04/10/2026 por Sergio León

El gusto por contar cuentos

Por Mariana Ruiz Romero

Si algo es Manuel Vargas, es un cuentista. No solamente porque disfruta del arte de narrar, sino, porque, también, de relatos se nutre toda su literatura.
También es un cuentero, un personaje, alguien que desafía los estereotipos y que los sigue desafiando. Cuando lo compararon con Juan Rulfo, gracias a sus Cuentos tristes cambió de tono. Cuando le dijeron que sólo sabía escribir sobre el campo, sacó Nocturno paceño; y cuando le dijeron que sus novelas trataban sólo sobre sus experiencias, sobre el valle, Huasacañada, la urbe… escribió Sal de tu tierra, poniéndose en la piel y mirada de una mujer aymara, migrante, traviesa y mayor.
Manuel es un contreras, lo ha sido desde siempre, y tampoco ha tenido nunca miedo de cuestionar la autoridad, de burlarse del rey león, ése que obliga a todos los animalitos a trabajar, mientras cantan “el mundo está adelantando, nosotros somos felices” a voz en cuello, so pena de que los perros policías y los chanchos los muelan a palos. (Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia).
Y si tu oficio es el de relator, resulta que existe una compulsión en tu vida, una necesidad: la necesidad diaria, casi constante, de escribir cuentos, de escuchar cuentos, de relatarlos y darles forma. Es algo que casi no se puede evitar, y que, a veces, se puede reprimir (como cuando se escribe una novela), pero que responde a una necesidad compartida: todos apreciamos los cuentos, disfrutamos con un buen relato y en Bolivia, seguimos con esa tradición viva; la de las anécdotas, las leyendas, los misterios. No en vano, la antología editada por este mismo autor: Antología del cuento boliviano, de la Biblioteca del Bicentenario, es uno de los libros de ficción más requeridos por el público. Los bolivianos no sólo nos identificamos con un buen cuento, sino que también somos, en esencia, unos cuentistas, unos aficionados del arte de narrar.
Y por eso ahora él nos narra su vida como si se tratara de una serie de cuentos.
En esta muestra, en esta galería, hay de todo: un escritor que nos muestra sus herramientas, un autor que nos revela sus secretos y sus mañas. No faltan aquellos momentos importantes, como el del cuento “Mal de ojos” que le causó repudio general en Santa Cruz y el exilio a Suecia; ni aquellos accidentes de la ruta ―él, que tanto ha trajinado por nuestros caminos, se accidentó pues― donde tal vez dejó su ajayu y casi seguro, dejó su infancia, la de Huasacañada, lugar imposible bajo las estrellas.
También hay reflexiones, burlas y lamentos, como él mismo dice, sobre nuestro país. “Bolivia, bien o mal que nos pese. Tierra de montañas y pesadillas. País de breve, maravillosa y terrorífica historia, querida, gustada y padecida por todos nosotros”.
A Manuel no lo van a callar, ni los perros de turno, ni los chanchos, ni el león, cada vez más ensoberbecido en su trono de papeles y tuits. No importa que cambie de rostro: a Bolivia le gusta tener a alguien a quien culpar, encaramado en la silla presidencial, y esa es casi su única función.
Como nos cuenta él mismo a lo largo de esta, su “vidita”, por suerte hay otra Bolivia; alejada de las cámaras y de las tendencias, una sencilla, mágica, extraña y sorprendente. Está hecha de gente, sonrisas, leyendas, anécdotas y hasta chistes. De comidas hechas con manos avejentadas por trabajar la tierra, de caricias torpes, y también, de borracheras.
Pasen y vean. He aquí la vida de Manuel, la historia detrás del orfebre, el relator, el cuentista: Manuel Vargas Severiche poniéndole ganas al arte de narrar, como sin querer, también a su vida y a sus recuerdos.

La Paz, diciembre del 2021

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PD. Primer recuerdo: a Manuel lo conocí en Cochabamba, después de un encuentro literario en el Centro Portales. Acababa de leer un cuento (causalidad) que se llamaba “Mal de ojos” y le dije a la concurrencia: este cuento me encantó. Y Manuel, como aprensivo (ahora sabemos por qué) me dijo, “yo pues… he escrito ese cuento”.

PPD. Ya en La Paz, hace su buena docena de años, nos encontramos nuevamente. Yo quería volver a hacer el Chaski, y de esa manera empezamos una conversación que por suerte aún no se acaba: una charla sobre todo y nada, que nos acompaña en las ferias, nos permite intercambiar libros, lecturas, impresiones… no sé si tenga yo alma de vieja, pero celebro siempre cuando tenemos algo que compartir; sea chisme, relato, o anécdota, todo se va cocinando lentamente, y nos alimenta. Como dijo Mastretta: “la amistad entre un hombre y una mujer es un bien imperdonable”.