04/22/2026 por Sergio León

«Buen viaje, querido Mago». Homenaje a Mariano Baptista Gumucio

Por Sandro Velarde Vargas

 

Recordar a Mariano Baptista Gumucio es evocar a una de esas figuras raras en la vida pública boliviana: un hombre que supo transitar con la misma solvencia por la política, la historia, el periodismo y la reflexión intelectual.

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Tuve la fortuna de contarme entre sus amigos, y ese es un privilegio que hoy adquiere un significado especial. Porque Mariano no era solamente un hombre de ideas: era también un hombre de conversación, de memoria lúcida y de curiosidad permanente por el país.

Desde muy joven estuvo cerca de los grandes momentos de la historia nacional. Ser Secretario Privado del presidente Víctor Paz Estenssoro no fue simplemente un cargo en su biografía; fue la puerta de entrada a la comprensión directa de los procesos que marcaron a Bolivia en el siglo XX. Mariano no fue un espectador pasivo de la historia: fue un observador atento y un intérprete crítico de ella. Estuvo a los 16 años siendo testigo, en la Plaza Murillo, del fatídico colgamiento del presidente Gualberto Villarroel. Al haberse «chachado» del colegio.

Pero si algo distinguió su trayectoria fue su vocación intelectual. Fue de los que entendieron que la política no podía separarse de la cultura ni del pensamiento. Por eso reflexionó sobre temas fundamentales como la reforma educativa, la transformacion de la Universidad, con miras a un mejor futuro del país que se juega en las aulas tanto como en las plazas o en los parlamentos.

Su amor por Bolivia también se manifestó en sus homenajes y estudios sobre figuras mayores de nuestra tradición intelectual. Supo mirar con profundidad a Franz Tamayo, ese pensador complejo y polémico que sigue interpelándonos, y también reivindicar la figura apasionada y combativa de Augusto “el Chueco” Céspedes, uno de los grandes narradores y cronistas de la revolución boliviana.

Mariano pertenecía a esa generación de bolivianos que creían en el poder de la palabra y en la responsabilidad del pensamiento. Su obra y su testimonio quedan como parte de ese patrimonio moral e intelectual que el país necesita recordar.

Pero más allá del intelectual y del hombre público, para quienes tuvimos la suerte de conocerlo queda también el amigo: el conversador agudo, el lector apasionado, el hombre que sabía encontrar en la historia no solo lecciones, sino también ironías y matices.

Qué lindo —y qué honroso— haber sido su amigo. Porque las amistades así, como las grandes ideas, también forman parte de la historia.

Buen viaje, querido Mago.

 

21 de abril, 2026