuelta a la anécdota. Y eso es algo que se agradece, no solo por la frescura de una buena historia, sino también porque, en vez de tratar de aleccionarnos, nos muestra un retrato más honesto, más complejo de la naturaleza humana. Y, de paso, nos saca una buena carcajada.
No es poca cosa que un libro serio tenga la capacidad de hacernos reír. No es poca cosa que un libro tan divertido, tan tierno, nos invite a cerrarlo por un momento tras leer cualquiera de sus textos y reflexionar sobre la realidad de una ciudad que está aquí a la vuelta, tan lejos. Y, sin embargo, uno de los méritos de Los hijos de Goni es que tiene la capacidad de salvar esa distancia.
Por último, la tercera edición de Sobras Selectas trae algunas yapas interesantes. En primer lugar, al medio del libro hay una crónica extra, «Ciudad Satélite» —sobre la venta ambulante en los mercados, sobre el miedo a la crueldad de algunas vendedoras con puesto fijo, pero también sobre la solidaridad y la camaradería que surge entre ellas; un texto que además funciona como la continuación de una crónica anterior, «La ratera»—. En segundo lugar, incluye una serie de ilustraciones bellísimas de Ana Gabriela Huiza que acompañan cada texto, resaltando su esencia y también su lado más conmovedor. Y, en tercer lugar, a modo de epílogos, hay dos críticas lúcidas escritas por Marco Avilés y Rodrigo Urquiola que reflexionan sobre la relevancia de este libro.
Por eso hay que celebrar esta tercera edición de Los hijos de Goni, que —estoy seguro— no va a ser la última. Y hay que esperar que Quya Reyna publique de una vez un nuevo libro. Yo ya lo estoy esperando.
Fuente: Ecdótica