Por Fernando Barrientos
“Prácticamente me han obligado a vivir en el Cementerio”, dice Julio Barriga con ese tono entre sardónico y resignado que caracteriza su voz. El Mirador de la Loma de San Juan —sitio clave en su infancia y primera adolescencia— fue recién derribado junto a la mayoría de sus árboles y en su lugar construirán una mole de cemento. Como no usa electricidad hace tres años —desde que se peleó con un vecino del conventillo en el que vive— Barriga se ha refugiado bajo la luz sosegada del Cementerio General de Tarija para entregarse a uno de sus vicios más acentuados: la lectura. Caminamos hasta el fondo del pasillo principal. Observo a Barriga y pienso que está más calvo, más flaco y más viejo que la última vez que lo vi. De pronto se desvía veloz y lo sigo mientras salta sobre tumbas olvidadas —ávido de velas sin consumir, que embolsilla pese a mis reclamos. Reanudamos el recorrido. Pronto nos detenernos frente a un pequeño mausoleo que en su interior guarda una batería en miniatura —con platillos y todo— lista para un concierto. Al aproximarnos a la parte más antigua señala hacia un sector indefinido de nichos y tumbas: “Acá siguen descansando los jailones”. Reímos rompiendo el silencio sepulcral. Añade que por unos pesos se animaría a ser guía del Cementerio.
Al salir, Barriga traspasa las rejas de un jardín público, saca su navaja y corta una rosa roja que lleva entre los dedos mientras volvemos por la calle D’Orbigny. En las tres cuadras que restan hasta su cuarto algunos vecinos lo saludan por su nombre y él apenas responde con un movimiento de cabeza o un balbuceo displicente. ¿Cuántos en este su querido barrio sabrán que es un poeta?
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Llegamos al conventillo de fachada de adobe de la calle Ballivián —uno de los últimos que quedan en el centro de la ciudad— donde Barriga ocupa una habitación, solo. Entramos. Sobre el catre de una plaza deja la mochila roja en la que carga libros y anotaciones en papeles sueltos (y a veces frutas o vodka). Pone la caldera para tomar mate. El cuarto —de techos altos pero apenas separados por el piso de madera de la planta superior— alberga un olor denso producido por la mezcla de muchos olores ácidos, agudos y pesados en encierro. Es un ambiente chocante e indefinible, un golpe al olfato. El hueco del vidrio roto de una de las dos minúsculas ventanas de la puerta de entrada es la única fuente de luz natural y ventilación. La temperatura es más baja que en la calle. Ófrico sería la palabra que él mismo usaría —si se lo pidieran— para definir este cuarto en el que hay dos altos estantes en los que cabe toda su biblioteca (rociada de insecticida contra la plaga bibliófila); una vitrina con platos, vasos y periódicos viejos; un tocador con espejo que sirve de perchero y ropero; una cocina y una garrafa de gas; papeles anotados a mano sobre una mesa de comedor familiar; cinco botellas de vodka vacías; dos plumafuentes; una sobaquera de metal y una computadora apagada hace tres años. En un rincón ha montado un altar para Amy Winehouse provisto de un poster trucho, un candelabro —en el que coloca y enciende una vela usada— y una botella de plástico que oficia de florero —del que extrae la negra rosa muerta y la remplaza con la hermosa rosa robada hace unos minutos. Se planta frente al altar en silencio. Parece rezar por el alma de su musa. Presiona play en el flash memory y de unos parlantes minúsculos sale “Back to Black”. En la calle el ruido del tráfico aumenta a medida que anochece.
***
Ya acostumbrado a la atmósfera del cuarto, escucho a Barriga lamentarse con rabia por la destrucción sistemática de los escenarios más queridos de su infancia. Así, Barriga —que detesta el psicoanálisis, entre tantas fobias— se apega al pie de la letra a la sentencia freudiana que destaca el rol de la infancia como tema poético y sustitución del cobijo original perdido: “un poderoso suceso actual despierta en el poeta el recuerdo de un suceso anterior, perteneciente casi siempre a su infancia, y de éste parte entonces el deseo, que se crea satisfacción en la obra poética, la cual del mismo modo deja ver elementos de la ocasión reciente y del antiguo recuerdo.” La infancia como la república de la que no pueden ser expulsados los poetas.
Julio Barriga nació el 17 de agosto de 1956 en San Lucas, un pequeño y deshabitado pueblo en el sur de Chuquisaca. A ese perdido paraje habían sido destinados sus padres, Walter Barriga y Mercedes Cabezas, profesores de escuela, que se trasladaban allá donde el magisterio los llamara con todos sus hijos: Coco, Deby, Ely y nuestro poeta. Así vivirían en Entre Ríos y después en San Lorenzo (a quince kilómetros de Tarija) donde Barriga suele situar la inauguración de su memoria: una infancia feliz y bucólica, la revelación de los signos a través de la lectura, un hogar humilde y concurrido por el cariño y los relatos de sus mayores —en especial su abuela y su tío Marcelo, luego internado en el siquiátrico, de quien cree haber heredado la grafomanía y al que intentó retratar en una prosa, extraviada hace algunos años. Recuerdos desgastados por tantas visitas.
Mi madre me comunicó esto de chico: ‘Mirá, vos no sos lindo, no sos trabajador, no sos inteligente, lo único que te queda es la alta cultura’. Feo, débil, estúpido: la alta cultura era lo mío.
De esta manera, el Barriga niño, precoz mercenario de atención, empezó declamando versitos clásicos en las horas cívicas escolares y devorando las Reader’s Digest, Leoplan y los libros que había en su casa. “Cuando leo tengo la sensación de que hago lo correcto”, dice haciendo silbar las eses enfáticamente.
Se unió a los scouts, aspiró a convertirse en monaguillo.
En el traslado hacía Bermejo —donde vivió de 1969 a 1972 con toda su familia y que aún representa una temporada plena de calor y felicidad en sus recuerdos— su perro Pibe escapó y tuvieron que partir sin él. Llegaron desconsolados a la nueva casa. Dos meses después, Pibe, hecho un despojo debido a la travesía, les dio alcance en Bermejo. Ahora Barriga detesta los perros, o al menos eso es lo que dice.
En la adolescencia se sometió a la conversión de la época —pantalones ridículos, cabellos largos y el rock más duro de los setenta— y se fue haciendo notoria su tendencia libertaria. Concluyó el bachillerato en una escuela nocturna. Barriga sostiene que la muerte de su madre, en marzo de 1974, es un acontecimiento que lo sigue afectando: “Trabé entrañable amistad con mi madre, hasta que se murió.” Pese a esto, en su poema “Himno de los mamíferos para el 27 de mayo”, se dedica a consignar ironías sobre la figura materna: “Cuánto pudor cuesta hablar de la madre: ¿una sola madre basta, Edipo?”.
Al poco tiempo abandonó el hogar familiar y se fue a vivir solo a una casa que alquilaba habitaciones a estudiantes. No estudiaba nada, sin embargo, gracias a su amigo Marco Alandia, leía cuatro libros por semana. En un día impreciso de 1979, la policía entró a su cuarto, encontró semillas de marihuana y fue apresado por tres meses. Sus hermanas y sus amigos lo visitaban en la cárcel y le llevaban libros y revistas. Según Barriga, su reclusión resultó una feliz vacación de verano: el día que le otorgaron libertad se negó a salir porque un reo cumplía años y lo había invitado al festejo.
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Tras el breve apresamiento, Barriga decidió marcharse hacia La Paz sin un plan definido. Al día siguiente de su llegada, acompañó a un primo suyo en la mudanza de un vocal de la Corte de Justicia con veleidades literarias que le ofreció trabajo de policía judicial. “Bueno, trabajar… el verbo es excesivo, diría Borges”, comenta Barriga. De un día a otro y por azar había pasado de su pequeña ciudad a la capital, de ser infractor a guardián de la ley.
En la noche paceña conoció a Humberto Quino, Jorge Campero (a ambos les dedicó un poema de su primer libro), Adolfo Cárdenas y otros artistas que circulaban por la bohemia politizada de esos años. Bienvenido de inmediato, Barriga se integró a la febril actividad que desarrollaban sus nuevos amigos de infancia: extravagantes revistas que ellos mismos diseñaban e imprimían artesanalmente (Vidrio molido, Papel higiénico, Dador, Camarada Mauser y otras), grupos estéticos que nacían y morían en una noche —creados sólo con afán de provocar polémica o confundir al enemigo— y performances saboteadoras de las presentaciones del mainstream literario local de la época. Un joven y aguerrido Humberto Quino comandaba todas estas operaciones: “Para pelear con el grupo de René Bascopé [líder del grupo y revista Trasluz] Humberto sacó ‘Venganza Surrealista’. Humbertito…”.
Barriga alquiló una habitación, contigua a la del poeta Jorge Campero, en el altillo de la vieja casona republicana del 1565 de la calle México (altillo que se desmoronaría una noche de lluvia de 2004). Vidas desmesuradas de bajo presupuesto. El joven poeta compraba libros que a veces equivalían a todo su salario. Fueron años de descubrimientos, excesos y anécdotas inverosímiles que vuelve a contar de vez en cuando (las calamitosas farras en El Averno o el Putunku o la portación de armas entre los líderes de los grupos literarios enfrentados). La ciudad lo vivía, lo transformaba. Conocer y tratar a escritores de su misma edad lo alentó a escribir sus primeros textos.
Quiero una escandalosa canción de sangre y espuma para celebrar los turbios esponsales de un odioso destino y una andrajosa sombra erguida como un eructo y orgullosa de haber encontrado lo que siempre creía haber perdido; igual al que halla una gorda araña en el bolsillo, y la guarda para mejores hambres. (“El fuego está cortado”)
Al restablecerse la democracia Barriga se mantuvo en su puesto laboral y en el de la bohemia. En el trabajo conoció una chica, se enamoró y se casó. Al poco tiempo ella le informó que estaba embarazada. La llamaron Alejandra (por la Pizarnik, de la que entonces Barriga era fan y ahora la niega). El matrimonio apenas duró unos meses.
1984: comenzó a perder los cabellos, los dientes y ese año también perdió a su padre que murió de un infarto. “Había muerto mi padre y por fin podría empezar a morir yo”. Barriga se fue de La Paz sin saber que Humberto Quino incluiría su texto “El fuego está cortado” en la antología Fosa Común.
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Recostado en su cama, Barriga examina unos nuevos textos que va a entregarme. Se queja de que los lentes le lastiman la nariz. Cuenta que los ha comprado ayer en el mercado central a veinte pesos: “son más ordinarios que milanesa de bofe”. Mantener su ritmo de lectura sin usar electricidad —en las noches se las arregla con velas o linternas— ha acelerado el avance de la miopía. Me pasa la fotocopia de un texto en prosa que incluiremos en este libro que viene escribiendo casi sin querer desde mediados de los ochentas: una autobiografía incompleta, fragmentada y salpicada de ficción, como todas.
Barriga se casó de nuevo al volver a Tarija. En 1985 nació su hijo César. A finales de ese año inició su larga travesía, con idas y venidas, a la Argentina. En Salta, donde siguen viviendo unas tías suyas, trabajó de peón, albañil o jornalero en el campo. Al concluir esas extenuantes jornadas se quedaba leyendo y anotando hasta que se le cerraban los ojos. No tenía amigos: no sabía de qué hablar con sus compañeros de labor y despreciaba las poses de la gente de clase media que conocía. Se autoimponía una vida austera y solitaria que interrumpía cada vez que retornaba a Tarija con lo poco que lograba ahorrar. Barriga podría haber evitado tal inmolación de sí mismo, aunque hoy considera que esos años tienen una función: “Yo siento que en esa época estaba solamente acumulando experiencia vital. Ahora ya no, hippies de mierda.”
En los noventas, mientras Barriga jugaba de poeta anónimo, en La Paz se vivía la fiesta multitudinaria de la poesía: versificadores surgían adocenados en las míticas noches paceñas, lecturas que acababan al amanecer en boliches aún ahora legendarios, revistas efímeras, libritos olvidables. En 1992, los poetas Rubén Vargas y Jorge Campero publicaron la enorme revista El Cielo de Las Serpientes, en formato tabloide y papel periódico, que recopilaba alta poesía del país y del continente. Se adjuntaba además un librito sin tapas, era El fuego está cortado, armado con los poemas que Barriga escribió durante su residencia paceña y también aquellos que había dejado en su última visita. El autor se enteraría meses después de publicado el libro.
El fuego está cortado inicia con un verso robado a Dylan Thomas: “oh make me a mask” (oh, hazme una máscara). Barriga hace de la máscara su ars poética: la cita desviada, la soledad, el estatuto relativo de la identidad y el rol de la experiencia:
Oh, hazme una máscara pues estoy muy solo
y quiero estar más solo todavía
nunca prestar a nada ni las manos ni la lengua
vivir poemas antes que escribirlos
porque mis últimas visiones se avecinan
un golpe de tu mirada me despluma
ángeles golpean la puerta trasera
la lluvia desamarra música y cataclismo
mi editor llora de la risa
un tic tac conecta cuchillos y gargantas
el fondo del abismo bate alas
como si empezara a descreer de los milagros
o un quieto torbellino me borrara los ojos.
En este primer libro ya emerge el registro particular de Barriga: el tono confesional construido en base al cruce de “alta cultura” y “cultura de masas”, robos y préstamos de la Literatura, y también de la oralidad, el refranero, la publicidad, etc. Esa lengua deforme se mantiene aunque los temas varían: las políticas de la amistad (“los bárbaros sagrados, bajo su mirada / cada cosa es de repente redimida / pero previamente incinerada”), el misterio del propio cónyuge (“mi mujer teme verme como al último amante / nunca supo qué quiere pero teme perderlo”), la ciudad de La Paz (“ciudad fábrica de desengaños / sórdidos laberintos conventillos colmenares / donde incontables vidas se intrincan y desgastan”), la soledad (“laberinto donde quizás otro espera / para devorarse mutuamente y nacer”), el gallo (“Oh, valiente entre los viriles pese a tu muerte de gallina. / Oh, sustento de la industria avícola”), la calvicie (“Ni tricóferos, ni Circes, ni Merlines / podrán brotar de nuevo mi unduosa pelambrera”), su exilio paceño (“olvida tus hermanos ven al frío / en la vertebral cordillera que divide / el sueño de los hombres del sueño en que existen”).
En 1994 se publicó Aforismos desaforados en la colección Cuadernos del oficio, que dirigía Hugo Amicone, poeta tucumano radicado en Tarija. Si bien su intención es humorística —trasladar a la página la ironía corrosiva que practica cada día— sólo en algunas ocasiones Barriga alcanza la genialidad que exige el género aforístico: “¿Qué haría si fuera Dios? Renunciaría”; “Si el folklore es lo que el pueblo sabe, prefiero la riqueza de lo que el pueblo ignora”.
Por entonces, Barriga alternaba su permanencia en la ciudad argentina de Mendoza con temporadas en Tarija. En 1996 dirigió el suplemento literario del periódico El País, al que nombró, proféticamente, Eventual —duró sólo cuatro números. En la última entrega del fugaz suplemento publicó un poema suyo. Le pregunté a Julián “Chiquis” Cartagena —un anómalo ejemplar de militante troskista que había inaugurado meses antes el inolvidable Caretas, un café-teatro donde al calor del vino barato se hermanaban artistas, militantes y otros especímenes hastiados de la monocroma noche tarijeña— si acaso lo conocía. “Claro”, respondió el buen Chiquis, “cuando venga te lo presento”. El Barriga que conocí entonces se parecía mucho a Poe (“Edgar Allan me mira desde lejos / en realidad es mi reflejo en los espejos”) se desplazaba en bicicleta y vivía aún en la casita familiar de la Fray Manuel Mingo —bajo ese techo estaba macerando su segundo divorcio— que hace ya diez años fue vendida. Su actual cuarto se encuentra a una calle de distancia.
De 1998 a 2001 no supe nada de Barriga, salvo lo que contaban los amigos en común. Así, sin detalles, llegó la noticia de que estaba internado en un hospital en Mendoza. Al poco tiempo de recuperarse, una tarde lluviosa que regresaba a su casa en bicicleta, se salió de carril y chocó de frente contra un camión. Había sobrevivido a múltiples accidentes en los años que llevaba trabajando (por ejemplo, ser enterrado por escombros mientras cavaba en una construcción y rescatado casi ileso o haberse electrocutado por tropezar con unos cables cuando era sereno en una obra y se dirigía al baño) pero esto era un verdadero milagro.
***
El colombiano Fernando Vallejo, una de las más recientes filias que Barriga ha contraído, alguna vez dijo que con un poeta por cada millón de habitantes es más que suficiente. De Tarija, que apenas se acerca al medio millón, Barriga sale sobrando por partida doble.
Barriga decidió volver a Tarija el 2001 y cerrar el ciclo de los trabajos manuales. Lo contrataron de corrector de estilo en el periódico Nuevo Sur, apenas resistió unos meses. En 2002 se dirigió a La Paz para visitar a parientes y amigos, y de paso publicar su Aforismos desaforados II (la aguja en este pajar es “Tarijeño: no escribas. ¡Lee!”).
En 2004 regresaría a La Paz, esta vez con la intención de librarse al fin del peso de más de veinte años de escritura y publicar Versos perversos, una voluminosa colección de poemas que en realidad podrían ser tres libros: “el testimonio de un periplo espirituoso y geográfico, un encuentro con la desdicha y también con la ilusión”. Afinando la construcción de su estilo con todos los estilos a mano, –nuevamente, pese a los cambios de temas, registros y cortes, persiste la impresión de que en realidad leemos un solo poema largo o el mismo poema ensayado de varias maneras– Barriga apelaba a la letanía y daba cuenta de su vida como poeta: un catálogo de sus flaneos, temblores y lecturas (“compilando nostalgias de la muerte / cuadernos plagados de horrores”). En esta especie de diario de su desasosiego, volvía una y otra vez sobre seres, cosas y recuerdos: “Nada es cuando lo vives sino cuando lo revives”. Poemas sobre el oficio de poeta, (“soy sólo yo que me mando / cartas urgentes a mí mismo”), la presencia constante del alcohol (“en un país de seres proteicos y disformes / donde todos hablan de lo mucho que tomamos / pero ninguno de la gran sed que nos consume”), su nomadismo impenitente (“irme para encontrarte, oh Tarija”), autorretratos (“como el gato de Alicia, mis dientes de plástico seguirán sonriendo luego que yo desaparezca”), sobre su condición de ciclista (“soy el centauro de la soledad/ y soy los anteojos de la carretera, Ramón”), sobre la acechanza de la muerte (“morir será un arte a lo Sylvia Plath”).
A fines de 2004, Barriga le donó un riñón a su hermano Coco, lo cual aceleró su vejez ya de por sí prematura y le hizo perder peso. Sin embargo, esto no disminuyó su extraordinaria resistencia ante alcoholes, drogas y bacterias.
En abril de 2007, a los sesenta y nueve años, murió Roberto Echazú (a quien llamábamos Robertito, contagiados de su particular manera de hablar siempre en diminutivos) uno de los mayores poetas bolivianos de la segunda mitad del siglo pasado. Robertito había elaborado una poesía transparente y concisa que se ocupaba de extraer el último sentido escondido en las cosas y seres simples (los padres, los hijos, los sin nombre, el zaguán, el patio, la tienda) y que con el paso de los años se fue haciendo más breve, hasta ser telegramas urgentes al más allá. A la vez, su carácter, su vida, su forma de estar en el mundo, complementaban el gesto genuino de su obra. Con la muerte de Robertito se interrumpió la conversación, siempre regada con vinos, que sostenían con Barriga desde fines de los noventa.
Meses después, Barriga apareció una vez más en La Paz con nuevo libro, Cuaderno de sombra. Se trataba de un homenaje al “Héroe del Silencio” —así lo había rebautizado— en el que no sólo hablaba sobre o con Robertito (“Y tú, Roberto, iluminas / la oscuridad de otros / menos la tuya propia.”. “Y qué triste ha de ser, Robertito / entrar a una ciudad desierta / a un bar vacío y sentarse solo / a beber el vino del olvido”. “Y tú también Roberto eres / un pájaro en la noche un sueño en la distancia / y cuán vivo estás, como un remordimiento / hecho de pura ausencia / y como aún pervuelas / la necia indiferencia de tus sobrevivientes.”), sino que también tomaba prestado su aliento corto para continuar con sus propios temas (“Podría penetrar cualquier existencia / evadiendo de la mía / sin traicionar mi soledad, sin cambiarla / por luces y fulgores”. “Y vino la pequeña hermana muerte en mi ayuda / manteniéndome en estado de despedida permanente”. “Revelaciones que me reservo / para escribir un poema infinito / sobre la maldad de la belleza”. “Vivir prendido a las palabras / ese es el riesgo de la soledad”. “De repente empiezo a tenerles más confianza a mis muertos / y a serles más fiel, desde la soledad / del Mirador me viene una nostalgia tuya / como un vapor que la ciudad allá abajo exhala.”). El estilo de Barriga se abreviaba y depuraba hacia una expresión más justa y lacónica. Robertito regresaba de entre los muertos por boca de Barriga —claro que modificado por la voz seseante de su médium. Una operación que se aproximaba a la figura del apofrades (o retorno de los muertos) que según Harold Bloom es la última forma de procesar la influencia poética de los precursores: “Los muertos fuertes regresan, tanto en los poemas como en nuestras vidas, y no retornan sin oscurecer a los vivos”. El libro fue el debut de editorial El Cuervo y lo presentamos en La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Tarija.
Barriga descubrió a la cantante Amy Winehouse en 2009 y cuestión de unos meses se convirtió en el fanático fervoroso que escribió “Carta de amor para Amy Winehouse” (el texto circuló en distintos sitios web gracias a los fans de la cantante). También por esa época Barriga dejó de transitar cual quijote sobre su rechinante bicicleta (demasiados accidentes), se tornó aún más misántropo y se refería con añoranza a su muerte cercana. Ya que Edmundo Bejarano (cineasta tarijeño afincado en Berlín) volvía a Tarija en la navidad de 2010 le propuse que lo siguiéramos con la cámara, a ver qué salía. Lo filmamos durante tres días actuando de sí mismo: recorriendo el cementerio, bebiendo con los amigos, escuchando y hablando de Amy, y leyendo algunos de sus poemas. El documental (con canciones de El mató a un policía motorizado y Shaman y los hombres en llamas) se llama La última navidad de Julius. Aunque, claro, no fue la última navidad del grinch de la calle Ballivían.
Cuenta que se enteró de la muerte de Amy el 25 de julio de 2011 (dos días después de que falleciera), cuando recogió de la calle un pedazo de periódico con la noticia. Se encerró a escucharla y a emborracharse por tres días. Muerta Amy, Barriga tenía la excusa perfecta: el amor sin la necesidad del objeto del amor.
Después de más de veinte años, se publicó en 2013 (en el “Taller de autogestión”, un proyecto de corte anarquista con sede en Tarija) la segunda edición de El fuego está cortado, que traía de bonus track una nueva sección: “Luciérnaga sangrante”, siete poemas que homenajeaban a Amy (“Trajinando descalza por mis interiores / apasionada como una rosa luxemburgo / con susurros de una ferocidad / tajante como una puñalada”.) y a otras rosas muertas (“Nunca estarán tan plenas / y en unas horas habrán muerto / su fantasma flotará en el aire / sobre el olor demoníaco o de amoníaco.”).
***
Si hace veinte años se veía como Poe, hoy Barriga luce parecido a los últimos retratos de Macedonio Fernández. Su hija Alejandra está embarazada así que pronto será abuelo. Si bien rara vez abandona su rutina de largas caminatas y lecturas en penumbras, en mayo de 2014 se presentó en la Feria del Libro de Santa Cruz de la Sierra —ataviado de un extraño sombrero que el mismo confeccionó con el cuello de una chamarra que había encontrado en la calle— y se comportó distante y huraño frente a los interesados en conocerlo o escucharlo leer sus poemas. Lo verdaderamente extraño es que no quiso beber ninguna de esas noches.
Barriga, que conserva inéditos el poemario Pensamientos nublados y un tercer volumen de aforismos, dice que con este libro quiere demostrar que “un poeta no es sólo un imbécil que no sabe expresarse en prosa”. Aclara que lo anterior es una cita de Oscar Wilde, luego corrige que pertenece a Groucho Marx y a esta altura estoy seguro que es un rejunte suyo. El hombre que amaba a Amy Winehouse recoge los textos autobiográficos en prosa que Barriga ha escrito desde mediados de los ochenta del siglo pasado hasta la fecha —algunos publicados en diarios o revistas, la mayoría inéditos aunque pasando de mano en mano entre los amigos. Desde los recuerdos de su niñez en San Lorenzo y Tarija a sus incursiones como etnógrafo de bares de mala muerte, las confesiones sobre sus demonios y adicciones, pero también el recuento de todos sus abismos y sus muertos, y por supuesto su devoción por Amy Winehouse, emblema de la intensidad efímera de la poesía. Al ser su obra en verso autorreferencial en esencia, estas prosas conmemorativas y testimoniales confirman la continuación del ajuste de cuentas consigo mismo: dejar todo cortado, medido y embalado para el final.
Antes de despedirnos recibo el sobre con papeles que me entrega y dice “hacé lo que quieras, Flaco”. Luego Barriga me da la espalda y camina hacia su cuarto, o hacia el cementerio, o hacia su futuro, aunque cualquiera de estos tres lugares puede ser el mismo lugar.
Post scriptum 2017:
Hace tres años dejamos a nuestro protagonista continuar su camino.
Sin que intervenga del todo, en estos tres años algunos datos se han acumulado en la biografía de Barriga. Corto el cuento: lanzamos la primera edición de este libro mientras el autor visitaba a su primo Raúl Alberto Barriga en Mendoza, a su vuelta fue invitado a una breve residencia en el notable centro cultural MARTadero (donde volvería un año después al Festival Panza de oro); el documental La última Navidad de Julius de Edmundo Bejarano obtuvo dos reconocimientos en la versión 2016 del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires BAFICI (Premio de la Crítica y segundo lugar en la Competencia Latinoamericana); dos nietos, Aria y Ewan, hijos de su hija Alejandra; en 2016 se presentó en la FIL La Paz Cosechar tempestades que reúne la totalidad de su poesía; sobrepasó la tercera edad, un mérito realmente mayor si consideramos que mantiene un estilo de vida kamikaze. Y también ya son 3 años que se fue, más bien se quedó, a vivir en la casa de Coimata, propiedad de Fabián Riera.
Ahora Barriga, de visita en La Paz para una lectura en un bar, está sentado frente a mí. Hace frío, quiere vino. Descorchamos una botella.
De cuatro a cinco películas por día, Flaquito —responde con orgullo cuando le pregunto qué hace en su retiro en Coimata—. Lo terrible es que a veces pongo discos rayados y no llego a saber el final de la peli.
Luego de que ha terminado de despotricar —como siempre— contra líderes mundiales, políticos nacionales y locales, funcionarios culturales, periodistas, artistas, su editor, sus amigos y ya no tanto, ex conyuges, y, sobre todo, contra si mismo, Barriga dice que ya ha escrito todo lo que tenía que decir y que no escribirá más. Esta declaración se desmiente con la acción constante de tomar apuntes en cualquier papel que tenga a mano. Cita a Malcolm Lowry para justificarse: “ha perdido casi toda su capacidad de decir la verdad y su vida se había convertido en una quijotesca ficción oral”. Un personaje contradictorio en extremo, aquello por lo que resulta encantador es lo mismo que lo vuelve insoportable. Dueño de un humor siempre despierto y mordaz pero también un agente del pesimismo más sombrío. Narcisista y ensimismado, es a la vez capaz de actos de generosidad inaudita. Melancólico y risueño, cínico y noble. Veterano de su muy personal guerra entre la luz y las tinieblas.
En la soledad y contemplación en Coimata ha recuperado salud y peso, aunque más temprano que tarde escapa a Tarija a portarse mal o, usando sus términos, “compartir solito”. El cuarto está semi abandonado, aunque ahora sí dispone de energía eléctrica: “Ya no puedo chupar en el cuarto, viven niños arriba”. Algunos mosaicos del piso están rotos, como si Barriga hubiese dado una vuelta al mundo en el cuarto.
Barriga ha dedicado gran parte de su vida al intento de escribir y organizar el relato de su experiencia para tratar de entender quién es. Ha explorado su conciencia al tiempo de destruirla, cercado por el solipsismo de la memoria, ensayando su autorretrato con un espejo roto. Muertos sus amores, sepultados casi todos sus ídolos —un cortejo encabezado por Amy Winehouse— y un número cada vez mayor de amigos en el más allá (esto lo alarma, no por el amigo muerto sino por la inminencia de su turno) Barriga está preparado para el epílogo. “Y no hay dolor, tan solo un callo/ una córnea dureza en el espíritu/ mientras con pies ágiles vino la muerte en un paso de danza”.
Por el momento ríe y brinda, ¡salud, Julio!
Fuente: Hay vida en marte (13 de diciembre, 2027)