05/13/2026 por Sergio León

Finales

Por Bernardo Paz

A1

Cuando son presentados, él hace un comentario ingenioso porque quiere caer bien. Ella suelta una risotada estrepitosa porque quiere caer bien. Luego los dos toman sus coches y se van solos a sus casas, mirando fijamente la carretera, con la misma mueca en la cara.

Al hombre que los ha presentado no le cae demasiado bien ninguno de los dos, pero finge que sí porque le preocupa mucho tener buenas relaciones con todo el mundo. Después de todo, nunca se sabe, ¿verdad que no? ¿Verdad? ¿Verdad?

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B

Para cuando ella ya ha hecho yoga, meditado, desayunado y tomado una ducha, él apenas encuentra las fuerzas para levantarse. Mientras arrastra los pies hasta la cocina, le pide a su casa inteligente que le prepare un café negro, sin azúcar y sin vitaminas añadidas –pura cafeína y agua, como Dios manda–. En su casa no-inteligente, ella bebe un jugo energético. Luego conduce un Prius con dirección a su oficina; escucha un podcast sobre identidades no-binarias y avanza con una pequeña mueca en la boca, deja nacer el primer atisbo de emoción por la fiesta de esta noche.

Tras vaciar la primera taza de café en su estómago, pide otro y sube a su terraza; la vista lo sorprende, la ciudad se difumina tras una fina capa de contaminación que parece un velo de novia. Ella hace un pequeño desvío para recoger de la tintorería el vestido que usará esta noche; es blanco, lo compró online en un arranque de desesperación –suele tenerlos por las noches, cuando la soledad se le hace insoportable–. Él aún no recuerda que debe ir a una fiesta, lo hará más tarde cuando llegue la hora-mala, ese instante entre la tarde y la noche donde la ansiedad revienta en su pecho y hace que sus manos tiemblen.

Han pasado tanto tiempo solos que conocer a alguien despierta en ellos una euforia primitiva. No es común sentir que sus vidas podrían cambiar para siempre, o no hacerlo en absoluto.

[Todo sigue como en A].

C

Lo recibe cada semana en su departamento. Les resulta difícil ser discretos porque Jaime es parapléjico y su silla de ruedas golpea muchos lugares en su camino de entrada y salida del ascensor transparente y sus llantas rechinan cuando avanza con lentitud por los pasillos. Rueda hasta la puerta de madera que golpea (indefectiblemente) tres veces con sus nudillos. Jaime tiene cincuenta y ella solo veintitrés. Jaime le dice que la ama más que a Marta, su esposa. Y luego la mira como un cachorro.

Ella no discute las incongruencias de sus halagos pues, en realidad, solo le abre su cama porque se siente culpable por haberle arrebatado, en poco tiempo, el ascenso que él venía persiguiendo por más de una década. Ella no piensa en Jaime, piensa en el jefe de ventas; lo ama en secreto. Cada mañana el jefe de ventas le lleva un bubble tea de fresa a su secretario y lo saluda con una sonrisa afable. Quisiera ser ese secretario, aunque ahora ella ostente un puesto mucho más alto y no le guste la idea de ser coja como él. Quiere la atención y la sonrisa del jefe de ventas. Él, el jefe de ventas, parece alguien considerado, a diferencia de Jaime, que cuando la visita ni siquiera le quita la ropa y solo le habla de sus problemas maritales con Marta y de cómo sus hijos le han perdido el respeto. Ella se pregunta si él, el jefe de ventas, estará casado, no lo sabe porque nunca cruzaron palabra, pero sospecha que no lo está.

A fin de año, el jefe de ventas, organiza una fiesta para la oficina. Su secretario cojo es el encargado de entregar las invitaciones. Ella lo recibe en su despacho y, para caer bien, bromea: “he visto el trato que tienen él y tú; es intolerable”. El secretario no entiende la inflexión irónica y repite el mensaje a su superior con una advertencia añadida: “creo que sabe de lo nuestro”. Él, el jefe de ventas, promete que hablará con ella, que le pedirá a Jaime que los presente y que todo estará bien, que la disuadirá de acusarlos con Recursos Humanos.

Jaime llega temprano al departamento, golpea tres veces la puerta y, cuando ella abre, dice que no irá a la fiesta porque escuchó que su jefe quiere hablar con él y teme que finalmente lo despidan. Ella acaba de salir de la ducha y ahora se arregla con más empeño sabiendo que Jaime no irá y que el jefe de ventas si estará ahí. Jaime discute a gritos con alguien por teléfono. Ella se mira en el espejo y no promete volver sola a casa esa noche.

Ella le pide a Jaime que cierre la puerta con llave antes de salir y se va a la fiesta sin despedirse. Jaime toma el ascensor hasta la azotea del edificio y encuentra la forma de arrastrarse y lanzarse al vacío. Al día siguiente, será Marta, su esposa, quien recoja la silla de ruedas de ese edificio lleno de ojos y la baje ruidosamente por el ascensor transparente.

[Todo sigue como en A o como en D].

D

Mónica, jefa del departamento creativo, y Carlos, jefe de ventas, se conocen en la fiesta de fin de año. Ambos terminan sus compromisos previos, uno de manera más trágica que el otro. Ahora tienen una relación excepcionalmente buena. Mónica y Carlos tienen una estimulante y a la vez desafiante vida sexual. Se sienten capaces de resolver cualquier problema. También tienen amigos que valen la pena y un gato. Todo marcha bien hasta que, un día, Carlos siente una ligera punzada cerca de su ingle.

Diez años después, la punzada es un tumor maligno instalado en la próstata de Carlos. Todos los ahorros se evaporan en unas cuantas operaciones y, sobre todo, en medicinas. La personalidad radiante de Carlos va mermando, Mónica lo ve cada día más viejo, más débil, malhumorado. Ella consume esa energía y también se ve a sí misma vieja, débil y malhumorada. Duermen en cuartos separados, el gato siempre con Carlos.

Tres años más tarde, Carlos muere. Una parte de esta historia trata sobre cómo ella supera esa pérdida, escribe un libro sobre su experiencia y se consagra como una escritora medianamente conocida en su ciudad.

Pasan siete años más y Mónica piensa que jamás habría imaginado celebrar sus cincuenta frente a la tumba de Carlos, comiendo su pastel favorito y bebiendo un bubble tea de fresa. Un hombre cojo se le acerca y le pide un autógrafo. Ella siempre se porta exageradamente amable con sus lectores. Ríe estrepitosamente ante cualquier comentario porque quiere caer bien. El hombre le pregunta si le importaría tomarse una fotografía con su amigo, que espera en el auto porque es tímido. Ella acepta.

[Todo sigue como en A o sigue como en E].

E

Una escritora medianamente famosa en su ciudad es secuestrada por un fanático literario despechado. Él la lleva con engaños hasta su coche y, una vez ahí, desenfunda un arma y la obliga a meterse en la cajuela. Es muy temprano y están en medio de un enorme cementerio: nadie ve nada.

Se mueven por una carretera expedita, ella patea sin dirección y golpea con los puños todo lo que alcanza. Intenta gritar, pero lo único que consigue es que su secuestrador suba el volumen del podcast sobre identidades no-binarias que está escuchando. La autora, en el fondo, muy en el fondo, en un lugar hondo que ella repudia, sabe que si sobrevive tendrá material de oro para su próximo libro; incluiría lo de las identidades.

Su secuestrador la encierra en un sótano helado. Pasan días. Ella solo bebe agua, su cuerpo rechaza la comida enlatada que aparece en alguna de las gradas que la separan de la casa donde pasea su secuestrador, cojeando como un pirata. Pasan más días. Soportar el hambre se ha convertido en un ejercicio mental, su cuerpo está adormecido. No sabe qué hora es, ni qué fecha. Sus únicas certezas son que tiene cincuenta años y está a punto de morir. Pasan más días. Ella busca una esquina, se encoge en posición fetal y, en la oscuridad, ve desfilar ante sus ojos la etapa más feliz de su vida, cuando tenía veintitrés, mientras en un último soplo de energía se reprocha a sí misma que sus últimos minutos sean un cliché.

[Todo sigue como en C o como en F].

F

Todo lo anterior es muy trágico, ¿verdad que sí? ¿Verdad? ¿Verdad? Está bien, piensa en esto.

Acurrucada en posición fetal, una escritora medianamente conocida que ha sido secuestrada hace una semana por una expareja de su fallecido esposo, escucha un sonido inusual desde el sótano en el que se encuentra. No es su captor dejando comida o agua, son varios golpes seguidos y violentos. Se arrastra y le toma unos minutos darse cuenta de que el cojo está acostado al pie de la escalera y tiene el cuello roto. La poca luz que le llega de afuera perfora sus retinas. Un golpe de adrenalina invade su cuerpo y la ayuda a salir del sótano dando tumbos. Amanecerá en unas horas.

La escritora camina sin rumbo. Un auto la sigue. Ella se detiene. El auto frena, es un taxi. El conductor saca el cuello por la ventana y le ofrece llevarla.

El asiento de cuero y la calefacción abrazando su cuerpo la llenan de emoción. La escritora llora y pide al conductor que la lleve a un hospital, pero no recibe respuesta. El conductor la mira por el retrovisor. Ella empieza a cuestionar el alivio que siente.

“Oiga, usted es esa escritora… usted es Mónica… Mónica Atwood, ¿cierto? ¡Sí, claro que es usted! ¡Mi sobrino no se va a creer esto! Es su fan más grande. Yo no he leído nada suyo, pero mi sobrino tiene sus fotos en las paredes de su cuarto. ¿Puedo tomarle una foto?”. La escritora Mónica Atwood no encuentra palabras.

El taxi frena en la entrada de un pequeño hospital. “Mire, señora, esto es lo que va a pasar. Sospecho que no tiene con qué pagarme y sospecho también que acabo de salvarle la vida o algo parecido. No voy a cobrarle, pero a cambio le pido que acepte tomarse un café con mi sobrino. Este lunes es su cumpleaños. Sé que no defraudará a su fan número uno. Finalmente usted tiene comida en la mesa gracias a sus lectores, ¿verdad que sí?”.

[Todo termina como en A].

Cuento originalmente publicado en el número 16 de la revista El Zorro Antonio en octubre de 2022.

 

 

1 Fragmento adaptado de: Wallace, David Foster (1999). “Historia radicalmente concentrada de la era posindustrial”. Entrevistas breves con hombres repulsivos. Barcelona: DeBolsillo.

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Fuente: https://www.88grados.com/articulos/797_finales