Alberto Villalpando, profeta de sí mismo
Por Marcelo Paz Soldán
I. Obertura
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Presentar una biografía no es lo mismo que presentar un libro. Una biografía implica presentar a una persona, y eso conlleva una responsabilidad distinta: la de no reducir una vida a sus datos, ni a sus logros, ni a la suma de lo que otros dijeron sobre ella.
Cergio Prudencio lo sabe mejor que nadie ya que no llegó como investigador a estudiar a un compositor desde la distancia metodológica, sino como alumno, como intérprete, como amigo. Cergio ha dirigido un número importante de las partituras de su maestro, algunas en carácter de estreno. Ha estudiado su pensamiento musical desde adentro, en el proceso vivo de la interpretación. Y de ese diálogo sostenido a lo largo del tiempo, en sus propias palabras: «devino amistad, siempre bajo el respeto y la admiración» que profesa por Villalpando.
Esa posición no es un conflicto de interés a disimular. Es el método declarado del libro
II. Andante: la posición del biógrafo
Hay una decisión formal en este ensayo biográfico que lo distingue de la mayoría de los libros de su género: Cergio aparece. No se oculta detrás de la tercera persona ni finge una neutralidad que no tiene. A lo largo del libro, el diálogo entre biógrafo y biografiado está transcrito con las iniciales de sus nombres (CP y AV), y el lector puede seguir no sólo las respuestas de Villalpando sino las preguntas de Cergio: cómo las formula, qué anticipa en ellas, cuándo empuja y cuándo retrocede.
Hay un momento, en el capítulo sobre Bolivia, en que vale detenerse. Villalpando dice que su estética responde a la sonoridad que oyó en este país, que hay recuerdos acústicos de Potosí y de una cabecera de valle a cuarenta kilómetros de la ciudad que son el sustrato de su música. Y Cergio, en lugar de hacer otra pregunta, dice simplemente: «La tierra te ha dado». Villalpando responde: «La tierra me ha dado». No es una entrevista en ese momento. Es una composición a cuatro manos, vinculada por algo más que la investigación.
Esa cercanía produce un libro de densidad poco frecuente en la literatura biográfica boliviana. No es hagiografía: Cergio analiza, cuestiona, contextualiza. Pero tampoco es distancia clínica. Es otra cosa, más difícil de sostener: la proximidad como epistemología.
III. Allegro: el profeta y su trayectoria
El título —Profeta de sí mismo— no es un elogio ni una metáfora ornamental. Es una descripción precisa de cómo Villalpando construyó su obra y su vida. Desde muy joven organizó su existencia alrededor de una pregunta interior y todo lo demás —los estudios y viajes, las escuelas y la técnica—, pasó por ese filtro antes de convertirse en música.
Cergio estructura el libro por capas: la estética de la introspección primero, luego los principios generadores, los antecedentes, la obra como totalidad. La decisión de Bolivia viene después de todo eso, y no es un capítulo biográfico menor. Villalpando tuvo la posibilidad de quedarse en Italia —Malipiero se lo ofreció— o prolongar su estadía en Buenos Aires —Ginastera lo insinuó. Eligió volver. O más bien: fue llamado. «No opté por Bolivia», dice en el libro. «Era un destino».
Esa posición, leída desde hoy, define todo. El compositor más influyente de la música académica boliviana del siglo XX construyó esa influencia desde adentro del país, no desde afuera. Desde Cochabamba, no desde un centro consagrado. Y eso no fue resignación ni falta de ambición: fue una toma de posición filosófica coherente con lo que su música dice desde el principio.
La noción que Cergio introduce para entender esa posición es lugar-pacha: el término aymara que une espacio y tiempo en una sola palabra. Bolivia no como territorio sino como espacio-tiempo, como condición del ser. Villalpando no eligió un país. Se reconoció en una pacha.
IV. Intermezzo: los plomos fundidos
Hay una historia dentro de este libro que merece contarse porque ilumina de otro modo quién es Villalpando y quiénes lo rodean.
En el capítulo dedicado a su escritura literaria, Cergio documenta el periplo de Un tren viajaba en los ojos de Baní, la novela que Villalpando escribió a los 27 años, recién regresado de Buenos Aires, y que tardó 57 años en publicarse. La novela existe gracias a Jaime Saenz, que la leyó cuando era un cuento y le dijo: vuélvela novela. Y cuando estuvo lista, Saenz la copió al dictado, a máquina, para presentarla al Primer Concurso Erich Guttentag. Para quien conoce la figura de Saenz —nocturna, excéntrica, refractaria a casi todo—, ese gesto dice mucho sobre el valor que le asignaba.
La novela ganó la primera mención. Mario Vargas Llosa, presidente del jurado, dijo que el autor «estaba completamente loco». El primer premio fue para una novela de guerrillas que encajaba en el horizonte del boom. La novela de Villalpando, un viaje esotérico e interior, no encajaba en ningún horizonte reconocible.
Años después, Blanca Wiethüchter —poeta, crítica literaria, quien más tarde sería su esposa— consiguió que su editorial Altiplano la publicara. Las pruebas de galera estaban corregidas. El trabajo estaba hecho. Entonces el sacerdote director de los Talleres Gráficos Don Bosco, donde se imprimía, leyó el original y dio la orden: fundir los plomos. Ahí mismo. Y reprendió a los empleados por ser, en palabras del propio Villalpando, «pobrecillos ignorantes que se prestaban a cualquier cosa».
La novela sobrevivió. Los plomos, no. Y fue Cergio Prudencio quien, al escribir esta biografía en 2024, rescató el manuscrito y gestionó su publicación en 2025, en Editorial 3600, 57 años después de haber sido escrita. Completó así algo que Blanca no pudo terminar.
Ese gesto no es sólo editorial. Es la medida de lo que este libro contiene: una vida entera, con sus figuras tutelares, sus compañeros de ruta, sus derrotas menores y sus persistencias mayores.
V. Coda
A sus 84 años, Alberto Villalpando recibe este libro como si se tratara de un espejo que alguien sostuvo con cuidado durante mucho tiempo. Cergio Prudencio no escribió una vida; sino la comprensión de una vida, que es algo más difícil y valioso.
Profeta de sí mismo es el título justo. Villalpando no predijo el futuro, se predijo a sí mismo: supo desde joven qué buscaba, adónde pertenecía y de qué estaba hecha su música. Todo lo demás fue, como él diría, «dejarse engendrar».
Fuente: Ecdótica