Por Gonzalo Lema
Es violento, y sin remedio, el micro mundo que habitan los personajes de Ayer el fuego, el libro de diez cuentos de Rodrigo Urquiola Flores. Pero a pesar de tanto dolor que nos provoca desde su primera página, y de tratarse apenas de historias tristes de un precario barrio que, tal vez, nunca consolide su existencia, su potente narrativa nos impele a leerlo hasta el final, debido a su alta calidad en más de un aspecto. Urquiola es, para nuestra fortuna, un muy buen escritor, sin lugar a dudas.
¿Qué sostiene la narrativa de Urquiola? Mucho en este libro, pero diría que también en libros anteriores, su conciencia social. El país que describe y que no vemos y ni siquiera imaginamos, aunque desatemos procesos sociales y nos hayamos propuesto revoluciones: el murmullo constante de la pobreza hiriente, sin consuelo, tampoco esperanza; el sufrimiento sin pausa de niños que muy luego son jóvenes y pronto son adultos y viejos. La inexistencia del paraguas estatal para miles de bolivianos que, aún ahora, se duermen por el hambre, se despiertan por la misma razón, que no tienen un centavo, ni agua, y el día y la noche se caracterizan por la violencia que desata la desesperación y el abandono de los propios y de los prójimos. Sobre ese fondo este escritor narra sus cuentos.
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Casi da miedo leerlo, soy sincero. Sin embargo, como adelanté, apenas arranca nuestra lectura, esta fluye, aunque vayamos comiéndonos las uñas. La razón principal, a mi juicio, se debe a su calidad narrativa, pero no podría desdeñar con facilidad la necesidad que todos tenemos de estar al tanto de la realidad de la sociedad y del país que hemos hecho, unos más que otros, por supuesto. Una suerte de mea culpa que anida en la conciencia. A muchos nos ha tocado ver, por lo menos a distancia, no importa la capital departamental que habitemos, ese desfigurado caserío que cuelga de montañas y cerros, con viejos turriles, apostados como firmes centinelas, que esperan sin ilusión el agua de las cisternas. Si venciendo tantos sentimientos encontrados damos unos pasos, nos ladran furiosos los perros huesudos y nos observan desde los ladrillos apenas puestos, desde los adobes chorreados, los ojos de quienes se quedan mientras los que tienen la fortuna de hacerlo trabajan en los mercados o en las calles de la ciudad. Entiendo que se crea increíble, a priori, que allí también more el amor, el miramiento, la venganza o el arrepentimiento. Más aún: more todo lo que mora en cualquier lugar donde un grupo de humanos haya decidido sobrevivir.
Ayer el fuego transita por sentimientos, mentalidades, culturas y hasta ideales, quién lo creyera, de un barrio que provoca llanto a raudales. Pero yo diría más: pese al desastre, quienes protagonizan sus historias, aún tienen la esperanza de un futuro mejor. Urquiola hurga todo eso, atrapa la punta y la jala a la superficie llana que llamamos texto. En la medida que desenrolla el grueso hilo argumental nos trabaja la conciencia social con cincel y martillo, para romper la dura coraza con la que nos protegemos de la realidad real por ignorancia o por conveniencia. Nos pregunta, varias veces, si sabíamos que llamamos migración campesina al abandono del hábitat natural del campo a la periferia colgante de la ciudad, sobre barrancos, lejos de las vías, cerca de las cuevas de las montañas, próximas a los basureros municipales; pregunta, sin signos de interrogación, si sabíamos que se roba por el pan de la familia; no cesa de preguntar, sin entonación, si sabíamos que la criminalidad común anida en esas ridículas paredes, en esos remedos de techos, en esas calles que llevan a ninguna parte; nos pregunta si sabíamos que en esa adversidad de viento sucio se ama, se hacen los hijos, se quiere a la abuela, se respeta a los padres, se es solidario, se organizan y salen al frente a interpelar al Estado y sus instituciones. Sus historias son de ahí y nos asustan, pero también, creo yo, nos sensibilizan. Algunas de ellas nos narran temas que no desaparecen, que se reproducen con cada nueva generación y vuelven a enternecernos. En esas historias, precisamente, está latente la esperanza de un mundo mejor. Uno posible.
La dedicatoria resume de manera magistral mi empeño: A Justina Flores Mendoza -la Justi, doña Justina, mi abuelita-, que nunca leyó un libro mío, pero los atesoró todos como si supiera que, sin su bendición, no hubiera podido escribir ninguno.
Fuente: facebook.com/